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sábado, 28 de abril de 2012

La Perla de Qŭrṭuba. Capítulo 1

 
        La primavera cordobesa



     La piedra de la fachada se veía añosa y recubierta del oscuro y reseco liquen que ocultaba las molduras desgastadas del gallardo escudo de armas de los Medina. Aquel león de gules rampante que, con garras afiladas, acometía rugiendo dentro de un campo de oro, había estado coronado por un yelmo empenachado que completaba el relieve y que apenas se podría describir, pues estaba bastante desgastado con el mal de la piedra y por lo tanto necesitado de restauración pronta debido al paso de casi setecientos años de inclemencias, de tierra, de sol, polvo, humedad y lluvia y algún que otro movimiento sísmico que ayudó a descuadrarlo un poco y que, junto a todo lo demás, había  propiciado que en los intersticios  de la piedra crecieran aquellos líquenes que la ennegrecían, despojándola de su gallardía y de su natural belleza. Pero, aún así,  mirando a aquella hidalga reseña, se podía notar  que los Medina eran familia de notable tradición, además de proezas,  de antepasados que recogía la historia como notables y destacados desde que, allá por el siglo XIII, en los albores de la toma de Córdoba, un joven ganó esa fama y legó la alcurnia de tan hidalgo nombre a sus descendientes por sus méritos y empresas que, resultaron ser de renombre, conocidas junto a los de los más aguerridos caballeros que cruzaron espada contra el infiel.      
 Nadie sabía quién lo había colocado allí, pero lo cierto era que había permanecido sobre el dintel de aquella puerta por siglos, cuando un hermano del conde de Medina desposó a la hija de un militar de fama y se aposentaron en Córdoba donde sus descendientes fueron heredando la mansión generación tras otra. Aún causaba admiración a los viandantes que iban y venían por la Calle Postrera. Muchos de ellos turistas embrujados de la belleza que posee Córdoba. Unos, buscando la puerta de Sevilla para admirar la antigua muralla. Otros, buscando El Alcázar de los Reyes Cristianos para rendirse enamorados a la belleza de sus fuentes y sus jardines. Pero ninguno pasaba indiferente a la insignia, a la que dedicaban unos minutos de merecido descanso a la sombra de la fachada de la casa, para seguir después su camino en busca del siguiente punto a visitar en el día.
La casa, que de la original sólo se conservaba la hidalga puerta y alguno de sus anchos muros exteriores,  pues el interior había sufrido mil reformas desde que la construyeran, era muy bonita, aunque aún conservaba la distribución de una típica casa de dos pisos de la época califal, donde todo rodeaba a un patio, que, sin duda, era el eje central de la vivienda. Su aspecto, típicamente andaluz, era de blanca fachada encalada, vano, dintel y zócalo de piedra caliza vieja; puerta oscura de cuatro hojas de cuarterones de madera y ventanas enrejadas, con postigos, cargadas de geranios y gitanillas[1]  de mil colores y colganderas, como estaba llamado a ser en la primavera cordobesa. 
Pasando la puerta principal el frescor del zaguán daba la bienvenida. Su techo era una obra de arte, al que difícilmente se le podía negar un rápido vistazo, como mínimo, su artesonado, tallado a gubia y cincel, los que a lo largo de todas las vigas habían impuesto la belleza de armónicos trazos curvilíneos hechos sobre la madera por manos expertas. Y no menos eran sus llamativas ménsulas, donde se enroscaban, en concéntricos círculos, las volutas que las decoraban. Con el suelo  pasaba lo mismo; decorado con cantos rodados de distintos tonos de gris, colocados con primorosa paciencia, dibujando una estrella de ocho puntas que parecía hacerlo más reluciente y bajo la luz de dos hachones forjados, instalados  ya de luz eléctrica; todo se hacía a la vista muy cálido y evocador a los tiempos en los que sus primeros moradores disfrutaron de la prestancia de su acogedor hogar.
 La estancia era perfecta para recibir a los que, recién llegados, andaban de prisa apremiados por huir del calorcillo que ya se respiraba en la Sultana, y que les urgía a resguardarse del sol, que calentaba el ambiente de manera excesiva a esa hora del día cercana al meridiano. Para ser marzo, se podría decir que ‘el lorenzo’ picaba demasiado. En cuanto se percibía que el aire allí agradaba, casi acariciaba y parecía más respirable con el fresco ambiente de la pieza, librando rápidamente de la bochornosa canícula del mediodía, una sensación de placidez invadía a los recién llegados que invitaba a sentarse en el tresillo de madera de olivo tallado y asientos tejidos de cuerda a disfrutar de un refrigerio para acallar la sed. Era cuando la frescura acariciaba la cara y hacía que un suspiro relajado saliera de la boca, en señal de alivio, habiendo repuesto fuerzas para seguir el camino que guiaba  al interior de la vivienda. Atravesando la cancela de ornamental fraguado, que daba  paso al vestíbulo y después al gentil patio, centro de la vida de la casa, sobre todo en la época de estío; había más rejas engalanadas de flores por todas ellas y azulejos de trazos arabescos y altos muros blanqueados hasta el alero de madera, y una fuente en el centro, donde el agua retozaba rumorosa, con los chorros salidos de sus dos caños, en un plato de mármol blanco por él se derramaba en cascadas juguetonas que describían una melodía amansadora. Sentarse allí con los ojos cerrados, oyendo caer sin parar el agua traviesa, relajaba, destensaba los músculos, templaba los nervios y aliviaba hasta el dolor de cabeza que muchas veces el calor sofocante causaba de buena mañana. Pero al abrir los ojos se llenaban de arcoíris, se veían más macetas a rebosar de flores: claveles, clavellinas pensamientos, margaritas, calas, aspidistras, helechos y hortensias… y en dos enormes  tinajas en dos esquinas puestas, había un jazmín y una dama de noche, compitiendo en hermosura y fragancia, la misma que todos los rincones del la casa llenaban. ¡Que la primavera en Córdoba no se puede encubrir! Es imposible. Es un juego de armonía de colores, luz, olores y estética que se encuentra en sus patios, calles, paseos, jardines y plazas.  Imagino que desde que fue fundada…  de ahí la tradición y el modo de usar de esta belleza que proporcionan esa incomparable conjunción sistémica, cuando llega la primavera.     
El jardín colgante estaba bien dispuesto, en el suelo y el al pared. Situadas cada una en su justo orden bajo la cálida sombra de un toldo a medio correr que dejaba entrar la claridad, pero no la flama, que lo llenaba todo de esa agradable penumbra que calma la calina. Por las escaleras, que se divisan nada más entrar y que desembocan al variopinto patio, se sube al piso de arriba, al abrigo de una baranda de artístico fraguado, escalones de mármol  de matiz cúprico veteado y azulejos de trazos blancos con doradas estrellas de seis puntas e hileras bruñidas de entramado sefardí, que recordaban el pasado cultural de la zona donde se alza la vivienda.
La escalera desemboca en un largo pasillo que distribuye los dormitorios y un salón bien emplazado, que domina el patio desde sus balcones, llenos, como no podía ser de otra manera, de macetas cuajaditas de los que allí llaman pericones[2], éste lleva al otro extremo de la morada donde en una estancia abierta, una escalera de caracol se eleva hacia la azotea que es testigo espontáneo de tantas noches de luna llena en que la torre de la catedral ha coqueteado con el Guadalquivir. Una galana, firme y serena.  El otro serpenteante, con rumoroso y plácido cauce entre puentes y molinos. Allí, cerca de un palomar cuyas palomas no paraban de zurear arrullándose entre ellas, se encontraba Sara, disfrutando del sol y de la recién llegada primavera y de unos minutos de soledad recreándose en el buen tiempo que ha empezado, pues en la azotea había más flores repartidas en varias jardineras de piedra artificial tallada, que hacían juego con la balaustrada que por una parte daba al patio y, por ella, chorros de gitanillas se descolgaban en cascada, llegando a tocar las tejas de barro resecas, llenas de líquenes y algunos jaramagos, pero que no desdecían  de la armonía de color, pues con las finas flores juegaban a ser también protagonistas de esa eclosión del color que nacía en la primavera cordobesa.
Sara estaba allí dormitando bajos los tibios rayos del sol sobre una tumbona con su perro, que dormitaba también junto a ella.  Su carácter  moderno, divertido y desinhibido, pero también serio y sereno;  hacia de ella una joven llamativa,  demostrando siempre que sabía muy bien lo que quería y esto era: alcanzar una meta dorada que siempre había tenido en su cabeza. Ver salir a Medina Azahara devuelta de las entrañas de la tierra que desde siglos la cubrían. Era su reto, pero más que un reto, era un sueño irrealizable; pues para lo que habían recuperado desde 1910, arrancándolo de la sepultara en la que cayó después de la devastación a la que fue sometida por los bereberes; de la ciudad califal sólo había un pequeño porcentaje recuperado, pero ella sabía,  y de muy buena tinta, que el resto estaba esperando su momento y que ese momento llegaría sin que nada ni nadie lo pusiera retrasar. Sara soñaba con este proyecto y en el fondo de su corazón lo sentía palpitar como una realidad pronta a suceder.
Era la hija de Enrique Medina, concejal del ayuntamiento, su madre, Nieves Villarreal, se dedicada a la casa y a la pintura de una forma casi profesional, sus exposiciones se apreciaban en la ciudad y por toda Andalucía, pues sus temas eran siempre relativos a la tierra. Pues, igual que el resto de la familia, sentía una atracción, casi exagerada, por todo lo califal que en Córdoba hay y por los campos y campiñas cordobesas. Además de vivir volcada en sus dos hijos Sara y Manuel. Pero la niña, a sus veintidós años, era ya toda una mujercita que sabía desenvolverse por sí sola cada vez más. Sin embargo Manuel, al cabo de la adolescencia, era todavía bastante inmaduro, necesitaba aún de su cuidado y tutela.
No sólo a los ojos de su madre y de sus abuelas, sino  a los de todos los que la conocían, Sara era una belleza de la tierra, morena, de ojos agarenos y largas pestañas que sobre una faz de tono claro, de formas suaves y nariz recta, frente despejada donde albergaba una gran inteligencia, pero que también era soñadora y con facilidad daba rienda suelta a aquellos sueños del pasado califal de su Córdoba, que anida en su corazón la recuperación de tan insigne grandeza y hace suyos esos momentos que ha leído una y mil veces en toda clase de libros y en los cuentos de su abuela Teresa.  De sus carnosos labios  siempre  aparecía una sonrisa dulce y sincera. Su abuela Dolores diría que tiene porte de princesa, a lo que apostillaría su abuela Teresa: Que no lo parece, sino que lo es para ella. Sara estudiaba Arqueología y era una enamorada del pasado de su tierra. De una manera intensa el pasado califal, por el que siente verdadera fascinación y entusiasmo. Y fruto de esa admiración por esos tiempos era la forma con la que trabajaba llevándola a participar, muchas veces y de forma desinteresada, en las excavaciones de Medina Azahara, su gran pasión, el tema de la tesis que preparaba para fin de carrera. La historia de la Ciudad Califal que asombró al mundo en el siglo X.
 Hacía poco que el cartero acababa de soltar la correspondencia en el buzón que había en la puerta y ella, que estaba en casa, recogió las cartas y las puso sobre la mesa de olivo tallado que se encontraba  en el vestíbulo, descubriendo en ese instante una dirigida a ella. Al abrirla, no se lo podía creer. La leyó una, dos hasta tres veces para poder dar crédito a lo que sus ojos leían:

Universidad de Córdoba.
Departamento de Arqueología.
Patronato para la Recuperación y Reconstrucción de Madīnat al-Zahrā.

  
       Estimada señorita Medina:

Por recomendación directa del profesor J.J. Hidalgo, decano de esta facultad y director organizativo de la segunda exposición internacional “El esplendor de los Omeyas cordobeses”, que tendrá lugar en el emplazamiento de la ciudad califal de Medina Azahara entre los días 3 de mayo y 30 de septiembre del presente año, nos es grato ponernos en contacto con usted y comunicarle que ha sido elegida para formar parte de este comité organizativo. Por  lo que le ruego encarecidamente se ponga en contacto con este patronato,lo antes posible, para comenzar con los preparativos.
    Sin otro particular, esperando tener pronto noticias suyas.

        Attme.
Javier Infante.
        Subdirector.   

 Sara sonrió a leer el firmante, conocía a Javier Infante desde hacía tiempo, era un hombre despierto e inteligente que la deslumbraba con su sapiencia sobre todos los temas acerca de la ciudad palatina. Estaba contenta de que formara parte del equipo que se iba a encargar de aquello. Eso significaría un empujón positivo a su tesis, por lo que saltaba de alegría en el patio de su casa. No podía creer haber tenido tanta suerte. Ahora se preguntaba quienes serían sus compañeros y que cometidos debería desempeñar. Pero lo peor de todo era encontrarse sola en un momento tan crucial de su vida, sin nadie con quien compartirlo.  Papá y mamá estaban de viaje en Sevilla aquel día y una noticia de aquella envergadura tenía que decírsela a ellos personalmente, no por teléfono. Manuel estaba en el colegio y no volvería hasta las 3:00. Así que llamó a su abuela  Dolores por teléfono para contarle todo. Evidente era que la abuela se pusiera tan nerviosa como ella por la excitación que le causó la noticia. Estaba feliz por su nieta. Aunque no pudo evitar dejarse abatir por la pérdida que habían sufrido en la familia recientemente: El abuelo, a quien todos echaban mucho de menos.
La tristeza de su abuela Dolores apagó un poco la euforia de Sara, no porque no quisiera a su abuelo, sino que comprendía que su abuela y él habían vivido casi sesenta años juntos y tenía que sentirse muy mal sin él, pero su noticia nada tenía que ver con su abuelo, era otro tema y, sin embargo, Dolores siempre se las apañaba para acabar hablado de su esposo, Tomás, de una manera, como si Sara no le hubiese conocido y eso la sacaba de quicio después de un año.
Así que decidió subir a la azotea donde estaba su perro Terry, un precioso samoyedo de tres años que era el niño de sus ojos. Allí leyó a Terry la carta y le contó lo feliz que estaba.
 El perro ladraba juguetón mientras Sara se había sentado en una tumbona de resina blanca que había allí bajo la sombras del toldo extendido,  y se dejó arrullar por el zurear de las palomas y vencer por el calorcillo, de tal forma, que se sintió somnolienta y relajada. Lentamente un sueño repentino se fue apoderando de ella. El sueño la rindió y la hizo entrar en un plano de su mente donde la euforia y la felicidad permanecían en ebullición todavía por la noticia.  De repente comenzó a soñar:
«Volando en una alfombra mágica se vio llegar a una ciudad de ensueño que no le era desconocida. Al segundo siguiente, corría por sus calles estrechas y blancas, de algún lugar en su cabeza, vestida como la princesa Scheherazade (siempre había sido su disfraz favorito en las fiestas de cumpleaños cuando era niña).  Luz de fuego la iluminaba en su carrera. No sabía por qué corría tanto, parecía una huida, pero nadie la perseguía. Las personas que encontraba a su paso eran hombres altos, fornidos, de piel oscura, curtida por el sol, vestían armaduras y cascos, armados con alfanjes y puñales, agachaban su mirada al verla. Era como si les estuviera prohibido mirarla pero eso sólo desconcertaba a Sara, quien sentía necesitar la ayuda de alguien para salir de aquel laberinto de calles cubiertas por la oscuridad de la noche en un lugar desconocido de su mente. Sin saber de qué manera, de repente se vio en un salón; estaba rodeada de lujo, cortinajes de seda, alfombras de Damasco, almohadones brocados de finas hilaturas. Y en su mismo sueño, súbitamente, recordó que aquel lugar no le era extraño, que de alguna manera lo conocía y eso la tranquilizaba.
 Aquél era uno de los salones de los que se hacía relato en los cuentos de  su abuela, Teresa Medina. Una escritora de cuentos infantiles de temática califal, parecidos a los de Las mil y una noches.  Sara los había leído mil veces desde niña. No en vano eran sus favoritos. De ahí que soñar con ellos no le resultara extraño después de haberlo hecho tantas veces con los ojos abiertos, sin embargo, ahora todo parecía diferente, era demasiado real, como si verdaderamente no fuera sueño sino realidad.
Continuó adentrándose en la espléndida sala. Al fondo de ella, entre columnas de lujosa decoración, vio un escabel cubierto por ricas alfombras de factura oriental, más almohadones  y cojines de muchos colores vivos, pero de grácil delicadeza y armonía. Se le antojó que era un sitio especial, destinado a la realeza, como un trono, desde donde un poderoso rey ejercería su mandato. Y,  tan de repente como inesperado, un gran león, de larga y oscura melena con piel de color arena y muestras de extremada fortaleza, se sentó entre los almohadones y cojines y le rugió hasta asustarla, mostrando sus poderosas fauces y sus garras afiladas como hoces de labriegos, que siegan el trigo seco de un sólo embate.
Sara retrocedió escondiéndose tras una columna para no ser vista por la fiera. El león seguía rugiendo, no le cabía la menor duda de su fuerza, su poder y su disposición a defender lo que era suyo. En ese momento pensó que debió verla como una intrusa, pero ella no se sentía de esa manera.  Un miedo pavoroso la poseyó intuyendo que debía someterse si no quería ser devorada. Pero instantáneamente alrededor del felino aparecieron bufones reales que le distrajeron de sus verdaderas intenciones. Así el fiero león abandonó el estrado alfombrado y descendió hasta pisar el mármol pulimentado del suelo de la estancia en donde su piel se reflejaba como en un espejo, su imagen denotaba miedo y a la vez cercanía, pues era de una sin igual belleza, aquella fiera cuyo corazón Sara podía ver  fuerte, noble, guerrero, conquistador y a la vez cruel y despiadado, capaz de ensañarse con sus presas. Emprendió así su búsqueda hasta que la encontró. Pero, en vez de atacarle, el león la lamió cuidadosamente, casi con devoción amorosa, como si de su cría se tratase. Sara se sintió completamente sorprendida, sentía su corazón salírsele por la boca del miedo que estaba pasando. El león entonces le habló y le dijo: No temas. Eres la más blanca de mis palomas, la más insigne, la más bella…  La que por destino está designada a ser el espíritu de mi majestad, de la cual eres y serás testigo. No temas.
El león  rugió de nuevo, abrió sus fauces de donde un estruendo ensordecedor salió, revotó en las paredes y viajó al exterior, extendiéndose por doquier hasta los confines de sus dominios. Pero en ese instante una enorme serpiente salió de la boca del león y se enroscó en el cuello de Sara siseando al mostrar su lengua bífida y sus  viperinos incisivos repletos de ponzoña.  Ella  temía por su vida, sabía que la serpiente podía matarla, pero intentó luchar  quitándosela del cuello donde se había enroscado.  Inesperadamente el león partió a la serpiente en dos de un sólo zarpazo. Pero el veneno cayó de su boca al suelo formando un gran charco que creció y creció de tal manera, que se  extendió sin poder evitarlo hasta el exterior del salón, hasta las lindes de la ciudad, por todos los territorios del reino. De pronto las paredes crujieron, el suelo vibró,  los techos se desmoronaron,  la estancia se vino abajo, Sara salió corriendo hacia la salida, pero al no alcanzarla creyó sucumbir. En un instante menor que un nanosegundo estaba delante de una enorme escalinata. Alguien la tocó en el hombro, ella se volvió. Era una mujer bella que  le sonrió, aunque no podía ver bien su cara, ésta le transmitía seguridad y confianza. Bajaron las escaleras  que descendían a una especie de cripta por donde las dos mujeres  entraron. Luz de fuego, que no se sabía de donde salió, iluminó el recinto de un sótano para ellas.  Allí descubrieron un gran cofre  hecho de ébano y piedras preciosas. Pero estaba cerrado y Sara no tenía la llave, la tenía la misteriosa mujer que la acompañaba. Una luz prodigiosa salió de la cabeza de Sara en ese momento y se introdujo en el cofre por las rendijas de sus finas tablas tan afondo que hizo que el cofre refulgiera como si fuera una estrella y así lo iluminara todo.  Fue entonces cuando Sara vio al fondo a alguien  que le sonrió, de repente Sara descubrió que era su madre quien le sonreía y apartaba a la mujer de ella, porque en el fondo su madre sabía que la extraña no quería bien a  su hija, quería dañarla. La cara de la extraña mujer se enrojeció de rabia se tornó fea y la miró con vileza, diciéndole unas palabras que Sara  no iba a olvidar nunca:
―Recuerda mi nombre, Soy la bella Šīrāzād  como mi nombre indica: aquella que reina y domina ―le dijo la extraña de repente contemplándola con fiereza  y fuego en sus ojos―.  ¡Recuerda mi nombre! ―le exigió enérgicamente―: Šīrāzād, la única, la que reina y gobierna.
Sara se despertó en ese instante, sudosa, alterada y confusa…
“Šīrāzād” ―pensó―. “¿No era ése en nombre de algún personaje de los cuentos de su abuela?
La insistencia de aquella mujer del sueño le impactó sobradamente,  por lo que Sara se levantó bajando de inmediato a su dormitorio, buscó entre los libros de los estantes los cuentos de Medina Azahara, escritos por su abuela y al abrir unos de  los  libros, el nombre de Šīrāzād apareció entre las letras como si marcado estuviera, resaltándose entre todos la palabras de la página.  Se trataba de una concubina de extremada belleza, que era favorita de un sultán en Al-Ándalus,  la cual ostentaba un poder verdaderamente importante en el califa y  entre los habitantes del harén real.  El cuento se llamaba “La princesa prisionera”. Al  recordarlo se estremeció:
―Aquella que reina y domina ―repitió Sara en voz alta―. A parte del cuento,  ¿por qué todo aquello le resultaba conocido, como si a parte del sueño lo hubiera vivido de alguna manera?
Decidió ir a visitar a su abuela Teresa, que vivía en una bonita casa al lado del Horno del Cristo, en plena Judería. Enfrente del Museo Arqueológico, de ahí nació su interés por el paso de la historia en su tierra.  Tantas veces que había estado en casa de su abuela Teresa, con quien lo visitó en  infinidad de  ocasiones, hasta que sus tesoros  la hechizaron, de tal manera, que se hicieron de una importancia vital para Sara.  Por eso decidió estudiar Arqueología y dedicar todo el tiempo que pudiera a recuperar lo mejor que había habido en su Córdoba natal. Y que ahora yacía bajo tierra.



[1] Se conoce con este nombre a un tipo de geranio multicolor, colgante cuyas hojas y flores  caen en cascada  en los balcones andaluces.
[2] Se conoce popularmente en Córdoba como pericones  a un determinado cultivo de margaritas  de pétalos finos y alargados de color blanco cuyo tálamo o receptáculo  es generalmente amarillo habiéndolos de diferentes colores también. Tal vez  se les conoce de esta manera por la similitud con los abanicos de gran tamaño usados antiguamente por las mujeres.  
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martes, 24 de abril de 2012

Primera parte




Primera parte
    Siglo XXI
    El esplendor de los Omeyas andalusíes











"Cuando los reyes quieren que se hable en la posteridad de sus altos designios, ha de ser con la lengua de las edificaciones. ¿No ves cómo han permanecido las pirámides y a cuántos reyes los borraron las vicisitudes de los tiempos?" 

                                                                                                                   
           Abderramán III   (عبد الرحمن بن محمد  ) 






martes, 10 de abril de 2012

La Perla de Qŭrṭuba - Prefacio





 Te consagro un amor puro  sin mácula
En mis entrañas está visiblemente 
grabado y  escrito tu cariño.
Si en mi espíritu hubiese otra cosa que tú,
la arrancaría y desgarraría con mis propias manos.
No quiero de ti otra cosa que amor,
Fuera de él no pido nada…


                             
El collar de la Paloma

        Abu Muhammad Ali Ibn Hazn
                                                                       Córdoba 994 / Montijar 1064
   







            La leyenda     



   Cuenta la leyenda que en el Arroyo de los Nogales, que atraviesa el camino del mismo nombre y que va desde Medina Azahara hasta Córdoba, a lo largo de las almunias de Sierra Morena,  suele verse en las noches de luna llena la figura de una muchacha que, sentada cerca del puente, encuentran a los viandantes que lo franquean. Ella les ofrece agua de su cántaro para calmar la sed que le provoca la calina del estío o simplemente para que refresquen sus gaznates tras una larga cabalgada desde tierras lejanas en los confines de Al-Ándalus y, mientras calma la sed de los caminantes que tienen a bien hablar con la bella muchacha, ella les cuenta relatos de tiempos de esplendor olvidados por todos los que por allí pasan. Pues, entretanto descansan, la joven les relata una bonita historia sobre una bella ciudad, perdida por la ignominia del hombre,  que fue la Perla de Qŭrṭuba.
Edificada por manos  avezadas en el lugar de la Desposada, fue alzada con los materiales más preciados: mármoles, alabastros azulejos, piedras preciosas, oro, plata y maderas nobles. Les habla de su señor, Al-Nāṣir, el conquistador, quien mandó construir hermosos jardines plantando en ellos toda clase flores y plantas traídas desde los recónditos rincones del mundo. De que ordenó poblar éstos con hermosas aves exóticas  y jaulas con fieras traídas del corazón de África y dispuso que se propagasen diversidad de árboles de raros y originales frutos  desconocidos hasta ese entonces. Y el señor de la hermosa medina trajo la nieve a las laderas de la Sierra Morena, para que los ojos se su amada no derramasen más lagrimas de añoranza por las sierras de su natal Granada.
Y todo fue por amor…

¿Qué te atrae más de la novela y te hace disfrutar de ella? (puedes elegir más de una respuesta)

¿En que capítulo de la novela te enganchaste?

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