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lunes, 8 de julio de 2013

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                  El próximo jueves 11 de julio a las 19:30  horas, será presentada en la librería  Beta Imperial la antología Ediciones Atlantis "Andalucía, Golpe a la Corrupción". situ, calle Sierpes 25, Sevilla. 



        Con motivo de las publicaciones temáticas recopiladas en una antología donde participamos varios autores,  ya publicados, que mi editor hace cada año. Al igual que el año pasado participé con mi relato "Una luz en la oscuridad" exponiendo el tema de la crisis que reflejé en las propias crisis personales de su protagonista. Este año, en el que el tema candente es la corrupción, yo, volviendo a retarme a  mi misma y estando cansada de la vulgaridad que oímos todos los días en los informativos de como os roban, nos engañan y nos manejan..., he querido romper de nuevo una lanza por la originalidad y hablar de la corrupción más atroz que existe: La guerra . Ésta y sus consecuencias, donde la violación de todos los derechos humanos, la venta de armas, las vejaciones a prisioneros, la venta de blancas, la prostitución  el asesinato etc... están plasmados en mi relato "Irina".



                 

  En el título Irina (Paz) está resumido lo que la corrupción de la guerra vulnera. Ella es una jovencita de poco menos de doce años, que vive en Croacia y experimenta la brutalidad violenta de los soldados que asedian y arrasan su pueblo, que matan a su familia,  que la violan y, al final, la hacen prisionera para venderla  a unos tratantes de blancas que la traen desde los países balcánicos a un prostíbulo de carretera en la costa catalana. Irina es una luchadora que no se rinde ante toda la adversidad que la vida le tenía preparada, pero a pesar de su fuerte determinación, tiene que pagar un alto precio no sólo por la libertad de su cuerpo, sino la más complicada, la de su alma.

                      Os dejo un fragmento, espero que os guste.

                     
                      IRINA

Llueve. El sonido de la lluvia me pone triste  y, aunque han pasado muchos años e intento sentirme segura en mi presente, la lluvia siempre me trae recuerdos que no quiero revivir. Sin embargo, a medida que escucho sus gotas golpear sobre el suelo, una tras otra, de esa manera resonante, incansable, reiterativa; me sobrecojo interiormente porque la lluvia me arrastra a un viaje de vuelta al pasado que no me gusta realizar. Me devuelve mi a inocencia, lava mis pecados y resucita mi pureza… Me hace volver a sentir algo que fui y que odio haber sido, porque por ser así fui débil y limitada. Y no puedo permitirme serlo de nuevo, sintiéndome a merced de los demás. Por nada del mundo esos sentimientos se pueden adueñar de mí. ¡Me niego! El agua sólo debe servir para lavar mis heridas; pero están demasiado cicatrizadas, demasiado curtidas; tanto, que es imposible borrar los motivos que las causaron: la pobreza, el dolor, la soledad, la injusticia, la ignorancia… Todos esos monstruos que vuelven a aparecer, como fantasmas del pasado, y me acechan en las sombras cada vez que empieza a llover. Toman cuerpo con forma humana, me observan, se acercan a mí, quieren atraparme; y entonces necesito huir. Deseo desaparecer, desvanecerme como humo, como lo deseé siempre que fui víctima de ellos.  Pienso en la Muerte como única salida, la amiga bondadosa que viene a liberarme. Aunque cuanto más pienso en Ella, más me asusta y atemoriza; no la veo como tal amiga, nunca fue así; no la siento liberadora. Pienso que me atrapará entre sus lóbregos brazos y que viviría apresada en una rueda incansable que convertiría mis fantasmas en un sufrimiento sin fin, una eternidad sin escapatoria… Esa sensación es la que me ha hecho desistir de tomar  ese tren para seguir aferrada a esta existencia anodina que me ha tocado por suerte. Así que decidí andar el penoso e intrincado camino que he recorrido en estos años y que me ha convertido en un personaje cerrado, áspero y, sobre todo, recio. Porque si algo he aprendido en esta vida es que el mundo es de los fuertes. Y sólo te puedes sentir fuerte bajo una coraza hermética  y rígida como la que he construido en el interior de mi ser. Aunque soy consciente de que algo tan simple como el agua se cuela por los minúsculos resquicios y derrumba mi armadura, aunque sea por un instante. Esté donde esté, da lo mismo, siempre pasa…
Sentada en un escalón en medio de una calle sin nombre, situada en cualquier lado, rodeada de gente de ninguna parte, no puedo evitar que el recorrido comience de nuevo. Las gotas han empezado a resbalar por mi cara. Llueve y, a cada instante, con más ganas pero realmente la lluvia no es sino las lágrimas que mi corazón aún derrama por mí misma.  El chaparrón está arreciando y me pongo chorreando, pero no me importa, pues a pesar de que en mi interior repito una y mil veces: Que pare, que pare... No puedo evitar oír de nuevo mi voz convertida en el eco lejano de una voz infantil que repetía esas mismas palabras cada vez que el estrépito de la guerra sonaba a mi alrededor: «Que pare, que pare…»
       Mis ojos se cierran y, como una visión espectral, el fantasma de la
  guerra invade mi mente y vuelve a mostrarme su cara más cruel.
 ¿Cuándo parará? ¿Cuándo dejará de martillearme con su brutal recuerdo, 
  restregándome una y otra vez los años de juventud perdida, y aquel 
 perenne instante en que mi inocencia me fue arrebatada? Retumba 
 en mis oídos el ruido de las armas; el silbido de los proyectiles; el clamor de 
 los combates, el miedo... Vuelvo a sentir el mismo miedo que, como una
 neblina imparable, ciega la razón, invade la comarca; se adueña de los 
  corazones, se hace fuerte en los débiles…

viernes, 18 de enero de 2013

La Perla de Qŭrṭuba - Capítulo 11



 Muamar  (otoño de 2011)

 —…¡Debemos combatirlos, vencerlos, someterlos! —exponía con contundente vehemencia, a modo de una arenga militar, Said Abdul Hamil, el francés, a sus alumnos que permanecían sentados sobre una gran alfombra persa en medio de la sala donde se encontraban—. Es la misión más sagrada de un buen musulmán; hacer que la religión del Dios único se extienda por todo el planeta y subyugar a los infieles de una manera rotunda e inequívoca. La recompensa es grande, pues nuestra vida aquí es efímera y mísera; estamos de paso sólo para ganar el Paraíso y sólo siendo mártires por Allāh lo obtendremos instantáneamente.
Cuando Hamil se calló un silencio pesado poseyó el ambiente. Los muchachos que le escuchaban, le miraban con admiración. Había pronunciado todo su discurso de una forma acalorada, categórica y casi hipnótica, dotada de una energía envolvente que abdujo las mentes de todos los chicos, sacándolos de la realidad que les rodeaba.





  

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