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Que las hadas y musas elijan un capítulo para ti. Con suerte te quedas a compartir esta aventura.


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viernes, 31 de diciembre de 2010

Una Erasmus para Laura - Capítulo 27


John caminaba por el césped del campo de juego universitario, iba de mal humor y con ganas de patear el culo de alguien, pues el entrenador se había enfadado con él por su lentitud y su falta de concentración en el juego y le había sustituido por otro compañero. Sudoroso y sangrando por un labio a causa un golpe recibido en la última melee del partido que estaban jugando entre el equipo de UCL y el de la Universidad de Westminster.  Caminó con lentitud, sin prisas, mostrando su enfado por la decisión del árbitro y manifestando que le importaba un pito la demora en el tiempo del partido, si por él era Volvió dos veces la cabeza hacia el resto de jugadores,  Rodney  estaba lanzándole todavía improperios y John le hizo la peseta, primero con una mano mientras continuaba andando y como seguía oyéndole maldecir a costa de su entrada, que le había dejado sin respiración, se limpió la sangre del labio con el dorso de la mano y le hizo la peseta de nuevo con la otra,  escupiendo saliva y sangre de la parte interna del labio. Llegó al banquillo donde los sanitarios le cortaron la pequeña hemorragia. George se acercó a él y se sentó a su lado.
―¿Qué ha pasado? ―le preguntó al verle sentarse tan pesadamente como si estuviera cansado por años.
―Ese cabrón de Rodney Latimer… Me ha partido el labio de un codazo… ¡El muy capullo!
―¿Y por qué te expulsan a ti en vez de a él?
―Y yo qué sé; el árbitro dice que hoy no rindo y que sólo monto la bronca  entre los jugadores. ¡Y mira Paul! Estuvo con nosotros hasta que devolvimos a las chicas a su residencia y ahí está, tan pancho… Parece que ha dormido toda la noche a pata suelta y que no bebió nada más que agua, cuando sabes que él no es precisamente abstemio… ¡Y está en forma el muy hijoputa! ¡No te jode! 
―Es que el amor da fuerzas para eso y para más… ―anotó George mirando la carrera que su amigo Paul estaba haciendo balón en mano―. Y se ve a la legua que entre él y Laura hay algo, tío, además muy fuerte… ―George se calló un momento mientras seguí la carrera de su amigo―. ¡Marcó, John! ¡Marcó! ―gritó al ver la pelota pasar entre los dos palos después de que Paul le diera una gran patada desde su posición―. Ha marcado un tanto para UCL ―aplaudió entusiasmado poniéndose de pie―. ¿No te alegras John? ¡Pero tío!...  ¿Tienes toffee de manzana en las venas?
―Pero si me muero de la emoción… ―comentó sin énfasis dejando claro que le daba igual.
George le miró desconcertado. John siempre derrochaba entusiasmo cuando su equipo marcaba. Una vez se reanudó el encuentro  George se sentó de nuevo, se quedó mirándole extrañado por su actitud, Era evidente que le pasaba algo a su amigo y algo que le estaba fastidiando muchísimo. No era normal que ante un tanto como el que había marcado Paul  para su universidad él se quedara impasible de aquella manera mostrando, además, enojo por haber sido Paul su artífice.
―¿De qué hablábamos? ―le preguntó John secándose de nuevo la comisura de los labios, había empezado a sangrarle de nuevo.
―¡Del maravilloso tanto de Paul! —exclamó George aplaudiendo con toda la fuerza de sus manos hasta ponerlas rojas, pero no por eso dejaba de golpeárselas con entusiasmo—. ¿Nos has visto? ¡Una obra de arte!  —chifló con dos dedos dentro de su boca varias veces.
―No, no era eso… ―pensó un momento John queriendo retomar el hilo de la conversación―, Era de lo fresco que anda Paul después de lo que bebimos anoche…
―No bebería tanto. La carrera que acaba de hacer no es precisamente de andar con resaca ―se rió George ante la obviedad de sus palabras―. Paul se embriagó de otra cosa anoche en tu casita nueva. Johnny… ―volvió a reírse con picardía―. Esa chica, Laura, está como un “yogurcín” y es para volverse loco.
―¿Me lo dices o me lo cuentas? ―suspiró John enfadado apretando el mentón―. ¡Maldita sea! ―gruñó al morderse él mismo la herida del encontronazo con Rodney Latimer―. ¡Maldito gilipollas! ―se dolió llevándose la mano a la boca...

viernes, 24 de diciembre de 2010

Una Erasmus para Laura - Capítulo 26



Diez minutos más tardó Mike en acudir al cuarto de baño, Laura estaba verdaderamente encantada y no se separaba de él ni un instante, tanto era así, que ella misma ocasionó un momento de tensión no apto para cardiacos que el joven sobrellevó sin perder la compostura, pero fue uno de esos momentos que Mike recordaría toda su vida por dos motivos: por lo bien que guardó las apariencias y por desear más que nunca linchar a Paul. Jane se acercó a él para que le ayudara a sacar a Paul del baño, le tomó de la mano para conducirle hasta el lugar donde se había atrincherado y al darse la vuela se dio de bruces con Laura que llevaba dos vasos de ron con cola para Mike (Paul) y ella.
―¡Oh! ―dijo al ver que con el inesperado choque se vertió un poco del líquido en el vestido de Jane―. ¡Disculpa!
―No importa, bonita… no importa ―le quitó Jane  trascendencia al asunto sin querer pararse más de la cuenta, ya que pensaba sólo en sacar a Paul del baño―. Esto pasa en todas las fiestas. No te preocupes que el modelito, es de Zara, por supuesto, el de Oxford Street, pero de rebajas… Puedo prescindir de él, no me causará  especialmente dolor de cabeza.
―¡Ah! Te gusta la moda española.
―¿Moda española? ¿Zara es español?
―Sí, ¿no lo sabías? ―Jane negó con el gesto―. Pues sí, español completamente.
―¿Tú también? ―inquirió fijándose sin querer parecer grosera. Tu acento es muy bueno… pero tiene cierto deje
―Sí, ¿por qué?
―No sabría decirte de qué manera lo noto. Tienes cierto acento, pero hablas muy bien ―dijo como un cumplido, pero en el fondo le daba igual―. Lo haces casi como uno de nosotros… Vamos, que se te nota muy poco… quiero decir.
―Gracias…, sé lo que me quieres decir. Mi abuela materna es inglesa, de Bristol. Emily Newell.  Ella y mamá se encargaron de que lo habláramos bien.
―Mmm… Tienes algo se sangre británica en tus venas ―asintió mirándola de arriba abajo, habiéndole captado su atención―. Interesante.
―Si quieres verlo de esa manera, pues sí ―le sonrió Laura intentando ser amable. Jane le estaba resultando un poco pedante―. Un veinticinco por ciento de mi sangre es británica.
 ―¡Ahora debo irme! ―cambió bruscamente de tema mostrando sin cortedad que le daba igual  lo que hablaban―. Si me disculpas…
―…¡Si lo deseas, puedes llevar el vestido a la lavandería y pasarme la factura! ―ofreció Laura en señal de entendimiento y buena voluntad.
 El vestido, aunque fuera de rebajas, como decía tan indolentemente Jane, era una preciosidad y aunque para Jane había resultado un incidente sin importancia, Laura sabía que lo había manchado con Coca-cola―. La abonaré con gusto.
―¿La factura?
―Sí.
―¿Qué factura? ―repitió sin haberse enterado de nada.
―La de la limpieza de tu vestido. Te lo he manchado con mi Coca-Cola. ¿Recuerdas?
―Sí, sí, bonita… ¡No importa! ―le sonrió alejándose de Laura―. De verdad, no importa. ¡Vamos! ―increpó a Mike―. Tienes que ayudarme con tu hermano.
―Disculpa, Laura, vuelvo enseguida. ―le sonrió Mike ofuscado por el momento en el que contuvo la respiración todo el rato, rogando porque el nombre de Paul no saliera a la palestra...

domingo, 19 de diciembre de 2010

Una Erasmus para Laura - Capítulo 25


La fiesta en el apartamento de John estaba empezando a entrar en su momento más definitivo, de hecho ya todos habían tomado el suficiente alcohol para que se empezaran a manifestar sus efectos. Las parejitas estaban bailando los temas que sonaban en el equipo de John por cortesía de Bob-DJ-dedos de goma, quien había estado cambiando discos toda la noche, mientras sus amigos le habían suministrado bebida y algo para picar y algunas chicas le hacían arrumacos por los rincones en penumbra entre tema y tema y otras, sin duda, habrían buscado otras habitaciones para enrollarse de una manera más intensa. Pero Bob era un coleguita enrollado y permanecía al pie del cañón por ser el cumple de su amigo. John seguía igual de taciturno, parecía que sin las chicas no podía celebrar a gusto su cumpleaños, pero ya se había bebido su tercer vodka con limón y parecía que las penas eran menos, aunque aún no estaba piripi en absoluto. Jenny Nolan, una amiga del grupo, se acercó a él con intenciones de comenzar algo que acabara donde John, precisamente no quería acabar; no por castidad, eso estaba claro, sino porque no se podía quitar a Laura de la cabeza y no veía muy legal estar con una chica y pensar en otra... Aunque la Nolan estaba para dame pan y moja.
―¿No lo pasas bien, Johnny? ―le preguntó Jenny coqueteando descaradamente.
―Sí, por supuesto, es mi fiesta… ―le dijo él sin mucho entusiasmo aunque sus ojos no se podan aparatar de su enorme escote.
―Pues, para ser tu cumpleaños, estás aquí muy solo, No te he visto bailar con nadie.
―No…, hoy no me apetece.
―¿Bailas, entonces? La música invita. ―le insinuó sin hacer caso a lo que le decía.
Bob-DJ-Dedos de goma había pinchado:  What goes around… Comes around de Justin Timberlake. Jenny tomó a John de la mano y lo sacó del vestíbulo donde se había sentado en uno de los taburetes de la cocina para poder abrir la puerta cuando llamaban.
―Ven, Johnny… La música invita… No vas a pasar la noche de tu cumple haciendo de portero…―le susurró cerca del oído de una manera que a John le estaba poniendo nervioso―. ¡Qué abran otros!
―El timbre me pone, nena ―bromeó guasón...

domingo, 12 de diciembre de 2010

Una Erasmus para Laura - Capítulo 24

La fiesta de John acababa de empezar, había reunido a todos sus amigos en el flamante apartamento que su padre le había regalado en uno de los áticos del 93 de King’s Cross Road. Diseñado el edificio en The Square Group y construido por la empresa que ellos habían contratado recientemente, el apartamento era el regalo perfecto que Alfred y Julia Lane deseaban regalar a su hijo John, su orgullo, el reducto más importante de encanto para ellos dos como padres. Al ser de nueva construcción, gozaba de todas las comodidades de los pisos modernos, además de una terraza desde donde se veía la calle. Allí iban llegando sus amigos y se disponían a pasar una gran noche para celebrar su cumpleaños. Sobre una mesa del salón había de todo: whisky, ron, vodka, tequila, ginebra, vino… patatas chips, palomitas, Chetos, Doritos… y, por supuesto, los tarritos de salsa de guacamole y de queso para mojarlos. El frigorífico estaba atestado de cervezas, seven-up, coca-cola, naranja y limón, además de ocho bolsas de cubitos de hielo para los combinados, pues no guardaba otra cosa en el congelador.
Sentado en un taburete de la cocina cerca de la puerta no dejaba de abrirla cada vez que sonaba el timbre. Harry, Peter y Mary-Lou; los hermanos de George fueron puntuales. Mary-Lou y su marido Tom habían podido dejar a los niños con la abuela Mary-Louise y poder tener un ratito de descanso celebrando el cumpleaños de uno de sus mejores amigos. Harry venía acompañado también de su novia Tessa, una chica escocesa con el cabello encrespado de color rubio arena y unas coletas a ambos lados con lazos rojos, de piel pecosa y blanquecina pero de unas facciones simpáticas donde unos grandes ojos azules aparecían encima de una sonrisa abundante y sincera. Eso le daba cierto parecido a las muñecas [1]Cabbage-patch-kids y aportaba a su físico un atractivo especial.
Después de saludar a sus hermanos George se fue a hacerle compañía a John que se veía muy taciturno, algo completamente fuera de la normalidad. El temperamento de John era explosivo y la diversión su hobby. George no comprendía qué hacía allí sentado cabizbajo y pensativo…, aunque intuía por donde podían ir os tiros.
―Cualquiera diría que eres el cumpleañero, tío. ¡Alegra esa cara que no se acaba el mundo!
―La tuya no es una feria precisamente ―le dijo John mirándole―. ¿Te has mirado en un espejo?
―¿En un espejo?  ―preguntó rodeándose en busca de uno―. ¿Dónde hay uno? No has puesto un maldito espejo en este antro.
―¿Te crees que lo he decorado yo? Pues vas listo, tío. Han sido mi mami, sus amigas y mis hermanas.
―Bueno, aunque está claro que se han vuelto locas en IKEA, podrían haberte puesto un espejo en esta entrada. ¡Vamos, es lo normal!
―Si quieres mirarte en un espejo, en serio, en el baño hay uno a lo bestia. Ha debido creer que con ese me sobraba y lo han comprado talla XL.
―No vamos a criticar a nuestras familias.   ―continuó George con la broma―. Pero lo que más me gusta del baño es la bañera hidromasaje. ¡Es gansa! Todo tiene su lógica y tu madre y hermanas lo han hecho con muy buen corazón. Ellas te quieren… En el espejo puedes ver todo… incluso desde la bañera… Ya me entiendes.
―Sí, ya había pensado en eso. Pero seguro que ese espejo es tan grande para que mi hermana Jackie mire su enorme pavo…
―Querrás decir avestruz, ¿no? Porque lo que Jackie tiene es una enorme avestruz.
―No…, el avestruz es de Julie. ¡Pobrecita! Ya mismo se tiene que salir del dormitorio para meter a su mascota…
George se echó a reír…
―Esa es la ventaja de ser el más pequeño… ―manifestó satisfecho―. ¡Todo el mundo me adora!
―Hasta yo te adoro… pequeñajo… ―concluyó John frotándole los nudillos de su mano en la cabeza.
Ritchie se unió al grupo. Su gesto era serio y no parecía tener muchas ganas de plática.
―¿También estás jodido, tío? ―le preguntó George fingiendo desolación.
―¡Mucho! Me he acostumbrado a ver a Lourdes todos los días, que los fines de semana, si no la veo, me siento raro. Esa chica se me está colando dentro… muy dentro… Está tan loca.
―Más o menos como tú, tronco… ―le dijo John―. Será por eso que sois valores entendidos. Pero es cierto que su cara engancha…
―Pues tú no te ves muy feliz que digamos, No disimulas que te va fatal cumplir años. Aunque tus viejos se lo han currado… Menuda choza te han regalado, bro[2], Yo, nada más que por eso, estaría dando saltos de alegría… Un chamizo como este tan cerquita de la “fácul”… Menudas juergas me correría yo aquí. Tus viejos se portan…
  

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Una Erasmus para Laura - Capítulo 23

El sol acompañaba para tomarlo sentada en el césped cerca de algunos de los gruesos troncos de los eucaliptos que había en el jardín de la residencia. Después de arreglar y colocar su ropa, que a primera hora de la mañana el servicio de lavandería repartió por todas las plantas, Laura decidió que leer los libros que Paul le había dejado, sería una gran idea. Bajó hasta la calle y buscó un buen lugar. Era el primer sábado de “castigo” y quería simplemente olvidar lo sucedido y tras una dura semana en la facultad, relajarse aquella soleada mañana leyendo los libros de Vitruvio. Los diez libros de la arquitectura. Se sentó en la parte trasera donde estaba más resguardada de los ruidos de la calle, aunque no había muchos, pero los coches pasaban de vez en cuando, así que prefirió retirarse a la trasera del edificio y allí abandonarse a la lectura. Abrió el primer libro. Y el primer capítulo decía: “De la colocación de los edificios en orden a las condiciones de los parajes…” pasó a otra página y leyó: “…Pero yo, César, jamás pensé amontonar riquezas con ésta mi arte, pues siempre fui de opinión, que la pobreza con honra debe preferirse a las riquezas con infamia. Ésta es la causa de ser poco conocido. Pero ahora, con estos escritos, podré serlo, aún de la posteridad…
Laura pensó en el viejo Vitruvio, sonrió ante la idea que todos los artistas anhelan la posteridad y descubrió que en su interior también deseaba que sus obras fueran reconocidas admiradas con el paso de los tiempos. Tomó el segundo libro y lo hojeó de igual manera, pero de repente algo salió despedido de una de sus páginas que voló a un trecho de Laura, que se tuvo que levantar para alcanzarlo. Al observar el papel vio que era la fotografía de una mujer de unos treinta y tantos o cuarenta años, al menos eso era lo que parecía… Era muy llamativa, de facciones finas, rubia, de ojos azules y piel blanca. Elegantemente vestida, lucía joyas caras y su ropa era de marca.  Miró por detrás y había unas palabras escritas con excelente caligrafía hechas con tinta de pluma estilográfica. Decía:
Sep./14th/2008 /
Nadie como tú en mi vida. Nada como tu amor.
Te quiero. Lydia.
Inmediatamente Laura pensó que debía tratarse de una foto de la madre de Paul tomada algunos años atrás, pues no podía ser tan joven como aquella imagen mostraba para tener tres hijos en edad universitaria. Sonrió mirándola de nuevo, la mujer de la foto era elegante y enigmática, le sonaba su cara; de repente se dio cuenta de eso. Pero no recordaba de donde. Además se dijo que cómo le iba a sonar la cara de la madre de su amigo… Como no hubiese tropezado con ella por alguna calle de su Málaga natal, en el Museo Picasso o en alguna de las maravillosas playas de la Costa del Sol. ¿De dónde?  ¡Absurdo! Aquella impresión debería ser una confusión, de eso estaba segura. Observó sus ojos, había algo en la mirada de la mujer que hacía desear conocerla, se podría decir que era afable y afectuosa.  Sin embargo, no existía ningún parecido físico con Paul y, como él mismo le había dicho, su hermano Mike y él se parecían a papá. A Laura no le extrañó por eso mismo, porque, de aquella mujer, Paul no tenía ningún sólo rasgo.
El sonido de su teléfono móvil la sacó de sus pensamientos, miró el número en la pantalla, era John. Le pareció oportuna su llamada, llegaba como una ráfaga de aliento para fortalecer sus ánimos para enfrentar la idea de estar prisionera de las normas estúpidas de aquel lugar llenar un rato con risas y charla que, seguramente John, le iba a dar a las mil maravillas...

sábado, 4 de diciembre de 2010

Una Erasmus para Laura - Capítulo 22


 Aquel lunes fue un lunes muy esperado, aunque las ocupaciones con las asignaturas les mantuvieron agobiados a todos con el trabajo durante el transcurso de la mañana. A lo largo de la clase de Geometría Descriptiva, la última antes de ir a comer, casi todo el mundo copiaba las rápidas palabras de la profesora Mrs. Agnes Mitchell, que explicaba ampliamente los principios de tal geometría.
     ―La Geometría Descriptiva existía antes de ser inventada ―decía la profesora Mitchell muy inmersa en el tema mientras la gran mayoría tomaba apuntes precipitadamente―. La complejidad de los cortes de la piedra o la madera ha requerido siempre el uso de proyecciones ortogonales, y, sin embargo, el sistema diédrico es relativamente moderno. No como sucede con la perspectiva cónica que nació de un proceso artístico lento, anterior al concepto de “sección de la pirámide visual”. Las axonometrías son utilizadas sistemáticamente mucho antes de quedar geométricamente explicadas por la teoría decimonónica. Por eso, cuando en 1795 alguien decidió que esta denominación, “Geometría Descriptiva”, era conveniente para designar un conjunto de hábitos y conocimientos, estaba, en realidad, legalizando y nombrando a una situación ya existente…” ¿Alguna duda al respecto, señores?

     ―Se me va a gastar la mano ―comentó Paul que se había sentado a un lado de Laura.
     ―A mí se me va a gastar el bolígrafo ―le contestó ella sin levantar la cabeza del papel donde escribía.
     ―A mí se me acaba de gastar la paciencia ―secundó John sentado al otro lado de la chica ―decididamente esta asignatura se la queda George. Es el mejor con esto de la descripción del plano… ¿No crees, Paul?
     ―Por mí, de acuerdo ―musitó para no llamar la atención de la profesora―. Me parece estupendo, con que uno copie es suficiente…
    ―…Aunque todos nos estamos preguntando ―seguía su conferencia Mrs. Mitchell―. ¿Qué es en sí la Geometría Descriptiva y cuáles son sus objetivos?
     ―…Joder a los alumnos de una forma exhaustiva y fehaciente ―comentó John harto de escribir―. Eso está claro. El principal objetivo de esta asignatura, además del anterior, es que nos follen a todos.
      ―…Por lo que diremos que es la ciencia de las relaciones y análisis en el espacio tridimensional y que tiene por objeto la representación de las figuras geométricas del espacio en un plano, de tal manera que las construcciones en dicho espacio se puedan reducir a construcciones más cómodas en ese plano.
      ―Eso ya lo sabemos del curso pasado… ―se quejaba Ritchie―. Es que a esta pava le encanta repetir y repetir…
      ―Así nos quedará algo… ―sonrió Lourdes―. A fuerza de oírla…
      ―Síndrome de la oreja agotada ―cuchicheó George―. Eso es lo que vamos a padecer.
       ―Tú copia y calla… que te estás estrenando ―le comunicó John.
       ―¿Este rollo para mí? ―se quejó sorprendido por el anuncio repentino.
      ―¿Hay alguna otra que no sea rollo? Si la descubres me lo dices ―respondió John sin dejar de tomar apuntes―. Estaré encantado de asignártela.
       George lo miró de reojo poniendo gesto de resignación, en el fondo John tenía razón. Todas las asignaturas eran un auténtico coñazo.
Mrs. Mitchell seguía hablando explicando sus teorías apoyando ahora su disertación sobre un gran dibujo que había esbozado en la pizarra, algo parecido a un pórtico con arcos trazado sobre unas líneas hacia los puntos de fuga. 
       ―…Se puede determinar un punto del espacio mediante sus proyecciones desde dos puntos de vista distintos sobre un plano   ―continuaba diciendo la profesora basándose en el dibujo―, Uno de los objetivos de la Geometría Descriptiva es capacitar a los usuarios del dibujo a la interpretación y representación de los objetos tridimensionales trazados en un plano bidimensional... Como podemos ver en este esbozo que he dibujado en la pizarra.
       ―O sea, ―empezó John con sus bromas―, que si describimos geométricamente el agujero que voy a hacer para enterrar a esta tía y que se vaya a su casa ya de una puta vez, tendríamos representado el dibujo de un hoyo rectangular de 2’00 por 1’00 en el cual introduciríamos a la cacatúa y rellenaríamos de hormigón armando convirtiéndolo en una base perfecta para levantar el pedestal de su estatua funeraria.
       Lourdes no pudo evitar reírse.
     ―¿Algún problema Miss Sanz?
Al oír su nombre Lourdes levantó la cabeza de la mesa donde también escribía… Se quedó un poco suspensa sin saber que responder. Pero John se sintió responsable por el hecho y salió en su ayuda.
     ―Mrs. Mitchell tengo una duda existencial ―dijo con tono jocoso.
La clase rió en pleno. Mrs. Mitchell que ya conocía a su alumno del curso anterior detuvo la clase y le contestó:
      ―Espero que no tenga relación con la arquitectura, eso sería un problema sin solución, señor Lane. Pero, dígame si tan urgente es que me exponga su duda “existencial”, con gusto detendré la clase para salvar su vida.
La clase volvió a reírse de las palabras de la catedrática. 
     ―¿Y para el arquitecto que llevo dentro? ―insistió John sin abandonar su tono jocoso―. ¿Vale entonces de esa manera, Mrs. Mitchell? En ese caso si es algo que debe interesar a la clase…
     

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