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Que las hadas y musas elijan un capítulo para ti. Con suerte te quedas a compartir esta aventura.


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viernes, 31 de diciembre de 2010

Una Erasmus para Laura - Capítulo 27


John caminaba por el césped del campo de juego universitario, iba de mal humor y con ganas de patear el culo de alguien, pues el entrenador se había enfadado con él por su lentitud y su falta de concentración en el juego y le había sustituido por otro compañero. Sudoroso y sangrando por un labio a causa un golpe recibido en la última melee del partido que estaban jugando entre el equipo de UCL y el de la Universidad de Westminster.  Caminó con lentitud, sin prisas, mostrando su enfado por la decisión del árbitro y manifestando que le importaba un pito la demora en el tiempo del partido, si por él era Volvió dos veces la cabeza hacia el resto de jugadores,  Rodney  estaba lanzándole todavía improperios y John le hizo la peseta, primero con una mano mientras continuaba andando y como seguía oyéndole maldecir a costa de su entrada, que le había dejado sin respiración, se limpió la sangre del labio con el dorso de la mano y le hizo la peseta de nuevo con la otra,  escupiendo saliva y sangre de la parte interna del labio. Llegó al banquillo donde los sanitarios le cortaron la pequeña hemorragia. George se acercó a él y se sentó a su lado.
―¿Qué ha pasado? ―le preguntó al verle sentarse tan pesadamente como si estuviera cansado por años.
―Ese cabrón de Rodney Latimer… Me ha partido el labio de un codazo… ¡El muy capullo!
―¿Y por qué te expulsan a ti en vez de a él?
―Y yo qué sé; el árbitro dice que hoy no rindo y que sólo monto la bronca  entre los jugadores. ¡Y mira Paul! Estuvo con nosotros hasta que devolvimos a las chicas a su residencia y ahí está, tan pancho… Parece que ha dormido toda la noche a pata suelta y que no bebió nada más que agua, cuando sabes que él no es precisamente abstemio… ¡Y está en forma el muy hijoputa! ¡No te jode! 
―Es que el amor da fuerzas para eso y para más… ―anotó George mirando la carrera que su amigo Paul estaba haciendo balón en mano―. Y se ve a la legua que entre él y Laura hay algo, tío, además muy fuerte… ―George se calló un momento mientras seguí la carrera de su amigo―. ¡Marcó, John! ¡Marcó! ―gritó al ver la pelota pasar entre los dos palos después de que Paul le diera una gran patada desde su posición―. Ha marcado un tanto para UCL ―aplaudió entusiasmado poniéndose de pie―. ¿No te alegras John? ¡Pero tío!...  ¿Tienes toffee de manzana en las venas?
―Pero si me muero de la emoción… ―comentó sin énfasis dejando claro que le daba igual.
George le miró desconcertado. John siempre derrochaba entusiasmo cuando su equipo marcaba. Una vez se reanudó el encuentro  George se sentó de nuevo, se quedó mirándole extrañado por su actitud, Era evidente que le pasaba algo a su amigo y algo que le estaba fastidiando muchísimo. No era normal que ante un tanto como el que había marcado Paul  para su universidad él se quedara impasible de aquella manera mostrando, además, enojo por haber sido Paul su artífice.
―¿De qué hablábamos? ―le preguntó John secándose de nuevo la comisura de los labios, había empezado a sangrarle de nuevo.
―¡Del maravilloso tanto de Paul! —exclamó George aplaudiendo con toda la fuerza de sus manos hasta ponerlas rojas, pero no por eso dejaba de golpeárselas con entusiasmo—. ¿Nos has visto? ¡Una obra de arte!  —chifló con dos dedos dentro de su boca varias veces.
―No, no era eso… ―pensó un momento John queriendo retomar el hilo de la conversación―, Era de lo fresco que anda Paul después de lo que bebimos anoche…
―No bebería tanto. La carrera que acaba de hacer no es precisamente de andar con resaca ―se rió George ante la obviedad de sus palabras―. Paul se embriagó de otra cosa anoche en tu casita nueva. Johnny… ―volvió a reírse con picardía―. Esa chica, Laura, está como un “yogurcín” y es para volverse loco.
―¿Me lo dices o me lo cuentas? ―suspiró John enfadado apretando el mentón―. ¡Maldita sea! ―gruñó al morderse él mismo la herida del encontronazo con Rodney Latimer―. ¡Maldito gilipollas! ―se dolió llevándose la mano a la boca...

viernes, 24 de diciembre de 2010

Una Erasmus para Laura - Capítulo 26



Diez minutos más tardó Mike en acudir al cuarto de baño, Laura estaba verdaderamente encantada y no se separaba de él ni un instante, tanto era así, que ella misma ocasionó un momento de tensión no apto para cardiacos que el joven sobrellevó sin perder la compostura, pero fue uno de esos momentos que Mike recordaría toda su vida por dos motivos: por lo bien que guardó las apariencias y por desear más que nunca linchar a Paul. Jane se acercó a él para que le ayudara a sacar a Paul del baño, le tomó de la mano para conducirle hasta el lugar donde se había atrincherado y al darse la vuela se dio de bruces con Laura que llevaba dos vasos de ron con cola para Mike (Paul) y ella.
―¡Oh! ―dijo al ver que con el inesperado choque se vertió un poco del líquido en el vestido de Jane―. ¡Disculpa!
―No importa, bonita… no importa ―le quitó Jane  trascendencia al asunto sin querer pararse más de la cuenta, ya que pensaba sólo en sacar a Paul del baño―. Esto pasa en todas las fiestas. No te preocupes que el modelito, es de Zara, por supuesto, el de Oxford Street, pero de rebajas… Puedo prescindir de él, no me causará  especialmente dolor de cabeza.
―¡Ah! Te gusta la moda española.
―¿Moda española? ¿Zara es español?
―Sí, ¿no lo sabías? ―Jane negó con el gesto―. Pues sí, español completamente.
―¿Tú también? ―inquirió fijándose sin querer parecer grosera. Tu acento es muy bueno… pero tiene cierto deje
―Sí, ¿por qué?
―No sabría decirte de qué manera lo noto. Tienes cierto acento, pero hablas muy bien ―dijo como un cumplido, pero en el fondo le daba igual―. Lo haces casi como uno de nosotros… Vamos, que se te nota muy poco… quiero decir.
―Gracias…, sé lo que me quieres decir. Mi abuela materna es inglesa, de Bristol. Emily Newell.  Ella y mamá se encargaron de que lo habláramos bien.
―Mmm… Tienes algo se sangre británica en tus venas ―asintió mirándola de arriba abajo, habiéndole captado su atención―. Interesante.
―Si quieres verlo de esa manera, pues sí ―le sonrió Laura intentando ser amable. Jane le estaba resultando un poco pedante―. Un veinticinco por ciento de mi sangre es británica.
 ―¡Ahora debo irme! ―cambió bruscamente de tema mostrando sin cortedad que le daba igual  lo que hablaban―. Si me disculpas…
―…¡Si lo deseas, puedes llevar el vestido a la lavandería y pasarme la factura! ―ofreció Laura en señal de entendimiento y buena voluntad.
 El vestido, aunque fuera de rebajas, como decía tan indolentemente Jane, era una preciosidad y aunque para Jane había resultado un incidente sin importancia, Laura sabía que lo había manchado con Coca-cola―. La abonaré con gusto.
―¿La factura?
―Sí.
―¿Qué factura? ―repitió sin haberse enterado de nada.
―La de la limpieza de tu vestido. Te lo he manchado con mi Coca-Cola. ¿Recuerdas?
―Sí, sí, bonita… ¡No importa! ―le sonrió alejándose de Laura―. De verdad, no importa. ¡Vamos! ―increpó a Mike―. Tienes que ayudarme con tu hermano.
―Disculpa, Laura, vuelvo enseguida. ―le sonrió Mike ofuscado por el momento en el que contuvo la respiración todo el rato, rogando porque el nombre de Paul no saliera a la palestra...

domingo, 19 de diciembre de 2010

Una Erasmus para Laura - Capítulo 25


La fiesta en el apartamento de John estaba empezando a entrar en su momento más definitivo, de hecho ya todos habían tomado el suficiente alcohol para que se empezaran a manifestar sus efectos. Las parejitas estaban bailando los temas que sonaban en el equipo de John por cortesía de Bob-DJ-dedos de goma, quien había estado cambiando discos toda la noche, mientras sus amigos le habían suministrado bebida y algo para picar y algunas chicas le hacían arrumacos por los rincones en penumbra entre tema y tema y otras, sin duda, habrían buscado otras habitaciones para enrollarse de una manera más intensa. Pero Bob era un coleguita enrollado y permanecía al pie del cañón por ser el cumple de su amigo. John seguía igual de taciturno, parecía que sin las chicas no podía celebrar a gusto su cumpleaños, pero ya se había bebido su tercer vodka con limón y parecía que las penas eran menos, aunque aún no estaba piripi en absoluto. Jenny Nolan, una amiga del grupo, se acercó a él con intenciones de comenzar algo que acabara donde John, precisamente no quería acabar; no por castidad, eso estaba claro, sino porque no se podía quitar a Laura de la cabeza y no veía muy legal estar con una chica y pensar en otra... Aunque la Nolan estaba para dame pan y moja.
―¿No lo pasas bien, Johnny? ―le preguntó Jenny coqueteando descaradamente.
―Sí, por supuesto, es mi fiesta… ―le dijo él sin mucho entusiasmo aunque sus ojos no se podan aparatar de su enorme escote.
―Pues, para ser tu cumpleaños, estás aquí muy solo, No te he visto bailar con nadie.
―No…, hoy no me apetece.
―¿Bailas, entonces? La música invita. ―le insinuó sin hacer caso a lo que le decía.
Bob-DJ-Dedos de goma había pinchado:  What goes around… Comes around de Justin Timberlake. Jenny tomó a John de la mano y lo sacó del vestíbulo donde se había sentado en uno de los taburetes de la cocina para poder abrir la puerta cuando llamaban.
―Ven, Johnny… La música invita… No vas a pasar la noche de tu cumple haciendo de portero…―le susurró cerca del oído de una manera que a John le estaba poniendo nervioso―. ¡Qué abran otros!
―El timbre me pone, nena ―bromeó guasón...

domingo, 12 de diciembre de 2010

Una Erasmus para Laura - Capítulo 24

La fiesta de John acababa de empezar, había reunido a todos sus amigos en el flamante apartamento que su padre le había regalado en uno de los áticos del 93 de King’s Cross Road. Diseñado el edificio en The Square Group y construido por la empresa que ellos habían contratado recientemente, el apartamento era el regalo perfecto que Alfred y Julia Lane deseaban regalar a su hijo John, su orgullo, el reducto más importante de encanto para ellos dos como padres. Al ser de nueva construcción, gozaba de todas las comodidades de los pisos modernos, además de una terraza desde donde se veía la calle. Allí iban llegando sus amigos y se disponían a pasar una gran noche para celebrar su cumpleaños. Sobre una mesa del salón había de todo: whisky, ron, vodka, tequila, ginebra, vino… patatas chips, palomitas, Chetos, Doritos… y, por supuesto, los tarritos de salsa de guacamole y de queso para mojarlos. El frigorífico estaba atestado de cervezas, seven-up, coca-cola, naranja y limón, además de ocho bolsas de cubitos de hielo para los combinados, pues no guardaba otra cosa en el congelador.
Sentado en un taburete de la cocina cerca de la puerta no dejaba de abrirla cada vez que sonaba el timbre. Harry, Peter y Mary-Lou; los hermanos de George fueron puntuales. Mary-Lou y su marido Tom habían podido dejar a los niños con la abuela Mary-Louise y poder tener un ratito de descanso celebrando el cumpleaños de uno de sus mejores amigos. Harry venía acompañado también de su novia Tessa, una chica escocesa con el cabello encrespado de color rubio arena y unas coletas a ambos lados con lazos rojos, de piel pecosa y blanquecina pero de unas facciones simpáticas donde unos grandes ojos azules aparecían encima de una sonrisa abundante y sincera. Eso le daba cierto parecido a las muñecas [1]Cabbage-patch-kids y aportaba a su físico un atractivo especial.
Después de saludar a sus hermanos George se fue a hacerle compañía a John que se veía muy taciturno, algo completamente fuera de la normalidad. El temperamento de John era explosivo y la diversión su hobby. George no comprendía qué hacía allí sentado cabizbajo y pensativo…, aunque intuía por donde podían ir os tiros.
―Cualquiera diría que eres el cumpleañero, tío. ¡Alegra esa cara que no se acaba el mundo!
―La tuya no es una feria precisamente ―le dijo John mirándole―. ¿Te has mirado en un espejo?
―¿En un espejo?  ―preguntó rodeándose en busca de uno―. ¿Dónde hay uno? No has puesto un maldito espejo en este antro.
―¿Te crees que lo he decorado yo? Pues vas listo, tío. Han sido mi mami, sus amigas y mis hermanas.
―Bueno, aunque está claro que se han vuelto locas en IKEA, podrían haberte puesto un espejo en esta entrada. ¡Vamos, es lo normal!
―Si quieres mirarte en un espejo, en serio, en el baño hay uno a lo bestia. Ha debido creer que con ese me sobraba y lo han comprado talla XL.
―No vamos a criticar a nuestras familias.   ―continuó George con la broma―. Pero lo que más me gusta del baño es la bañera hidromasaje. ¡Es gansa! Todo tiene su lógica y tu madre y hermanas lo han hecho con muy buen corazón. Ellas te quieren… En el espejo puedes ver todo… incluso desde la bañera… Ya me entiendes.
―Sí, ya había pensado en eso. Pero seguro que ese espejo es tan grande para que mi hermana Jackie mire su enorme pavo…
―Querrás decir avestruz, ¿no? Porque lo que Jackie tiene es una enorme avestruz.
―No…, el avestruz es de Julie. ¡Pobrecita! Ya mismo se tiene que salir del dormitorio para meter a su mascota…
George se echó a reír…
―Esa es la ventaja de ser el más pequeño… ―manifestó satisfecho―. ¡Todo el mundo me adora!
―Hasta yo te adoro… pequeñajo… ―concluyó John frotándole los nudillos de su mano en la cabeza.
Ritchie se unió al grupo. Su gesto era serio y no parecía tener muchas ganas de plática.
―¿También estás jodido, tío? ―le preguntó George fingiendo desolación.
―¡Mucho! Me he acostumbrado a ver a Lourdes todos los días, que los fines de semana, si no la veo, me siento raro. Esa chica se me está colando dentro… muy dentro… Está tan loca.
―Más o menos como tú, tronco… ―le dijo John―. Será por eso que sois valores entendidos. Pero es cierto que su cara engancha…
―Pues tú no te ves muy feliz que digamos, No disimulas que te va fatal cumplir años. Aunque tus viejos se lo han currado… Menuda choza te han regalado, bro[2], Yo, nada más que por eso, estaría dando saltos de alegría… Un chamizo como este tan cerquita de la “fácul”… Menudas juergas me correría yo aquí. Tus viejos se portan…
  

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Una Erasmus para Laura - Capítulo 23

El sol acompañaba para tomarlo sentada en el césped cerca de algunos de los gruesos troncos de los eucaliptos que había en el jardín de la residencia. Después de arreglar y colocar su ropa, que a primera hora de la mañana el servicio de lavandería repartió por todas las plantas, Laura decidió que leer los libros que Paul le había dejado, sería una gran idea. Bajó hasta la calle y buscó un buen lugar. Era el primer sábado de “castigo” y quería simplemente olvidar lo sucedido y tras una dura semana en la facultad, relajarse aquella soleada mañana leyendo los libros de Vitruvio. Los diez libros de la arquitectura. Se sentó en la parte trasera donde estaba más resguardada de los ruidos de la calle, aunque no había muchos, pero los coches pasaban de vez en cuando, así que prefirió retirarse a la trasera del edificio y allí abandonarse a la lectura. Abrió el primer libro. Y el primer capítulo decía: “De la colocación de los edificios en orden a las condiciones de los parajes…” pasó a otra página y leyó: “…Pero yo, César, jamás pensé amontonar riquezas con ésta mi arte, pues siempre fui de opinión, que la pobreza con honra debe preferirse a las riquezas con infamia. Ésta es la causa de ser poco conocido. Pero ahora, con estos escritos, podré serlo, aún de la posteridad…
Laura pensó en el viejo Vitruvio, sonrió ante la idea que todos los artistas anhelan la posteridad y descubrió que en su interior también deseaba que sus obras fueran reconocidas admiradas con el paso de los tiempos. Tomó el segundo libro y lo hojeó de igual manera, pero de repente algo salió despedido de una de sus páginas que voló a un trecho de Laura, que se tuvo que levantar para alcanzarlo. Al observar el papel vio que era la fotografía de una mujer de unos treinta y tantos o cuarenta años, al menos eso era lo que parecía… Era muy llamativa, de facciones finas, rubia, de ojos azules y piel blanca. Elegantemente vestida, lucía joyas caras y su ropa era de marca.  Miró por detrás y había unas palabras escritas con excelente caligrafía hechas con tinta de pluma estilográfica. Decía:
Sep./14th/2008 /
Nadie como tú en mi vida. Nada como tu amor.
Te quiero. Lydia.
Inmediatamente Laura pensó que debía tratarse de una foto de la madre de Paul tomada algunos años atrás, pues no podía ser tan joven como aquella imagen mostraba para tener tres hijos en edad universitaria. Sonrió mirándola de nuevo, la mujer de la foto era elegante y enigmática, le sonaba su cara; de repente se dio cuenta de eso. Pero no recordaba de donde. Además se dijo que cómo le iba a sonar la cara de la madre de su amigo… Como no hubiese tropezado con ella por alguna calle de su Málaga natal, en el Museo Picasso o en alguna de las maravillosas playas de la Costa del Sol. ¿De dónde?  ¡Absurdo! Aquella impresión debería ser una confusión, de eso estaba segura. Observó sus ojos, había algo en la mirada de la mujer que hacía desear conocerla, se podría decir que era afable y afectuosa.  Sin embargo, no existía ningún parecido físico con Paul y, como él mismo le había dicho, su hermano Mike y él se parecían a papá. A Laura no le extrañó por eso mismo, porque, de aquella mujer, Paul no tenía ningún sólo rasgo.
El sonido de su teléfono móvil la sacó de sus pensamientos, miró el número en la pantalla, era John. Le pareció oportuna su llamada, llegaba como una ráfaga de aliento para fortalecer sus ánimos para enfrentar la idea de estar prisionera de las normas estúpidas de aquel lugar llenar un rato con risas y charla que, seguramente John, le iba a dar a las mil maravillas...

sábado, 4 de diciembre de 2010

Una Erasmus para Laura - Capítulo 22


 Aquel lunes fue un lunes muy esperado, aunque las ocupaciones con las asignaturas les mantuvieron agobiados a todos con el trabajo durante el transcurso de la mañana. A lo largo de la clase de Geometría Descriptiva, la última antes de ir a comer, casi todo el mundo copiaba las rápidas palabras de la profesora Mrs. Agnes Mitchell, que explicaba ampliamente los principios de tal geometría.
     ―La Geometría Descriptiva existía antes de ser inventada ―decía la profesora Mitchell muy inmersa en el tema mientras la gran mayoría tomaba apuntes precipitadamente―. La complejidad de los cortes de la piedra o la madera ha requerido siempre el uso de proyecciones ortogonales, y, sin embargo, el sistema diédrico es relativamente moderno. No como sucede con la perspectiva cónica que nació de un proceso artístico lento, anterior al concepto de “sección de la pirámide visual”. Las axonometrías son utilizadas sistemáticamente mucho antes de quedar geométricamente explicadas por la teoría decimonónica. Por eso, cuando en 1795 alguien decidió que esta denominación, “Geometría Descriptiva”, era conveniente para designar un conjunto de hábitos y conocimientos, estaba, en realidad, legalizando y nombrando a una situación ya existente…” ¿Alguna duda al respecto, señores?

     ―Se me va a gastar la mano ―comentó Paul que se había sentado a un lado de Laura.
     ―A mí se me va a gastar el bolígrafo ―le contestó ella sin levantar la cabeza del papel donde escribía.
     ―A mí se me acaba de gastar la paciencia ―secundó John sentado al otro lado de la chica ―decididamente esta asignatura se la queda George. Es el mejor con esto de la descripción del plano… ¿No crees, Paul?
     ―Por mí, de acuerdo ―musitó para no llamar la atención de la profesora―. Me parece estupendo, con que uno copie es suficiente…
    ―…Aunque todos nos estamos preguntando ―seguía su conferencia Mrs. Mitchell―. ¿Qué es en sí la Geometría Descriptiva y cuáles son sus objetivos?
     ―…Joder a los alumnos de una forma exhaustiva y fehaciente ―comentó John harto de escribir―. Eso está claro. El principal objetivo de esta asignatura, además del anterior, es que nos follen a todos.
      ―…Por lo que diremos que es la ciencia de las relaciones y análisis en el espacio tridimensional y que tiene por objeto la representación de las figuras geométricas del espacio en un plano, de tal manera que las construcciones en dicho espacio se puedan reducir a construcciones más cómodas en ese plano.
      ―Eso ya lo sabemos del curso pasado… ―se quejaba Ritchie―. Es que a esta pava le encanta repetir y repetir…
      ―Así nos quedará algo… ―sonrió Lourdes―. A fuerza de oírla…
      ―Síndrome de la oreja agotada ―cuchicheó George―. Eso es lo que vamos a padecer.
       ―Tú copia y calla… que te estás estrenando ―le comunicó John.
       ―¿Este rollo para mí? ―se quejó sorprendido por el anuncio repentino.
      ―¿Hay alguna otra que no sea rollo? Si la descubres me lo dices ―respondió John sin dejar de tomar apuntes―. Estaré encantado de asignártela.
       George lo miró de reojo poniendo gesto de resignación, en el fondo John tenía razón. Todas las asignaturas eran un auténtico coñazo.
Mrs. Mitchell seguía hablando explicando sus teorías apoyando ahora su disertación sobre un gran dibujo que había esbozado en la pizarra, algo parecido a un pórtico con arcos trazado sobre unas líneas hacia los puntos de fuga. 
       ―…Se puede determinar un punto del espacio mediante sus proyecciones desde dos puntos de vista distintos sobre un plano   ―continuaba diciendo la profesora basándose en el dibujo―, Uno de los objetivos de la Geometría Descriptiva es capacitar a los usuarios del dibujo a la interpretación y representación de los objetos tridimensionales trazados en un plano bidimensional... Como podemos ver en este esbozo que he dibujado en la pizarra.
       ―O sea, ―empezó John con sus bromas―, que si describimos geométricamente el agujero que voy a hacer para enterrar a esta tía y que se vaya a su casa ya de una puta vez, tendríamos representado el dibujo de un hoyo rectangular de 2’00 por 1’00 en el cual introduciríamos a la cacatúa y rellenaríamos de hormigón armando convirtiéndolo en una base perfecta para levantar el pedestal de su estatua funeraria.
       Lourdes no pudo evitar reírse.
     ―¿Algún problema Miss Sanz?
Al oír su nombre Lourdes levantó la cabeza de la mesa donde también escribía… Se quedó un poco suspensa sin saber que responder. Pero John se sintió responsable por el hecho y salió en su ayuda.
     ―Mrs. Mitchell tengo una duda existencial ―dijo con tono jocoso.
La clase rió en pleno. Mrs. Mitchell que ya conocía a su alumno del curso anterior detuvo la clase y le contestó:
      ―Espero que no tenga relación con la arquitectura, eso sería un problema sin solución, señor Lane. Pero, dígame si tan urgente es que me exponga su duda “existencial”, con gusto detendré la clase para salvar su vida.
La clase volvió a reírse de las palabras de la catedrática. 
     ―¿Y para el arquitecto que llevo dentro? ―insistió John sin abandonar su tono jocoso―. ¿Vale entonces de esa manera, Mrs. Mitchell? En ese caso si es algo que debe interesar a la clase…
     

jueves, 25 de noviembre de 2010

Una Erasmus para Laura - Capítulo 21



 La faz lívida de Vicky apareció en la sala de espera de urgencias donde John Lane la estaba esperando. Venía en una silla de ruedas empujada por un celador. John se levantó al verla y fue a su encuentro con rapidez. Vicky no esperaba encontrarse al chico allí esperándola y sintió sus piernas temblar de emoción al encontrarlo frente a ella tan inesperada como sorpresivamente. La miraba sonriente, en su expresión había un gesto de alivio sincero, realmene estaba aliviado porque todo hubiese salido bien y la chica estuviera repuesta.
―¿Cómo te encuentras? ―le preguntó John para ser amable.
―Un poco mareada, pero bien. ¿Dónde están los demás?
―Se marcharon. Han pasado toda la noche en el hospital  esperando los resultados y las chicas se fueron para a la residencia conforme mi tío nos contó que estabas fuera de peligro, por lo visto se han jugado una sanción por parte de la dirección… Pero no quisieron marcharse hasta que no supieran que el peligro había pasado.
―Es cierto, las normas en ese lugar son muy estrictas ―comentó preocupada por ellas―. Debieron marcharse antes para evitar la bronca de la urraca.
―¿Urraca?  ―dijo sin comprender.
―La directora… es como un pájaro enjuto y feo.
―Menudo penal… ―rió con la comparación―. ¿Nos vamos?
―¿Adónde?
―A casa. Me quedé yo esperándote para acompañarte a la residencia.
―Eres muy amable… ¡Ah! ―continuó al acordarse―. Gracias por llamar a tu tío, ha sido muy amable conmigo.
―No las merece, Vicky. Coincidió que estaba de guardia y eso fue todo. Es el hermano menor de mi padre y todavía le tocan estos marrones de las guardias de cuarenta y ocho horas y esas cosas en el hospital… Está terminando su residencia como cirujano cardiovascular…
―¡Qué interesante! ―sonrió ella levemente aunque eso no le interesaba para nada.
―¿Nos vamos? ―le volvió a preguntar cogiéndola del brazo para que se sostuviera―. Tengo el coche en el parking.
―Por favor… ―le sonrió con una mueca de debilidad pero sintiéndose completamente feliz por aquel desenlace de la noche. John esperándola y su coche a su disposición para regresarla a casa. Jamás hubiera soñado que eso podría hacerse realidad. Pero fuera como fuera se sentía completamente feliz.
El Audi-A-3 era muy confortable. Para Vicky era el coche más confortable del mundo. El olor que desprendía el nuevo ambientador que había colocado John para el día en que salió con Laura le gustó, su aroma a pino llenaba el vehículo y a ella le encantaba. Relucía limpio por dentro y por fuera y estaba para ella. Al acercarse se sintió como una princesita de cuento cuyo príncipe azul la sube en una carroza real y la lleva a su palacio para casarse con ella. Vicky se sentó en el asiento del copiloto y John le abrochó el cinturón de seguridad para que ella no se molestara. Al cruzarse por delante y tenerle tan próximo su corazón se aceleró. Nunca le había tenido tan cerca como en ese momento y de una forma fortuita… Suspiró agitada y no volvió la cara sino que se quedó mirando de frente con el rostro de John al lado del suyo, viéndole, percibiéndole, oliéndole... Todo en él era maravilloso, perfecto, arrebatador. La cercanía del muchacho desencadenó una serie de sensaciones que se acercaban mucho a un éxtasis, no necesitaba mucho más, su mente hacía el resto.
―¿Estás bien? ―le preguntó él mirándola cara a cara, La notó rara.
Vicky creyó derretirse por dentro. Hizo un esfuerzo por controlar sus impulsos de besarle pero su nerviosismo era incontenible y se apoderó de ella que impulsivamente le besó la mejilla.
―¿Y eso? ―sonrió él tocándose la carrillo.
―Te estoy agradecida por todo lo que has hecho por mí hoy, John.
―No tiene importancia… ―sonrió de nuevo―.Tú harías lo mismo por mí.
―Lo mismo y mucho más… No lo dudes.
 El chico le sonrió por unos segundos en los que trató de comprender la verdadera intención de aquellas palabras que habían surgido de los labios de la chica espontáneamente. Después dio la vuelta y se acomodó delante del volante ajustando su cinturón de seguridad y poniendo el motor en marcha. El Audi rugió tras los acelerones que ocasionó John para oír el ruido del motor, le gustaba hacerlo cada vez que lo ponía en marcha. Salió del parking y condujo despacio por la calle Gower. Durante unos minutos los dos permanecieron callados. John miraba a la chica de reojo cuando el tráfico se lo permitía y ella no hacía menos con él, creía estar en un sueño y no quería despertar de él...

sábado, 20 de noviembre de 2010

Una Erasmus para Laura - Capítulo 20

Vicky Blackwell abrió los ojos en medio de una sala de observación de urgencias. Al principio no escuchaba nada, pero se fijó en el techo, era blanco y las luces suaves para no molestar. Cubierta por una sábana y entre cortinas, se dio cuenta que estaba  sobre una cama donde reposaba. Se sentía muy mal, la cabeza le daba vueltas y poco a poco fue recuperando la audición. Los sonidos que llegaban hasta ella le hicieron saber que estaba en un hospital y una pregunta evidente surgió en su interior aunque no había nadie para contestarla. ¿Cómo había llegado hasta allí? Tenía una vía intravenosa en su brazo derecho y sus constantes estaban monitorizadas. Una mascarilla le suministraba oxígeno por la nariz mientras oía el constante burbujear del gas licuado al salir del dispositivo desde detrás de su cabeza y antes de iniciar el circuito que lo llevaría hasta sus pulmones convertido en el vivificante elemento que la hacía sentirse de alguna manera confortable, aunque, no había dejado de estar mal, sobradamente mal en general, se sentía muy mareada y no sabía muy bien qué hacer. Inspeccionó su entorno, parecía una sala de urgencias y con toda seguridad debía serlo… Buscó a su alrededor algo parecido a un timbre o un dispositivo para llamar, pero una de las enfermeras de vigilancia en aquella sala, acudió a su lado rápidamente conforme se dio cuenta de que la joven había despertado.
―¿Cómo te encuentras, Victoria? ―le preguntó afectuosa.
―…Mal… muy, muy, mal…
―Bueno, vuélvete un poquito, tengo que ponerte esto, te prometo que no te vas a dar cuenta… ―le dijo administrándole una inyección intramuscular―. Supongo que ahora que estás consciente el doctor Lane te administrará algo para que te sientas mejor.
―¿Qué me ha puesto? ―preguntó la chica mirando la jeringa.
―Un buen cóctel de vitamina B1 y B6. Para que desaparezcan todos los síntomas. Ya queda poco, pronto empezarás a sentirte mejor y podrás volver a casa.
―¿Cuándo podré irme a casa realmente?
―Pronto… muy pronto ―le sonrió la enfermera―. Ahora, cuando el Dr. Lane venga, le preguntas a él.
―¿El Dr. Lane? ―repitió extrañada por el nombre―. ¿John Lane?
―George Lane. Ese chico, John, es su sobrino. Está ahí fuera y te atiende su tío… Por lo visto eres una muy buena amiga de su sobrino. No quieras saber lo preocupado que estaba por ti y cómo le pidió a su tío que te atendiera. Se nota que significas algo muy espacial para John. No hay nada más que verlo.
―John… ―suspiro dejando escapar el nombre con dulce ternura―. Sí… John Lane.
―¡Uy! Pero cómo estás por ese chico… ―sonrió la enfermera para animarla―.  Espero que no vuelvas a sufrir un coma embriagada por los efectos que te causa ese muchacho… ¡Qué locura!
―Sí y no ―susurro con la mente a miles de años luz de allí divagando entre sus ilusiones por lo que había escuchado de la enfermera―. ¡Es genial!  John me ha traído a este hospital… John… y ha buscado a su tío para mí… ¡Es fantástico!
Vicky cerró los ojos otra vez, la cabeza volvía a darle vueltas… Pareció dormirse de nuevo con el nombre del joven entre los labios...

sábado, 13 de noviembre de 2010

Una Erasmus para Laura - Capítulo 19

―Pues caminemos hasta la estación de metro, el hospital más cercano es el universitario de Euston Square ―dijo Paul decidido a llevarla allí―. Lo cogemos aquí en Mornington y nos bajamos en Warren Street. La entrada de emergencias está cruzando la calle a poco pasos. Y John tiene un tío que trabaja allí.
―Paul tiene razón ―le apoyó Ritchie―. Es la forma más rápida de llegar. Pero no la mejor de transportar a una chica inconsciente… Y con una poca de suerte… o tal vez mucha suerte, no sé, el Dr. Lane esté allí para ayudarnos.
―¡Da lo mismo! Sea como sea hay que hacer algo ¡ya! ―les animó Laura deseando empezar la marcha―. Nosotros  disimularemos, pero no nos paremos más, por amor de Dios ―les instó asustada, la cara de Vicky era la de una muerta―. ¡Esperad! Carmen, ve a por nuestros bolsos y tú George por los abrigos ―ordenó práctica―, Paul, John, por favor, sostengamos a Vicky… Va a pesar mucho.
Conforme tuvo su bolso en la mano le colocó a Vicky un gorro de lana que llevaba en él para disimular su estado de inconsciencia y la embutieron en un anorak de plumas para que no perdiera más temperatura.
―Esto disimulará un poco su desfallecimiento ―completó Laura su obra de camuflaje. Además si hay que sostenerle la cabeza se le puede hacer metiendo la mano por detrás del gorro, como si fuera una marioneta. Una risotada se oyó alrededor Bob y Ritchie se estaban riendo de la idea de la marioneta. Pero al mirarlos Laura se quedaron muy serios.
―¡Jamás me había visto en una igual! ―se quejó John enojado―. ¡Es increíble! Parece un gag de la cámara oculta.
―Pues si no estás de acuerdo puedes quedarte disfrutando de tu noche. Seguro que encuentras a alguien que te acompañe.
―John siempre encuentra a alguien ―alegó George divertido por la idea recibiendo inmediatamente después un cogotazo de John a quien no le había hecho gracia su comentario―. ¡Oye! ¡Esas manos quietas! ―se quejó rascándose la cabeza.
―No es eso, Laura ―explicó John con el mejor de sus tonos―, no te enfades ahora conmigo… Vicky nos ha fastidiado la salida a toda la peña, eso no lo puedes negar. ¡Esta tía es un coñazo! No creo estar inventándome nada.
―Sí, es cierto… ha bebido como una tonta porque ni siquiera has tenido el detalle de bailar con ella una vez.
―¿Y por qué tenía que tener detalles con ella? ¿No te jode? Ya le pagamos la entrada… Es una acoplada de la leche.
―¿Detalles? Te diré dos: porque ella no tiene la culpa de caerte mal y segundo, es nuestra amiga y tú… ―Laura se detuvo de repente iba a decir lo que no tenía que decir―… Porque… lo hubieras pasado muy bien bailando con ella. Si quieres ser útil, sostenla y vayámonos ya
Cargando a la chica como si estuviera sólo un poco bebida e intentando guardar la calma comportándose de una manera normal, caminaron hacia la estación de Mornigton, bajaron por las escaleras cubriendo a Vicky formando corrillo para preservarla de las cámaras.  Para pasar el torno de entrada a los andenes tras pagar sus tickets lo tuvieron más crudo. El cuerpo desmayado de Vicky estaba lánguido y pesaba mucho. A la hora que era no había mucha gente, pero las cámaras de vigilancia sí funcionaban y en el torno sólo cabía una persona...
  su fundador. 

sábado, 6 de noviembre de 2010

Una Erasmus para Laura - Capítulo 18


―¿Dónde vas? ―la detuvo Paul, dándose de bruces con Laura. También traía bebidas en la mano que casi le tiró encima―. Llevo haciendo cola en el bar una hora… ¡Qué cantidad de gente hay esta noche! Parece estar medio Londres aquí metido. Espero haber acertado… ―concluyó extendiéndole una de las bebidas―. La botella está recién abierta ―le explicó guiñándole un ojo.

Ella se detuvo en su aparente huida e hizo como si no hubiera oído lo que él le decía sobre la bebida, pero, inmediatamente pensó que si no la aceptaba, la conversación con él se habría acabado. Y aquel guiño de complicidad le había calado hondo, porque sus guiños eran siempre provocadores, aunque no llevaran esa intención. Los ojos de Paul eran tan expresivos y pícaros, con aquellas largas pestañas, que los hacían más bellos todavía, que Laura había sido cautivada por ellos desde que se fijó en él. Mucho más si le guiñaba de aquella manera tan sexy en que lo hacía. Pero sus ideas trataban de ir por otra parte, pensando en su fuga de John del cual le había costado bastante librarse. Sabía que Paul no era el indicado para pararse a charlar en aquel instante, si realmente deseaba desaparecer un rato del radio de acción de John Lane, porque él era su amigo del alma y podía aparecer detrás de Paul en cualquier momento y de nada le hubieran servido todos sus esfuerzos. Pero no le quedaba otra que pararse para no parecer maleducada, por la forma en que el muchacho la abordó y porque tuvo la amabilidad de esperar un siglo en la barra para conseguirle una copa entre aquella marabunta de personas que había en KOKO aquella noche. Sin embargo, cuando dejó de pensar que huía de John, se tranquilizó al comprobar que no venía detrás de ella. Miró a Paul a los ojos y le gustó lo que vio.  Le sonrió ampliamente encantada de que hubiera chocado con ella. Después de todo podría resultar ser un buen instante para hablar con él y darse un respiro del pesado de Lane. Decidida se acercó mucho más a Paul para poder hablarle y que la entendiera, pues los decibelios de la música estaban disparados. Después de la tarde en el zoo, ése era un buen momento para seguir conociéndose. ¡Qué diablos!
―Iba… mmm… ¡al servicio!… ¡La bebida! ―le sonrió sobreactuada―, ya sabes… sigue su camino ―volvió a sonreírle dando por supuesto que la entendía.
―Si está tan concurrido como la barra, tardarás una eternidad… ¿Nos sentamos?―le preguntó de nuevo, extendiéndole el vaso con vodka con naranja que ella no había cogido antes―. Es para ti…
Laura miró de nuevo el vaso y pensando en que iba a renunciar por él a hacer pis, ya que Paul le había pasado el parte de la multitud que esperaba en los aseos de señoras, pensó que la propuesta estaba bien, sentada aguantaría mejor. Pero merecía la pena por estar con aquel chico que tanto le gustaba.
―¡Mmm! Delicioso… ―sonrió forzada oliendo el combinado y pensado en quién habría sido el lumbrera que les había dicho a John y Paul que a ella le gustaba el vodka.
―¿No bebes? ―le dijo el chico observando a los componentes de Artic Monkeys que volvían al escenario.
―¡Sí! ―dio un pequeño sorbo―, pero despacio, ya empiezo a ir cargadita… Si sigo bebiendo a este ritmo acabaré la noche hablándole de tú a las farolas o en cualquier rincón durmiendo la pea.
Ella miró a los chicos en el escenario… estaban listos para una nueva canción. Empezaron con mucha fuerza el tema de su último single: Teddy Picker. Los asistentes en la sala aplaudieron y gritaron agitando sus brazos al aire. Era una canción con mucha marcha que hacía que la gente se uniera a ella con facilidad bailando en masa, unidos en sus saltos, disfrutando de la actuación.
―Me gusta el chico ―dijo Laura refiriéndose al vocalista―. No lo hace nada más.
―Lo hace muy bien… ―rió Paul―. Pero yo soy más guapo.
―Presuntuoso ―afirmó sonriéndole amplia y dulcemente como había hecho por la tarde en el coche al despedirse de él después de venir del zoo.
Paul la miró sin saber que hacía. Le devolvió la sonrisa, pero no dijo nada especial por lo que Laura se sintió bastante decepcionada, Aunque no dejó de sonreírle de aquella manera tierna y picarona a la vez esperando oírle de nuevo adular su sonrisa. 
―¿Qué pasa? ―le preguntó el chico al fin preso de la inseguridad que le proporcionaba no saber de qué iba el juego. 
―¿Ya no tengo luz en mi sonrisa?
―¿Luz?... ¿En tu sonrisa? ―repitió Paul sabiendo que se trataba con toda seguridad de algo que había sucedido por la tarde cuando ella estaba con su hermano creyendo que era él―. Por supuesto que sí… ¡Qué tonto soy! Tienes toda la luz del mundo.
―No me dijiste eso… Me dijiste otra cosa que me gustó muchísimo más. Por fa… dila otra vez ―le pidió zalamera.
―Sí, claro… Otra cosa sobre tu sonrisa… Déjame pensar…
El nivel del contenido del vaso de Paul bajó en un instante a menos de la mitad, mientras su mente no dejaba de dar vueltas buscando la forma de saber qué leches le había dicho Mike.
―¿Lo has olvidado? ¿¡Es posible!?
―Lo siento, pero sí ―no tuvo más remedio que decírselo, sintiéndose fastidiado por completo.
―Dijiste que la luz del sol de mi tierra brilla en mis ojos.
―¡Qué jodidamente poético!  …Soy. ―completó tras una pausa―. Ni a mi hermano Mike se le hubiera ocurrido algo tan genialmente singular. Sí es cierto, dear. El brillo de tus ojos derretiría los polos y bailas de putamadre, tía.
―Gracias, eso sí que es poético. ―afirmó irónica, sorprendida por la brusquedad con que lo había dicho―. Tú no lo haces peor. 
―Gracias… ―rió con gana dándole otro buen buche a la copa―. Parecemos dos tontos devolviéndonos los halagos… ¿No bebes? ¡Venga! Hoy es sábado y hay que ponerse a tono con el ambiente.  ¡Fiesta! ¡Fiesta!

domingo, 31 de octubre de 2010

Una Erasmus para Laura - Capítulo 17


 Cuando las chicas supieron que faltaba una entrada se mostraron molestas por el asunto, sobre todo Laura, que empezaba a pensar que John lo había hecho adrede, e intentaron que Vicky, por supuesto, no se sintiera discriminada por el supuesto olvido, ya que él no tenía impedimento de decir para quienes se había tomado la molestia de sacarlas. Carmen se había puesto furiosa, John empezaba a caerle gordo, demasiado listo y suficiente… Aunque su hermana trataba de explicarle que las entradas no tenían nombre y que una de ellas debía quedarse sin los pines ni la entrada para incluir a Vicky en el lote.
―Mira en tu bolso ―le dijo Laura a su hermana mientras hurgaba en el interior del suyo―. ¿Cuánto llevas?
―¡Estoy tiesa como la mojama! Con lo caro que es todo en Londres… ¿pretendes pagar una entrada de KOKO? 
―O hacemos esto ―murmuró en español―. O una de nosotras no entra para quedarse con Vicky...
―¡No es justo, Laura!
―¿Y sí lo es que Vicky se quede fuera por un olvido, no tan claro, de John?
―Pues que se pague ella su entrada ―sugirió molesta―. ¿Por qué he de ser yo? No es mi culpa… ni la tuya…
―Carmen, eres una egoísta, ¿sabes? ―expuso enfadada dándole la espalda yendo hasta Vicky―. Toma los pines y la copia de la entrada, Vicky. Tú conoces a John mucho antes que nosotras y tienes más derecho a todo esto.
Vicky encantada tomó lo que significaba un pase gratis al interior de KOKO, agarrándose al cuello de Laura para besarla repetidas veces, mientras Lourdes tomaba fotos con su móvil sin saber muy bien lo que pasaba.
―Gracias, tía.  Pero si falta una copia de éstas… ¿ahora tú?
John vio la maniobra de Laura y se indignó por cómo ella le había dado la vuelta al asunto y ahora era Vicky quien tenía sus pines. Los chicos lo sostuvieron un poco, pero John se deshizo de ellos y se dio media vuelta resoplando. Mientras esperaban la cola para acceder al local John se acercó a Laura por detrás, cuando los demás estaban distraídos.
―Laura, toma ―le dijo―, ésta es la tuya.
―¿Cómo que la mía?
―Tu entrada… con todo esto que se ha armado… No puedo permitir que pagues tú.
―¿Y por qué no?
―Porque dije que me encargaba de las entradas y no puedo permitir que te quedes fuera. Las saqué pensando en ti en que estuviésemos juntos en la disco y pasásemos una noche bestial… Pero no estaba pensando en líos o amigos aparecidos de la nada y follones de dinero... No quiero que pagues tu entrada.
―No pensaba hacerlo… ―añadió seria―. Tanto es así, que me da igual quedarme aquí fuera con Vicky, esperando a que  salgaís.
―¿Por qué le has dado los pines a ésa?
―Porque eran míos y hago lo que quiero con mis cosas… Además ésa, como la llamas, tiene un nombre y es mi compañera de cuarto… Es Vicky...
  

sábado, 23 de octubre de 2010

Una Erasmus para Laura - Capítulo 16

 Después de la cena y de contar a su hermana y a sus amigas el día en el zoo, Laura subió a su habitación a descansar un rato. Se puso cómoda y se tumbó en la cama mirando el techo de la sala pintado de rosa y la lámpara que estaba suspendida en el centro, desde donde una tulipa esférica de cristal blanco pendía de una cadena. Comenzó a pensar en Paul y en todo lo sucedido aquella mañana… Una sonrisa se fue dibujando tenuemente en sus labios a medida que sus pensamientos trajeron los recuerdos de todo lo vivido aquel día y las mariposas volvieron a revolotear en el estómago, incluso habían encontrado espacio después de la cena, aunque no había comido mucho. La idea de volver a ver a Paul en una o dos horas, hacía que aquella sensación fuera verdaderamente fuerte, casi vertiginosa… No la podía controlar.
Una leve corriente de aire removió un poco sus cabellos, miró hacia la ventana, que estaba ligeramente abierta, por donde el aire fresco de la noche penetraba en el interior. Se levantó a cerrarla, pero se quedó apoyada en el poyete mirando la cancela de la entrada, imaginando volver a ver el Mini Cooper de Paul esperándola de nuevo. El corazón le palpitó con fuerza. “¿Qué le estaba pasando con Paul?” Se preguntó confusa. Pero fuera lo que fuera, nunca se había sentido tan bien como se sentía con él. Algo así no era imaginable cuando en casa de sus padres recibieron la noticia de la concesión de la Erasmus… Sin embargo, estaba sucediendo. Sus expectativas habían sido más que superadas por los acontecimientos que estaban ocurriendo. John invitándola al cine, Paul al zoológico… ¿Qué vendría después? No quería pensar al respecto, sin embargo, en su interior tenía una certeza que no se atrevía a aceptar, por miedo a equivocarse. Deseaba estar completamente segura para poder afirmar que estaba enamorándose de Paul McClellan… ¿o debería decir que estaba enamorada de Paul McClellan?  El fin de semana se había presentado de una forma inesperada bastante movido. Nunca hubiera sospechado que aceptar salir con Paul al zoo acabara como iba a hacerlo aquella noche de sábado en una de las discotecas más punteras de Camden Town. Las chicas estaban ilusionadas por conocer a Bob Collins.  Había oído eso durante dos días insistentes por echarle el ojo encima. Los chicos hablaban constantemente de él y no le habían visto el polvo aún en las semanas de curso transcurridas, pero sin duda debería tratarse de otro adorable sinvergüenza como el resto.
Un ruido en el pasillo la recuperó de sus ensoñaciones y se volvió hacia la puerta. Era Lourdes que entraba del cuarto de baño. Se acababa de duchar y como una exhalación se fue a su armario para buscar la ropa que iba a llevar aquella noche...

lunes, 18 de octubre de 2010

Una Erasmus para Laura - Capítulo 15

Mike había conducido a la dirección, que le facilitó su hermano Paul, en Tottenham donde estaba la residencia. Detuvo el Mini Cooper enfrente de la puerta y marcando el número de Laura en el móvil de Paul, que también le había cambiado por aquella noche, para que no faltaran detalles, esperó la respuesta. Mientras aguardaba, aquellos segundos se le hicieron eternos y sus temores a que todo fracasase y que la chica fuera más sagaz de lo que su hermano había previsto, aparecieron de repente instándole a  no responder cuando descolgara y a huir de allí, porque seguía pensando que todo aquel barullo era una auténtica locura. Algo en su interior le estaba advirtiendo que se iba a arrepentir de hacerle un favor tan maquiavélico a su hermano.  Mike miró el teléfono mientras oía los tonos de la llamada, tardaba en contestar, no estaba muy ansiosa, pensó. Respiró hondo pero el miedo no se iba… Respiró hondo otra vez y pensó que no la conocía de nada, una cara por Facebook no deja demasiadas oportunidades de saber cómo es una persona y menos una chica inteligente y lista como le había dicho Paul que era.  ¡Qué segundos tan agobiantes! De nuevo su conciencia le dictaba con fuerza urgiéndole a desapaecer  de aquel lugar diciéndole: “¡Huye, Mike! ¡Huye de aquí, esto no puede salir bien! …Te cazará en la primera de cambio, se dará cuenta que no eres quien dices ser que eres… ¡Huye y no hagas más el gilipollas!” La voz de Laura sonó en el aparato, había tardado demasiado en contestarle, pero de cualquier forma ya lo había hecho y el asunto no tenía marcha atrás
―¿Diga?
Mike miró el móvil como si fuera radioactivo y lo apartó de su oreja para no oír a Laura, que seguía esperando una respuesta. Respiró profundamente dos o tres veces más y, temeroso, se llevó lentamente el teléfono a la oreja de nuevo. La voz seguía allí, no había colgado y continuaba diciendo “diga”. Miró el teléfono con gesto preocupado y se lo pegó al pecho nervioso, cerró los ojos y  fue levantándolo, acercándoselo a la oreja de nuevo, se dejó llevar; “la suerte estaba echada” y al fin dijo:
―¿Laura?
―¿Paul?
―Sí…, estoy… estoy abajo… ―tragó saliva―, en la puerta… Te espero.
―¿Ocurre algo?
―¡No! ―exclamó sorprendido―. ¡Para nada!… ¿Por qué iba a pasar algo?  No tardes, por favor.
―¡No! ya estoy en el piso principal. Ya salgo…
Laura apareció por la puerta en pocos minutos. La verdad que la foto que le había enseñado su hermano no le hacía toda la justicia que debía, pues era todavía más bonita. Salió de la casa y bajo las escaleras alegre, atravesando el trozo del jardín hasta la reja. Cuando le vio, una amplia sonrisa apareció en su cara y con un gesto de la mano, agitando los cinco dedos, le saludó mientras iba para el coche...

viernes, 15 de octubre de 2010

Una Erasmus para Laura - Capítulo 14


―¡No! ¡No! ¡No! ―decía Mike intransigente al oír la propuesta de su hermano mientras éste andaba detrás de él rogándole insistentemente―. No, Paul, eso es ir demasiado lejos. Es una auténtica locura. Esa chica lo va a notar. ¿Te crees que las tías son tontas?
Había sido asaltado en el dormitorio mientras se entretenía con la Wee. No podía creerse lo que acababa de escuchar de la boca de su hermano, pero lo cierto era que aquello le confirmaba que Paul estaba perdiendo completamente la olla y que Jane no era una relación que le proporcionara estabilidad.  Siempre diciéndole lo que quería escuchar y colgada de él como una lapa… para después imponerse con sus caprichos y hacer lo que le daba la gana. Jane no le caía nada bien.
―Por favor, tío ―insistió de nuevo―. Sólo será esta vez. ¡Mira! Ya te he dicho lo que ha pasado. Yo no esperaba que Jane volviera. De hecho creía que no volvería jamás.
 ―Sabía yo que esa pava iba a estropearme el día cuando le abrí la puerta esta mañana ―se quejó Mike enfadado soltando el mando de la Wee en la cama―. Esa Jane te tiene la voluntad abducida… Es una pájara de mucho cuidado, una arpía y una… una…
―Si vas a decir lo que creo que vas a decir… Mejor no lo digas, Mike… Podíamos salir mal parados.
―Estás loco, Paul, completamente loco,
―Hazlo por mí, por fa, Mike―le rogó Paul haciendo caritas para arrancarle la sonrisa―. El finde que viene haré por ti lo que tú quieras. De verdad, lo que tú quieras. Pero hoy tienes que cubrirme las espaldas.
―¡Está bien! ―exclamó harto de oírle repetir una y otra vez―. ¡Está bien! Lo haré, pero sólo hoy. Nunca volverás a pedirme algo parecido. No es nada guay hacer estas cosas. No son de un tío legal, ¿sabes? Al final se sabe.
―¿Cómo? Tú no dirás nada y yo tampoco.
―Eso te lo aseguro. Soy una tumba, por la cuenta que me trae.
―Gracias Michael ―le dijo estrechando su mano de una manera peculiar, a la forma en que siempre lo hacían cuando guardaban sus secretos de  niños. Toma.
Paul le extendió  Mafia, el último de sus juegos favoritos para la PS3
―¿Para qué me das esto? Ahora no tengo ganas de jugar a la Play.
―El otro día me lo pediste y no quise dártelo. Ahora tú has aceptado ayudarme… Toma, sé que te gusta. De hecho, te lo regalo. Es tuyo.
Mike cogió la caja y la miró sin saber muy bien si su hermano hablaba en serio o no, Él le había colgado la etiqueta de agarrado y ahora al verle tan desprendido, regalándole el último juego que había comparado para su PS3, era un poco raro…
―Gracias.  ¿Puedo saber si es esto ya parte de mi pago? ―inquirió incrédulo.
―No, que va… ―negó inmediatamente―. Es para ti, ya te lo he dicho. Lo otro…, el pago, me lo pedirás tú cuando necesites un favor.
―Espero que no lo olvides, Paul.
―Nunca.
― Entonces, ¿ es para mí? ―le preguntó todavía inseguro de que fuera cierto aquel regalo. Paul asintió con un gesto―. Ahora dime, ¿cómo es esa chica?
―Mejor te la enseño en su página de Facebook, enciende el PC. Toma las llaves de mi coche, no quiero que falte ningún detalle y ten mucho cuidado. No quiero ni un minúsculo arañazo.
―No le haré ninguno… Tío, que también se va la olla con el coche.
―Sólo cuido del regalo de cumpleaños que nos hizo papá el año pasado. ¿No dijo, espero que os dure mucho más que os duraron vuestras primeras bicicletas? ―Mike asintió empezando a reírse al recordar aquel desastre―. Pues eso. No querría quedarme sin coche de un día para otro.
Los dos se rieron recordando lo que les ocurrió a sus primeras bicicletas a carcajadas tendidos sobre sus camas sin poder contener la risa, pues el mismo camión de la mudanza que les llevó sus enseres cuando fueron a vivir a Cavendish Avenue le aplastó sus bicis recién estrenadas, ya que las encadenaron a la trasera del camión pensando en ser útiles y que irían rodando todo el trayecto hasta la nueva casa… Pero sólo tenían siete años. Lloraron todo el día por la pérdida de sus bicis...

martes, 12 de octubre de 2010

Una Erasmus para Laura - Capítulo 13




El timbre de la puerta había sonado hacía un momento, pero nadie iba a abrir. Al poco volvió a sonar de nuevo, pero con más urgencia, y Michael que estaba viendo la televisión fue a abrir protestando a notar que nadie se interesaba por atender la llamada.
―¿Es que estáis todos sordos? ―le gritó a sus hermanos, pero no recibió respuesta―. Eso… eso… haceros los sordos… ¡Es que soy idiota! Seguro que no es para mí…
―¡Por fin Michael! ―exclamó Ruth que venía escaleras abajo dispuesta a abrir―. ¡Por fin! Mis oídos has escuchado lo que tantas veces te he dicho y tú has negado… ¡Eres idiota! Si te lo decía yo…
―¡Ruth! ¡Ruth! ―le gritó furioso lanzándole una zapatilla que hizo blanco en la pared de la escalera.
La peque de la familia le sacó la lengua parapetándose tras la baranda que hacía curva en un rellano antes del tramo que llevaba al primer piso.
―Las verdades duelen, Mike. Pero no hay cosa más cierta que ésa…
―Eres una bruja…―arremetió contra ella subiendo los primeros escalones con intención de perseguirá―. ¡Una pequeña bruja deslenguada!
Ruth se reía desde arriba cerca ya de la puerta de su dormitorio.
―¡Idiota!
La insistencia del timbre llenaba la casa mientras Mike desistió de ir en busca de la molesta mocosa y volver al vestíbulo para abrir. Asombrado y tras la puerta se encontró con la carita bonita de Jane Archer, la ex de su hermano, que sonreía habiendo escuchado la trapisonda entre su amiga Ruth y él.
―Hola… ¿Paul o Mike?
―Mike ―respondió indolente―. ¿Qué quieres? ―inquirió sin ocultar su molestia al verla.
―Nunca conseguiré distinguiros a la primera…―sonrió picarona sin hacer caso a la pregunta―. Después ya es otra cosa… cuando os oigo hablar… Paul es mucho más adorable que tú, por supuesto. Además Ruth no se atrevería a meterse con él como lo hace contigo… En el fondo tiene razón.
―Una pena… ¿Qué haces aquí? ―volvió a preguntarle secamente.
―Ya he oído a Ruth y sé que está en casa. Vengo a estudiar con ella. Tenemos una prueba de dicción el jueves. ¿Me permites? ―le dijo apartándole de su camino entrando en la casa.
―Sí, pasa, estás en tu casa ―la increpó molesto por el descaro de Jane―, Está en su cuarto. No te acompaño ya sabes donde es. Tú misma…, “encanto”.
―Gracias, Mike, eres un sol ―le piropeó subiendo.
 Michael cerró la puerta lanzando un suspiro profundo, presentía problemas con aquella chica allí.
―¿Y tu hermano? ―le preguntó Jane cuando hubo alcanzado el rellano.
―Está en el garaje liado con el coche. Lo va a gastar de tanto limpiarlo.
―Es su hobby.
―Sí… claro. Podría abrir la puerta cuando vienen a verle, para variar. Me he perdido media película, ¡mierda!
Michael la vio subir las escaleras con aquel estilo seductor que tenía al andar… Parecía realmente una actriz consumada, pensó. Pero saber que se interesaba de nuevo por su hermano Paul no le hizo demasiada gracia.
Jane subió hasta el descansillo de la primera planta y corrió de puntillas dejando atrás el dormitorio de Ruth hacia la escalera de servicio bajando por ella a toda prisa y corriendo hacia a la cocina por donde salió al patio. El garaje estaba allí.
Paul estaba poniendo a punto su Mini Cooper para su cita con Laura. Era sábado y por fin no llovía después de una semana diluviando.  Había decidido llevarla al Zoo de Regent’s Park, comer en cualquier sitio una hambueguesa y después al cine por la tarde.  Era un plan perfecto para una primera cita y estaba seguro de que a la chica le gustaría.
La voz de Jane llamándole le sorprendió tanto que al levantar la cabeza para cerciorarse se dio un golpe al sacarla del coche buscando a su ex. ¡Era verdad! Suspiró agitado sin podérselo creer. Después de casi dos meses y medio Jane estaba en su casa buscándole… No era una alucinación ni un ofuscamiento de su mente, que llevaba dándole vueltas a su ruptura con Jane todo el rato. Pensando en su situación toda la mañana y estaba seguro que aquella era la voz de la chica, no estaba imaginándosela, pues llegó a pensar que estaba tan obsesionado por ella que no podía deshacerse de la atracción que ejercía Jane sobre él y que podría ser una mala pasada de sus mente, pero no. Lo estaba escuchando. Un pesar descendió por su garganta hasta su estómago como si fuera de plomo, ¿Qué oportuna? Precisamente ahora… Sintió con un arrebato y la intención de esconderse para que no le viera, pero de repente pensó que si lo hacía y empezaba a salir con Laura, las oportunidades de recuperar a Jane se acabarían. Y no estaba muy seguro de querer eso... 

sábado, 9 de octubre de 2010

Una Erasmus para Laura - Capítulo 12


  


Las palabras se sucedían una tras otra a lo largo del papel donde Carmen Bernal copiaba los apuntes de su hermana a toda prisa. Tenían dos horas hasta la próxima clase: Análisis de Formas Arquitectónicas, y estaban en una cafetería llamada Costa Coffee en la esquina de Gower con Torrington Place.  Era un local italiano no muy lejano a las facultades, de hecho, muy cerca del hospital universitario. El sitio gozaba de mucha fama entre los alumnos porque se podía probar un café verdaderamente sabroso y rico en aromas, cosa que a Laura entusiasmaba, aunque también le gustaba el té, pero a esa hora de la mañana, un buen café con leche entonaba el cuerpo y despejaba la mente espantando el sueño, que tan mala pasada le había jugado precisamente a ella.  La cafetería ofrecía a sus clientes entre sus peculiaridades cafeteras también una selección bastante completa de libros que se podían hojear mientras se degustaban sus extractos e infusiones. Una idea que sorprendió a las hermanas favorablemente, pues mientras se tomaban su café y un buen tentempié, disfrutaban de una de sus aficiones: los libros.
Carmen seguía escribiendo a toda prisa, necesitaba los apuntes para la siguiente clase, pues por un resfriado pasajero no había asistido en dos días a las clases en la facultad, los mismos en que se dieron esas materias sobre formas arquitectónicas, importantes para el desarrollo de la clase del día.
Laura se tomaba un sándwich y hojeaba un ejemplar de Black Beauty de Anna Sewell. Siempre le había encantado aquella historia, desde niña le gustaban mucho los caballos.  Dejaba la mente volar y recordaba momentos de su vida aquí y allá en los que se sentía muy bien con ella misma. ¿Quién iba a decirle que iba a encontrar un ejemplar de BlacK Beauty en la cafetería?  Pero tenerlo entre sus manos le traía hasta olores de mar y playa en las calurosos tardes del mes de agosto en su añorada Málaga. Eran imágenes de su segura infancia y su feliz adolescencia… su familia, algunas vacaciones en Tenerife divertidísimas jugando con las nubes en La Caldera o escribiendo sus nombres con piedras en el Valle de Ucanca en las Cañadas del Teide… Mientras paseaba su mirada por los renglones de una de las páginas del libro su mente voló en un instante a desde su niñez hasta el momento de saber que estudiarían en Londres y seguidamente y acabó pensando en la salida al cine con John. No estaba muy segura si eso era lo que quería, pero era cierto que John se mostraba muy interesado por ella y no podía creerse todo lo que oía de otras compañeras hablar de él. Desde luego que si John Lane tenía aquellos defectos de sinvergüenza, fresco e insolente, ella no los había descubierto todavía. Extraordinariamente un revoloteo misterioso en su interior la sorprendió de repente cuando pensó en él, la lluvia, el paseo bajo el paraguas, el cine, sus besos… John era un chico muy guapo y atractivo y su interés la halagaba mucho, siempre había sido simpático y amable y Laura le había devuelto las mismas atenciones, pero ella sabía algo, que John ignoraba, y que le preocupaba porque no quería lastimar a nadie. Cuando pensaba que estaba ocultando lo que estaba pasando a Vicky Backwell, no se sentía muy bien consigo misma, pero tampoco podía hacer nada para desviar la atención del chico hacia Vicky. No quería herir sus sentimientos ni que creyese que ella había tomado ventaja de sus confidencias. Era sabedora de que Vicky estaba muy enamorada de aquel joven tan brillante y elocuente, pero no era culpable de que el joven no estuviera enamorado de Vicky.
 Carmen la miraba desde hacía un rato. A Laura se le había enfriado el café que ya no humeaba desde su taza y llevaba varios minutos sin pasar una hoja del libro absorta en sus pensamientos.
―¿Todo va bien? ―le preguntó mientras se disponía a sonarse la nariz, aunque lo odiaba, tenía que expulsar los restos de su congestión nasal. Laura levantó la cabeza y se quedó mirando a su hermana sin saber de qué le hablaba.
―¿Cómo dices?
―Llevas más de un cuarto de hora ahí, entre musarañas, con la mirada perdida y la cabeza Dios sabe dónde… ¿En qué piensas?
―…En todo lo que nos está sucediendo en tan poco tiempo.
La voz de John y los chicos entrando la hicieron levantar la cabeza de los libros y buscarles. Eran ellos. El grupo Lane al completo.
―¡Hola chicas! ―las saludó Ritchie alegre acercándose a la mesa donde las dos hermanas tomaban su almuerzo―. ¿Qué tal la mañana?
―¡Fabulosa! ―rezongó Carmen―. Me duele la mano de copiar.
―Supe que has estado enferma ―se interesó George―, ¿cómo sigues?
―Mejor, ¿no me ves? Pero gracias de cualquier manera.
―¿Te voy dictando? Así te será más fácil copiar.
Carmen levantó la cabeza y miró a George con una amplia sonrisa de aceptación, asintió con la cabeza y le extendió los papeles de los apuntes para que dictara.
―Por favor ―le dijo sin dejar de escribir. Vio a George mirándola con el rabillo del ojo mientras ordenaba los papeles y una bonita sonrisa de satisfacción―. Eres muy amable, George. ¿Lo sabes?
―¡No!  ¡Qué va! ―se ruborizó él rápidamente―. Soy normal. Entre compañeros tenemos que ayudarnos. Venga déjame ver. ¿Por dónde vas?...
Carmen le señaló el sitio y George le siguió dictando.
―Hola… ―saludó Paul en general, mirando a Laura con disimulado interés.
Ella al verle se le disparó el corazón. De nuevo en la cafetería con aquel chico maravilloso que hacía que sus sueños cobraran significado. Los ojos de ambos de miraron fijamente por unos segundos en  el que Laura esbozó una sonrisa tímida salida de sus labios y una huida presta de su mirada hacia la taza de café acabaron con todo el contacto. Se sentía completamente confundida en ese instante y no quería que se lo notasen en la cara. No comprendía sus reacciones a sus pensamientos acerca de John hacía un momento y ahora al ver aparecer a Paul se desmoronaba todo el romanticismo con que recordaba la tarde de su primera salida con el otro chico. ¿Sabría Paul de todo aquello? ¿Le haría contado John algo? Ellos eran muy buenos amigos, no resultaría extraño si hablaban de esos temas entre ambos. Pero, si él lo sabía o no, ¿qué más daba? Paul no se mostraba muy interesado por ella de cualquier forma.
Entonces el contacto de la mano de John en su hombro la distrajo de sus pensamientos. Inesperadamente se sobresaltó pues de nuevo había caído en la profundidad de su mente sin darse cuenta y volvía a plantearse sus sentimientos tan confusos...

miércoles, 6 de octubre de 2010

Una Erasmus para Laura - Capítulo 11


Un bostezo de George sacó a sus amigos del silencio. Estaban leyendo el plan de estudios que acababan de realizar, reunidos en casa de Paul.  Ya lo habían repasado un par de veces y estaban de lo más aburridos que se pueda estar. En aquella sala sólo había cosas que estimularan al estudio, por deseo del padre de Paul, ni siquiera una Play-Station, o un reproductor de cedés para poder escuchar un poco de música… Nada, absolutamente nada que incitara a distraer los sentidos de una manera lúdica. Paul llevaba pensando un buen rato en la Play-Station deseando echar una partida hasta que John llegase. Les había pedido que le esperasen, pues estaba acabando de reestructurar el plan y quería contar con el parecer de todos sobre el nueva organización del equipo, además de que les había dicho que no tardaría en llegar.
―¡Qué sueño, colegas! ―dijo George desperezándose―. Estoy de pie desde las 6:00 de la mañana y son casi las 7:00. En casa se cena a las 8:00, si John no viene pronto, me voy, porque también estoy hambriento y tengo ganas de meterme en el sobre pronto. Total, para lo que hacemos aquí…
―Eso tiene arreglo, tío ―indicó Paul―. Llama a casa y di que cenas aquí, pero estoy seguro de que John llegará tarde y al final nos comeremos unos sándwiches mientras escuchamos sus proyectos. Es muy típico de él.
―¡Qué aburrimiento! George tiene razón ―se quejó Ritchie―. Todo lo que pone aquí es lo mismo del año pasado, no sé qué interés puede tener John en esta reunión… Repartimos las asignaturas como en el curso anterior, la de Bob se la queda alguno de nosotros y ya está.
―Tienes razón ―asintió Paul―, pero John me comentó esta mañana que quiere hacer unos cambios en el grupo y que quería consultarlos con nosotros… Supongo que debe tratarse de eso.
―¿No pensará aumentarlo…?
―George… ¿y qué tendría eso de malo?
―No quiero verme mangoneado por chicas cuando se tratan cosas serias, como un aprobado. ¿Es que no me conoces, Paul? Las tías me distraen la mente.
―Pues Daphne Evans pertenece a nuestro grupo y nunca te ha distraído…
―¡Cómo iba a hacerlo! No se la levantaría ni a Igor[1].
Una carcajada sonó de repente al imaginarse al personaje y a su compañera Daphne juntos.
―Menos mal que no te oye ―rió Paul―, porque de ser así, hoy habría bronca por lo que has insinuado… Sin embargo, tienes razón ―rió con más fuerza―, la pobre nos es muy guapa que digamos… Pero es un miembro activo y eficaz del grupo de estudios y eso es lo que realmente importa. Para ligoteos ya tenemos el finde...  o cuando podamos.
―Yo no sería tan compasivo ―intervino Ritchie más incisivo― y diría que es feilla, pero tiene sus puntos. Lo cual supera a cualquier otra cosa... 
―Sí claro, como todas. A la muy desesperada le pones una careta de Britney Spears y te la tiras igual.
―¿Hablas en serio, George? ―inquirió Paul cerrando una revista Nature que había encontrado por allí y mirando la hora. Ese chiste ha sido digno de John, un poco… ¡Qué va! ¡Un mucho! Yo diría que es demasiado mordaz para ti. No puedes decirlo en serio, Georgie.
―¡No!  No lo decía en serio… Pero, ¿a qué os he asustado? Ya pensabais que estaba en un proceso de metamorfosis profundo... Convirtiéndome en crisálida como dice el cretino del profesor Howes. Si tanto le gustan los insectos debería haber estudiado entomología y habernos dejado tranquilos a los arquitectos. No para de compararnos con bichejos metamorfoseados... Todos los años dice el mismo discursito... de  las crisálidas... Es un aburrido.
Ritchie y Paul se quedaron mirándole muy serios sin comprender el humor de George. Él les devolvió la mirada sin comprender tampoco su seriedad.
―¿Qué pasa? ¿Qué he dicho?... Tíos…

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