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viernes, 16 de marzo de 2012

La Perla de Qŭrṭuba (introducción histórica)


Algo más de historia sobre el califato…    y un poco de leyenda… 

     Una novela, aunque sea producto de una ficción absoluta, si se la viste con tintes de realidad, adquiere esos mismos tonos de certeza, haciendo que el lector se incline a sentirse parte de lo que lee, protagonista  o, al menos, espectador del relato. Por ese motivo pienso que un poco más de historia que nos centre en el momento en que la Perla de Qŭrṭuba va a tener lugar no vendrá nada mal.  



 Pues bien, como íbamos diciendo las bases principales para que Córdoba se convirtiera en un símbolo único en la historia nace en el momento en que se instaura el emirato cordobés. Había sido instituido éste en el año 756 por Abderramán I, el príncipe Omeya huido de Damasco tras el golpe de estado que derrocó a su familia del trono. Tal hecho, el de la llegada del príncipe a la España visigoda sucedió tras la conquista de la península por el sur en la Batalla de Guadalete (rí­o, próximo a la ciudad de Jerez (Cádiz), donde tuvo lugar en el año 711 y enfrentó al ejército del rey visigodo Don Rodrigo y a los musulmanes bereberes del Norte de África capitaneados por Tarik, lugarteniente del gobernador Muza...  Pero ésa es otra historia…



Abderramán III (891-961),  subió al trono en el año 912, en plena descomposición política del estado andalusí. Con extraordinaria energía y capacidad acabó con los diversos focos sublevados, imponiendo, tras muchos años, por vez primera, la autoridad y el orden en todo el país. En el 929, siendo emir de Córdoba hasta aquel momento, se proclamó Califa, llegando a la más alta dignidad política y religiosa del Islam, acabando así con la dependencia espiritual de Bagdad. Hecho explicable que se sustenta sobre las consideraciones de legitimidad dinástica, la razón principal de tal hecho recae sobre  la decadencia del Califato Abbasí y en la vecindad del Califato Fatimí, cuyas extensiones dominaban el Magreb y  desde Egipto amenazaba con extenderse hasta Al-Ándalus.
Abderramán III instauró de esta manera en la Península Ibérica, el Califato independiente de Córdoba. Éste perduró oficialmente hasta el año 1031, en que fue abolido tras una larga guerra civil (fitna), lo que dio lugar a la fragmentación del estado Omeya y su transformación en multitud de reinos, conocidos como Reinos de Taifas.
    Con el cambio de la situación institucional al convertirse Al-Ándalus en un califato, se exigió la adopción de una serie de medidas políticas, económicas, religiosas y hasta urbanísticas, entre las que estaba la construcción de una ciudad para albergar la nueva seña oficial del reino: la residencia del
califa y la sede de los órganos de dirección del nuevo Estado. Se eligió para ese núcleo urbano un emplazamiento al que se le llamó Medina Azahara  o “ciudad de Zahra” (Madinat-al-Zahra). Aunque, luego la cultura popular y los versos de algunos poetas árabes crearan la bella leyenda de que fue un homenaje a la favorita del califa, Azahara; a quien conoció fortuitamente en los jardines de los naranjos en la entrada de la Mezquita-Aljama mientras realizaba la abluciones antes de la oración. Tal era su belleza que ésta deslumbró al califa, quien la tomó como concubina, haciéndola centro de su corazón.
Tras arduas luchas  en las fronteras con los reinos cristianos, muchos moros fueron hechos prisioneros y Abderramán III reunió una gran suma de dinero para su rescate. Enviados sus embajadores con el mandato de liberar a todos los cautivos  tras el pago por su libertad, los enviados no encontraron a nadie con vida y regresaron devolviendo la fabulosa suma al su señor. El califa, conmovido por la suerte de sus soldados, entregó el montante de su rescate a Azahara para que lo empleara en obras de caridad. Pero ella sugirió a su señor Al-Nasir que debía emplearlo en la construcción de una ciudad palacio que fuera muestra de su magnanimidad y grandeza.
De origen granadino y, como he mencionado,  de nombre “Al-Zahra” (la  brillantísima); se cuenta que estaba acostumbrada a las blancas cumbres de Sierra de Elvira, las cuales añoraba tras ser llevada a vivir a Córdoba, donde sólo nieva en muy escasas ocasiones. Y por el inmenso amor que le profesó el califa, fue regalada con una imagen similar, ordenando el monarca sembrar la sierra cordobesa de almendros e higueras para que sus flores blanquearan a los ojos de la princesa en cada equinoccio la falda de la sierra cordobesa. Por lo que la eclosión de las flores le permitiría ver en primavera todo lleno de níveo color alrededor del nuevo núcleo urbano de la Ciudad Brillantísima. Lo cierto es que aún se encuentran entre la vegetación de la sin igual Sierra Morena algún que otro vestigio de realidad a esta leyenda. La vida de la brillantísima Azahara de Abderramán al-Nasir, no fue larga, y tras su desaparición, el califa hizo tallar una estatua de su amada para que fuera colocada en la entrada de su ciudad resplandeciente símbolo de bienvenida y del amor que le tuvo.
   Indudablemente, sea verdad o no esta hermosa historia de amor, cosa  por la que no vamos a entrar en discusión; los principales motivos de la construcción de tan magnífico proyecto fueron de índole político-ideológico-social.
    Las crónicas de la época cuentan la magnificencia y suntuosidad que engalanaron sus muros y el gasto que supuso la ciudad acorde a ser, como se ha dicho, el centro político, económico, administrativo, religioso y social de todo el poder árabe de Occidente. Se conocen las fabulosas inversiones que se gastaron en su construcción, así como la brillantez y lujo de los materiales que se utilizaron y que se trajeron de los más remotos lugares, igualmente las manos de los más expertos maestros artesanos venidos de los confines del orbe, hicieron posible el sueño de un califa que quiso deslumbrar al mundo con su poder y su boato.
Y Medina Azahara fue conocida en los límites de la tierra allá donde las embajadas llegaran con las misivas del califa Abderramán. Y Córdoba se convirtió en el centro  político, económico administrativo, social, religioso y cultural de Al-Ándalus, un reino poderoso que controlaba la mayoría de la península Ibérica. Por lo que fue admirada, deseada, envidiada, temida…  Lo que propició necesariamente que Medina Azahara sobreviviera poco tiempo, pues su destino no tuvo más remedio que ir unido al de los avatares del califato cordobés.
Con el devenir del tiempo, cuando Hixem II  fue nombrado califa  siendo aún un niño de sólo once años de edad,  un funcionario, que había venido de Algeciras a Córdoba a estudiar jurisprudencia y literatura y que había ido ascendiendo en la escala del poder, consiguió el nombramiento de mayordomo, lo que en el sistema político de los reinos cristianos llamábamos valido.  Abi Amir Muhammad, quien se conoce en la historia como Almanzor y cuyo nombre es una castellanización del calificativo árabe con que él mismo se rebautizó tras una de sus muchas victorias guerreras: "al-Mansur bi-Allah" (el victorioso de Dios)
  Almanzor es uno de esos personajes históricos que va unido a la grandeza del califato cordobés por varias razones. Impulsó la última reforma de la gran Mezquita Aljama y ha trascendido al terreno del mito al quedar su huella grabada de manera aciaga y desagradable por su dureza como guerrero, con lo que se ganó campaña tras campaña la admiración del pueblo andalusí. Es precisamente por estas incursiones de castigo y devastación por las que Almanzor es recordado históricamente, todas ellas victoriosas, destacando en las que destruyó ciudades, tan emblemáticas para los reinos cristianos hispanos como León (984), Barcelona (985) Santiago de Compostela (997) Pamplona (999) y San Millán de la Cogolla (1002).
De haber seguido existiendo un Califato fuerte como el de las décadas centrales del siglo X, los reinos cristianos hubieran visto muy difícil su expansión al sur. Sin embargo, con su pronta desaparición en 1031 y la formación de los pequeños Reinos de Taifas, los castigados reinos cristianos pudieron recuperarse y en muy poco tiempo convertirse en una amenaza real para Al-Ándalus, que se culminaría con la toma de la emblemática ciudad de Toledo en 1085.
Pero dando un  corto paso atrás para retomar el hecho de que Hixem II,   fue obligado a abdicar en 1009, fecha del comienzo de la Fitna (guerra civil) y, aunque restaurado en el trono en 1010, ya no hubo manera de mantener un poder central, con la aparición de líderes golpistas que se hacían nombrar califas y que, si acaso, sólo duraban en el poder dos o tres meses.
Fue en el contexto de esta situación, cuando una de las muchas revoluciones del momento, en este caso de bereberes ayudados por el rey Sancho de Castilla y encabezados por Suleiman, al que erigieron como califa, produjo el comienzo de la destrucción de Medina Azahara. 
 Tan arrasada quedó que llegó a perderse hasta el lugar exacto de su emplazamiento y el recuerdo de su nombre que quedó como “Córdoba, la vieja”.  
La caída de la que fue capital indiscutible de Al-Ándalus, tomada por los ejércitos del rey Fernando III el Santo en 1236,  fue más que un símbolo que marcó el fin de la hegemonía del califato cordobés; fue la contundente realidad del principio de la supresión del Islam como fuerza política de relevancia en la Península Ibérica hasta erradicarlo totalmente con la conquista de Granada  por los Reyes Católicos en 1492.  




domingo, 11 de marzo de 2012

Entrevistas. "Una Erasmus para Laura".

Aquí os dejo la primera entrevista que me han hecho  tras la publicación de mi novela 
Una Erasmus para Laura. 
Os dejo el enlace para que la disfrutéis tanto como lo he hecho yo.

jueves, 1 de marzo de 2012

La Perla de Qŭrṭuba


Sinopsis




La exposición internacional "El Esplendor de los Omeyas Cordobeses" que está a punto de ser inaugurada  en las excavaciones de la Ciudad Áulica de Medina Azahara en Córdoba, dan a Sara Medina Villarreal la oportunidad de formar parte del grupo organizador que la Universidad cordobesa patrocina. Ella, estudiante de Arqueología, trabaja en su proyecto fin de carrera que versará sobre la ciudad palatina que fue la joya de la España árabe de la Edad Media. Junto a Ismael Alcázar y un grupo de jóvenes compañeros de estudios esperan con impaciencia la llegada de todos los objetos y reliquias que se conservan repartidas por el mundo y que formaron parte de la increíble ciudad que fundó Abd-al-Ramhān III, por lo que viven intensamente todos los acontecimientos que se avecinan en la histórica Córdoba con motivo de tan importante muestra.
Sara Sara es una joven despierta y soñadora, una ferviente convencida en la realidad de que algún día la ciudad áulica de Medina Azahara volverá a ver el esplendor de sus tiempos de antaño. Sueños premonitorios le avisan de ello, un don que siempre tuvo desde niña y que ha heredado de su abuela, una conocida escritora de cuentos infantiles que versan sobre los tiempos  califales, a la manera de "Las mil y una noches" cuyas moralejas hacer crecer en la joven unas inquietudes que no dejan de darle vueltas en la cabeza. Siempre había tenido esa de clase avisos, aunque por su juventud no los comprendía. Uno de ellos le habla de que ciertos peligros se ciñen sobre su amigo Ismael y sobre ella misma relacionados con los misterios que encierra la ciudad de Abd-al-Ramhān III, pues Sara nunca había prestado mucha credibilidad a una teoría que su profesor, José Hidalgo, promulgaba desde hace tiempo sobre la existencia de un tesoro entre las murallas de la ciudad palatina “El Tesoro de al-Zahrā” Sara piensa que no son sino elucubraciones de un viejo arqueólogo que sueña con la gloria antes de la jubilación y que carecen de fundamento lógico.
Sin embargo, la aparición de un muchacho en medio del asunto que viene a visitar a su hermano Marwan, estudiante de Arqueología y compañero de Sara y los hechos que la joven presencia de una manera fortuita entre uno de los dignatarios representantes de los países árabes de Oriente Medio: Abū ʿĪsā Aḥmad ibn al-Munajjim y Abdeselam Sadik Mohamed y su comitiva, hacen que Sara sospeche que el viejo profesor no anda tan descaminado y que las intenciones secretas de los visitantes no sean otra cosa que apropiarse del tesoro perdido en la noche de los tiempos en la ciudad en sí, que compone un misterio para los mismos arqueólogos.
Sarah e Ismael tendrán que evitar que Mohamed se salga con la suya y consiga el misterioso tesoro para completar el sentido de una antigua profecía de los califas Abbasíes, quienes asesinaron a los Omeyas para derrocarlos del poder.
Misteriosas fuerzas  permitirán que Sara e Ismael  tengan la oportunidad de vivir en propia piel la ocasión de luchar por lo que  aman y  de esta manera vivan la aventura más formidable de sus vidas. Entretanto, conocerán a muchos que les ayudarán a conseguirlo, pero también encontraran a su paso detractores y enemigos acérrimos que ocasionarán demasiados problemas para tratar de salvar “El tesoro de  al-Zahrā".





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¿En que capítulo de la novela te enganchaste?

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