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Que las hadas y musas elijan un capítulo para ti. Con suerte te quedas a compartir esta aventura.


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sábado, 1 de diciembre de 2012

La Perla de Qŭrṭuba, Capítulo 10



Distracciones, desvelos e impaciencias  

 Aquella noche a Sara le costó coger el sueño. No podía dejar de pensar en lo sucedido y en quien podría haber sido el que, traicionando la confianza de Hidalgo, reveló el asunto del descubrimiento del escrito de Abū Abdallāh ben Abī ʿĪsā, el imán de la mezquita de la ciudad áulica. Por más que quería razonar una respuesta lógica, nada de lo que pensaba encajaba con el suficiente juicio para explicar alguna de las ideas que le rondaban la cabeza, incluso se sintió mezquina cuando sospechó de alguno de sus compañeros, pero al segundo siguiente ya se estaba reprobándose su conducta, pues era del todo ilógico que alguno de ellos hubiera sido, puesto que, de descubrirse, se jugaba el aprobado en la asignatura  que les impartía el profesor Hidalgo.

miércoles, 31 de octubre de 2012

La Perla de Qŭrṭuba - Capítulo 9


   El testamento de Al-Nasir  


 Parece que nos están dispensando un recibimiento inusual ―comenzó a decir el profesor Hidalgo, notando los gestos de sus colegas demasiado protocolarios, pues sus mismos compañeros se limitaban a contemplar la escena con inusual agrado, reflejado en sus rostros sonrientes y extrañados―. O mucho me equivoco o nos han confundido con personalidades importantes. ¿Pareceremos realmente importantes? ―se preguntó sin salir de su asombro mirando en su entorno.

jueves, 27 de septiembre de 2012

La perla de Qŭrṭuba - Capítulo 8


La sombra de la impunidad  (septiembre de 2011)


El autobús subía despacio por La Route de la Fountain, dejó atrás una  gran iglesia, cuya torre le recordó a Muamar a una que aparecía en una película que vio en una ocasión, hacía ya años, en casa de su tío abuelo al-Hamil en Trípoli. La edificación estaba rodeada por el cementerio local y las tumbas estaban a simple vista, separadas de la calzada solamente por una tapia baja, que desde el autobús, no impedía la contemplación del camposanto. El reloj de la torre marcaba las 8:40  y el sol ya brillaba alto.  El chófer al final de la calle giró a la izquierda y detuvo el autobús en una minúscula placita al lado de unos coches que esperaban estacionados allí mismo. Acababan de llegar a Saint André de Seignanx, un pueblecito muy pequeño en la zona de Aquitania, no muy lejos de Bayona,  al suroeste de Francia. Un lugar bastante perdido en el mapa galo.

domingo, 19 de agosto de 2012

La Perla de Qŭrṭuba - Capítulo 7


El cofre de tierra  (abril 2012)



Eran casi las 2:00 de la tarde cuando un tren Talgo-200 se detuvo en uno de los andenes subterráneos de la estación de Córdoba. Ismael Alcázar, que venía leyendo el último libro publicado por  Juan José Hidalgo sobre su investigación histórica de los escritos de Ibn Hayyan, autor de las Crónicas de Abd-al-Rahmān III, parecía inmerso en la lectura y los comentarios del arabista y no se percató de que había llegado a su destino. Los últimos renglones que había leído, en los que hacía referencia a Medina Azahara, se le quedaron en la mente y los repetía casi de manera automática imaginando la escena materializándose en su imaginación. Siempre había sentido una atracción especial hacia ese lugar y todo lo que tuviera relación con él. Era un apasionado de la historia del califato de sus personajes más destacados y sentía verdadera pasión por Hasday ibn Saprut. Un judío que Jaén que alcanzó cargos de notoriedad en la corte de Abd al-Rahmān III. Había estudiado bastante al personaje, de quien se podía decir que era un buen conocedor.

viernes, 20 de julio de 2012

La Perla de Qŭrṭuba, Capítulo 6



    El rabadán libio (verano de 2011)

El sol caía implacable a aquella hora temprana de la mañana, no hacía mucho que había amanecido, pero en el desierto siempre hacía calor. Abdeselam Sadik Mohamed y su compañero Maamun al-Wasītī circulaban en un Land-Rover Ranger sorteando los baches que ofrecía aquella carretera de mala muerte por la que se dirigían hacia una aldea perdida en medio del país. Habían viajado toda la noche, salieron de Ajdabiya, en el norte, donde las reyertas y combates de la rebelión contra el régimen del país eran muy numerosas y en donde algunas  organizaciones fundamentalistas tenían el control de unas bases donde entrenaban a sus soldados.
Kilómetros y kilómetros de desierto, a ambos lados de la carretera las dunas subían y bajaban, de vez en cuando se cruzaban con algún camión o algún coche particular, pero conducir por aquella ruta era del todo monótono. A lo lejos divisaron un asentamiento  campesino  donde dos camelleros movían a sus recuas de camellos, guiándolos a gritos para hacerse entender por los animales de la manada. Alrededor de pequeñas y míseras aldeas, que fortuitamente aparecían al paso, se veían algunos cultivos; pero después todo era desierto y arena. A lo largo de varios kilómetros se encontraron también restos de los combates recientes, una señal inequívoca de que el germen de la guerra estaba calando hondo en el país.

sábado, 30 de junio de 2012

La Perla de Qŭrṭuba. Capítulo 5


El emir destronado (verano de 2011)


Su avión había llegado con algo más de una hora de retraso al  aeropuerto Willy Brandt de Berlín-Brandeburgo, pero Abdeselam Sadik Mohamed estaba seguro que su cliente en la capital alemana esperaría hasta su llegada. Había pagado una suma demasiado grande, para concertar aquella cita, como para perder semejante cantidad de dinero sólo por un poco de impaciencia. La conversación telefónica mantenida con su interlocutor, un sirio que dijo llamarse Abū ʿĪsā Aḥmad ibn al-Munajjim y que tras más de quince minutos de charla se identificó como secretario personal del emir Abū al-'Abbas Abdallāh  ibn Muhammad as-Saffah, le había causado verdadera impresión, nunca habría pensado que alguien como el emir conocido en el mundo árabe por sus negocios y su vida social necesitase de sus servicios. 

viernes, 15 de junio de 2012

La Perla de Qŭrṭuba, Capítulo 4



 Bayt al-Zahrā

  
           Sara salió junto a sus compañeros del despacho del profesor Hidalgo, era casi mediodía y la reunión había durado más de dos horas. Se sentía satisfecha y estaba muy contenta  de saber  por fin el nombre de sus compañeros en aquel proyecto. Sus amigas Esther Galán y Mayka González, Fran Bermúdez, el novio de Mayka. Pablo Valdés, un empollón en Arqueología Medieval, Bioarqueología y Antropología Forense, asignaturas en las que había conseguido sobresaliente en los últimos exámenes. Y por último un amigo muy especial que no se hallaba presente en aquella reunión, pues había regresado a su casa, en Málaga, a recoger algún material que necesitaría para la ocasión. Ismael Alcázar, un malagueño de veintidós años, muy simpático y bien parecido con un salero especial que le hacía atractivo a todas las chicas, aunque él no tenía ojos nada más que para una, su vecina, Sara. Aunque ella, con sus cinco sentidos puestos en el profesor Infante, ni se había dado cuenta.
 No obstante Sara estaba contenta, sobre todo por él. Si alguien merecía estar en el grupo de los privilegiados, ése era Ismael. Estudiaba el último curso de Historia y Filología árabe, soñaba con convertirse en un arabista consumado, pero todavía estaba muy lejos de su sueño, para él participar en la exposición iba a suponer un empuje positivo a sus proyectos de futuro, codearse con muchos eruditos y aprender sobre el tema. Era Ismael a quien se refirió ella cuando dijo al profesor Infante que podría darle una buena excusa a su profesor de árabe la tarde en la que visitaron el Museo Arqueológico. Y es que Ismael y Pablo vivían junto a otros estudiantes en la casa de al lado, cuya dueña era viuda con los hijos ya emancipados; así que la mujer, por un precio módico, alquilaba las habitaciones y se encargaba de sus estudiantes. De esa forma ayudaba a su economía y se entretenía velando por los chicos. 

lunes, 28 de mayo de 2012

La Perla de Qŭrṭuba. Capítulo 3


El alfanje de Abd al-Rahmān

 Como cada mañana Sara llegó a la  facultad llena de un ímpetu renovado con el aliciente de su nuevo cometido. Estaba llena de ilusión y se sentía útil, además de estar ansiosa de poner sus conocimientos sobre la Ciudad Áulica a disposición de todas las necesidades que se planteasen en aquel fantástico proyecto. Deseaba más que nunca encontrarse con el profesor Hidalgo y hablarle de la suerte que había tenido siendo elegida para colaborar en uno de los eventos más importantes con que se comenzaba la andadura del nuevo milenio en la ciudad califal. Saludó a varios compañeros, pero no estaba interesada en pararse a tener tertulias de pasillo, hablando de las marchas que harían acá o allá, ya que la fiesta de la Cruces de Mayo se acercaban y la mayoría de los jóvenes ya tenían sus planes hechos, a no ser que los exámenes se los estropearan; pero la gran mayoría siempre encontraría un hueco para disfrutar de una o dos noches en las Cruces, los Patios o en la esperada Feria de Mayo.

martes, 15 de mayo de 2012

La Perla de Qŭrṭuba - Capítulo 2

  
                 La interpretación

Aquella noche durmió mal. Las imágenes del sueño daban vueltas en su mente a lo largo de las inacabables horas de aquella madrugada que caminaron hacia el alba del nuevo día mientras Sara mantenía los ojos apretados, tratando de conciliar el sueño, sin embargo desvelada  por más que ella quería dormir. Una inquietud suspicaz y fría la asaltaba cada instante  tanto fue así que no esperó a que el despertador sonara. Se levantó y yendo hacia su estantería tomó de nuevo el libro de cuentos de su abuela y buscó el cuento donde aparecía el nombre de la mujer del sueño atraída por la inesperada coincidencia. Šīrāzād, aquella que reina y domina. Al encontrarlo lo volvió a leer.

sábado, 28 de abril de 2012

La Perla de Qŭrṭuba. Capítulo 1

 
        La primavera cordobesa



     La piedra de la fachada se veía añosa y recubierta del oscuro y reseco liquen que ocultaba las molduras desgastadas del gallardo escudo de armas de los Medina. Aquel león de gules rampante que, con garras afiladas, acometía rugiendo dentro de un campo de oro, había estado coronado por un yelmo empenachado que completaba el relieve y que apenas se podría describir, pues estaba bastante desgastado con el mal de la piedra y por lo tanto necesitado de restauración pronta debido al paso de casi setecientos años de inclemencias, de tierra, de sol, polvo, humedad y lluvia y algún que otro movimiento sísmico que ayudó a descuadrarlo un poco y que, junto a todo lo demás, había  propiciado que en los intersticios  de la piedra crecieran aquellos líquenes que la ennegrecían, despojándola de su gallardía y de su natural belleza. Pero, aún así,  mirando a aquella hidalga reseña, se podía notar  que los Medina eran familia de notable tradición, además de proezas,  de antepasados que recogía la historia como notables y destacados desde que, allá por el siglo XIII, en los albores de la toma de Córdoba, un joven ganó esa fama y legó la alcurnia de tan hidalgo nombre a sus descendientes por sus méritos y empresas que, resultaron ser de renombre, conocidas junto a los de los más aguerridos caballeros que cruzaron espada contra el infiel.      
 Nadie sabía quién lo había colocado allí, pero lo cierto era que había permanecido sobre el dintel de aquella puerta por siglos, cuando un hermano del conde de Medina desposó a la hija de un militar de fama y se aposentaron en Córdoba donde sus descendientes fueron heredando la mansión generación tras otra. Aún causaba admiración a los viandantes que iban y venían por la Calle Postrera. Muchos de ellos turistas embrujados de la belleza que posee Córdoba. Unos, buscando la puerta de Sevilla para admirar la antigua muralla. Otros, buscando El Alcázar de los Reyes Cristianos para rendirse enamorados a la belleza de sus fuentes y sus jardines. Pero ninguno pasaba indiferente a la insignia, a la que dedicaban unos minutos de merecido descanso a la sombra de la fachada de la casa, para seguir después su camino en busca del siguiente punto a visitar en el día.
La casa, que de la original sólo se conservaba la hidalga puerta y alguno de sus anchos muros exteriores,  pues el interior había sufrido mil reformas desde que la construyeran, era muy bonita, aunque aún conservaba la distribución de una típica casa de dos pisos de la época califal, donde todo rodeaba a un patio, que, sin duda, era el eje central de la vivienda. Su aspecto, típicamente andaluz, era de blanca fachada encalada, vano, dintel y zócalo de piedra caliza vieja; puerta oscura de cuatro hojas de cuarterones de madera y ventanas enrejadas, con postigos, cargadas de geranios y gitanillas[1]  de mil colores y colganderas, como estaba llamado a ser en la primavera cordobesa. 
Pasando la puerta principal el frescor del zaguán daba la bienvenida. Su techo era una obra de arte, al que difícilmente se le podía negar un rápido vistazo, como mínimo, su artesonado, tallado a gubia y cincel, los que a lo largo de todas las vigas habían impuesto la belleza de armónicos trazos curvilíneos hechos sobre la madera por manos expertas. Y no menos eran sus llamativas ménsulas, donde se enroscaban, en concéntricos círculos, las volutas que las decoraban. Con el suelo  pasaba lo mismo; decorado con cantos rodados de distintos tonos de gris, colocados con primorosa paciencia, dibujando una estrella de ocho puntas que parecía hacerlo más reluciente y bajo la luz de dos hachones forjados, instalados  ya de luz eléctrica; todo se hacía a la vista muy cálido y evocador a los tiempos en los que sus primeros moradores disfrutaron de la prestancia de su acogedor hogar.
 La estancia era perfecta para recibir a los que, recién llegados, andaban de prisa apremiados por huir del calorcillo que ya se respiraba en la Sultana, y que les urgía a resguardarse del sol, que calentaba el ambiente de manera excesiva a esa hora del día cercana al meridiano. Para ser marzo, se podría decir que ‘el lorenzo’ picaba demasiado. En cuanto se percibía que el aire allí agradaba, casi acariciaba y parecía más respirable con el fresco ambiente de la pieza, librando rápidamente de la bochornosa canícula del mediodía, una sensación de placidez invadía a los recién llegados que invitaba a sentarse en el tresillo de madera de olivo tallado y asientos tejidos de cuerda a disfrutar de un refrigerio para acallar la sed. Era cuando la frescura acariciaba la cara y hacía que un suspiro relajado saliera de la boca, en señal de alivio, habiendo repuesto fuerzas para seguir el camino que guiaba  al interior de la vivienda. Atravesando la cancela de ornamental fraguado, que daba  paso al vestíbulo y después al gentil patio, centro de la vida de la casa, sobre todo en la época de estío; había más rejas engalanadas de flores por todas ellas y azulejos de trazos arabescos y altos muros blanqueados hasta el alero de madera, y una fuente en el centro, donde el agua retozaba rumorosa, con los chorros salidos de sus dos caños, en un plato de mármol blanco por él se derramaba en cascadas juguetonas que describían una melodía amansadora. Sentarse allí con los ojos cerrados, oyendo caer sin parar el agua traviesa, relajaba, destensaba los músculos, templaba los nervios y aliviaba hasta el dolor de cabeza que muchas veces el calor sofocante causaba de buena mañana. Pero al abrir los ojos se llenaban de arcoíris, se veían más macetas a rebosar de flores: claveles, clavellinas pensamientos, margaritas, calas, aspidistras, helechos y hortensias… y en dos enormes  tinajas en dos esquinas puestas, había un jazmín y una dama de noche, compitiendo en hermosura y fragancia, la misma que todos los rincones del la casa llenaban. ¡Que la primavera en Córdoba no se puede encubrir! Es imposible. Es un juego de armonía de colores, luz, olores y estética que se encuentra en sus patios, calles, paseos, jardines y plazas.  Imagino que desde que fue fundada…  de ahí la tradición y el modo de usar de esta belleza que proporcionan esa incomparable conjunción sistémica, cuando llega la primavera.     
El jardín colgante estaba bien dispuesto, en el suelo y el al pared. Situadas cada una en su justo orden bajo la cálida sombra de un toldo a medio correr que dejaba entrar la claridad, pero no la flama, que lo llenaba todo de esa agradable penumbra que calma la calina. Por las escaleras, que se divisan nada más entrar y que desembocan al variopinto patio, se sube al piso de arriba, al abrigo de una baranda de artístico fraguado, escalones de mármol  de matiz cúprico veteado y azulejos de trazos blancos con doradas estrellas de seis puntas e hileras bruñidas de entramado sefardí, que recordaban el pasado cultural de la zona donde se alza la vivienda.
La escalera desemboca en un largo pasillo que distribuye los dormitorios y un salón bien emplazado, que domina el patio desde sus balcones, llenos, como no podía ser de otra manera, de macetas cuajaditas de los que allí llaman pericones[2], éste lleva al otro extremo de la morada donde en una estancia abierta, una escalera de caracol se eleva hacia la azotea que es testigo espontáneo de tantas noches de luna llena en que la torre de la catedral ha coqueteado con el Guadalquivir. Una galana, firme y serena.  El otro serpenteante, con rumoroso y plácido cauce entre puentes y molinos. Allí, cerca de un palomar cuyas palomas no paraban de zurear arrullándose entre ellas, se encontraba Sara, disfrutando del sol y de la recién llegada primavera y de unos minutos de soledad recreándose en el buen tiempo que ha empezado, pues en la azotea había más flores repartidas en varias jardineras de piedra artificial tallada, que hacían juego con la balaustrada que por una parte daba al patio y, por ella, chorros de gitanillas se descolgaban en cascada, llegando a tocar las tejas de barro resecas, llenas de líquenes y algunos jaramagos, pero que no desdecían  de la armonía de color, pues con las finas flores juegaban a ser también protagonistas de esa eclosión del color que nacía en la primavera cordobesa.
Sara estaba allí dormitando bajos los tibios rayos del sol sobre una tumbona con su perro, que dormitaba también junto a ella.  Su carácter  moderno, divertido y desinhibido, pero también serio y sereno;  hacia de ella una joven llamativa,  demostrando siempre que sabía muy bien lo que quería y esto era: alcanzar una meta dorada que siempre había tenido en su cabeza. Ver salir a Medina Azahara devuelta de las entrañas de la tierra que desde siglos la cubrían. Era su reto, pero más que un reto, era un sueño irrealizable; pues para lo que habían recuperado desde 1910, arrancándolo de la sepultara en la que cayó después de la devastación a la que fue sometida por los bereberes; de la ciudad califal sólo había un pequeño porcentaje recuperado, pero ella sabía,  y de muy buena tinta, que el resto estaba esperando su momento y que ese momento llegaría sin que nada ni nadie lo pusiera retrasar. Sara soñaba con este proyecto y en el fondo de su corazón lo sentía palpitar como una realidad pronta a suceder.
Era la hija de Enrique Medina, concejal del ayuntamiento, su madre, Nieves Villarreal, se dedicada a la casa y a la pintura de una forma casi profesional, sus exposiciones se apreciaban en la ciudad y por toda Andalucía, pues sus temas eran siempre relativos a la tierra. Pues, igual que el resto de la familia, sentía una atracción, casi exagerada, por todo lo califal que en Córdoba hay y por los campos y campiñas cordobesas. Además de vivir volcada en sus dos hijos Sara y Manuel. Pero la niña, a sus veintidós años, era ya toda una mujercita que sabía desenvolverse por sí sola cada vez más. Sin embargo Manuel, al cabo de la adolescencia, era todavía bastante inmaduro, necesitaba aún de su cuidado y tutela.
No sólo a los ojos de su madre y de sus abuelas, sino  a los de todos los que la conocían, Sara era una belleza de la tierra, morena, de ojos agarenos y largas pestañas que sobre una faz de tono claro, de formas suaves y nariz recta, frente despejada donde albergaba una gran inteligencia, pero que también era soñadora y con facilidad daba rienda suelta a aquellos sueños del pasado califal de su Córdoba, que anida en su corazón la recuperación de tan insigne grandeza y hace suyos esos momentos que ha leído una y mil veces en toda clase de libros y en los cuentos de su abuela Teresa.  De sus carnosos labios  siempre  aparecía una sonrisa dulce y sincera. Su abuela Dolores diría que tiene porte de princesa, a lo que apostillaría su abuela Teresa: Que no lo parece, sino que lo es para ella. Sara estudiaba Arqueología y era una enamorada del pasado de su tierra. De una manera intensa el pasado califal, por el que siente verdadera fascinación y entusiasmo. Y fruto de esa admiración por esos tiempos era la forma con la que trabajaba llevándola a participar, muchas veces y de forma desinteresada, en las excavaciones de Medina Azahara, su gran pasión, el tema de la tesis que preparaba para fin de carrera. La historia de la Ciudad Califal que asombró al mundo en el siglo X.
 Hacía poco que el cartero acababa de soltar la correspondencia en el buzón que había en la puerta y ella, que estaba en casa, recogió las cartas y las puso sobre la mesa de olivo tallado que se encontraba  en el vestíbulo, descubriendo en ese instante una dirigida a ella. Al abrirla, no se lo podía creer. La leyó una, dos hasta tres veces para poder dar crédito a lo que sus ojos leían:

Universidad de Córdoba.
Departamento de Arqueología.
Patronato para la Recuperación y Reconstrucción de Madīnat al-Zahrā.

  
       Estimada señorita Medina:

Por recomendación directa del profesor J.J. Hidalgo, decano de esta facultad y director organizativo de la segunda exposición internacional “El esplendor de los Omeyas cordobeses”, que tendrá lugar en el emplazamiento de la ciudad califal de Medina Azahara entre los días 3 de mayo y 30 de septiembre del presente año, nos es grato ponernos en contacto con usted y comunicarle que ha sido elegida para formar parte de este comité organizativo. Por  lo que le ruego encarecidamente se ponga en contacto con este patronato,lo antes posible, para comenzar con los preparativos.
    Sin otro particular, esperando tener pronto noticias suyas.

        Attme.
Javier Infante.
        Subdirector.   

 Sara sonrió a leer el firmante, conocía a Javier Infante desde hacía tiempo, era un hombre despierto e inteligente que la deslumbraba con su sapiencia sobre todos los temas acerca de la ciudad palatina. Estaba contenta de que formara parte del equipo que se iba a encargar de aquello. Eso significaría un empujón positivo a su tesis, por lo que saltaba de alegría en el patio de su casa. No podía creer haber tenido tanta suerte. Ahora se preguntaba quienes serían sus compañeros y que cometidos debería desempeñar. Pero lo peor de todo era encontrarse sola en un momento tan crucial de su vida, sin nadie con quien compartirlo.  Papá y mamá estaban de viaje en Sevilla aquel día y una noticia de aquella envergadura tenía que decírsela a ellos personalmente, no por teléfono. Manuel estaba en el colegio y no volvería hasta las 3:00. Así que llamó a su abuela  Dolores por teléfono para contarle todo. Evidente era que la abuela se pusiera tan nerviosa como ella por la excitación que le causó la noticia. Estaba feliz por su nieta. Aunque no pudo evitar dejarse abatir por la pérdida que habían sufrido en la familia recientemente: El abuelo, a quien todos echaban mucho de menos.
La tristeza de su abuela Dolores apagó un poco la euforia de Sara, no porque no quisiera a su abuelo, sino que comprendía que su abuela y él habían vivido casi sesenta años juntos y tenía que sentirse muy mal sin él, pero su noticia nada tenía que ver con su abuelo, era otro tema y, sin embargo, Dolores siempre se las apañaba para acabar hablado de su esposo, Tomás, de una manera, como si Sara no le hubiese conocido y eso la sacaba de quicio después de un año.
Así que decidió subir a la azotea donde estaba su perro Terry, un precioso samoyedo de tres años que era el niño de sus ojos. Allí leyó a Terry la carta y le contó lo feliz que estaba.
 El perro ladraba juguetón mientras Sara se había sentado en una tumbona de resina blanca que había allí bajo la sombras del toldo extendido,  y se dejó arrullar por el zurear de las palomas y vencer por el calorcillo, de tal forma, que se sintió somnolienta y relajada. Lentamente un sueño repentino se fue apoderando de ella. El sueño la rindió y la hizo entrar en un plano de su mente donde la euforia y la felicidad permanecían en ebullición todavía por la noticia.  De repente comenzó a soñar:
«Volando en una alfombra mágica se vio llegar a una ciudad de ensueño que no le era desconocida. Al segundo siguiente, corría por sus calles estrechas y blancas, de algún lugar en su cabeza, vestida como la princesa Scheherazade (siempre había sido su disfraz favorito en las fiestas de cumpleaños cuando era niña).  Luz de fuego la iluminaba en su carrera. No sabía por qué corría tanto, parecía una huida, pero nadie la perseguía. Las personas que encontraba a su paso eran hombres altos, fornidos, de piel oscura, curtida por el sol, vestían armaduras y cascos, armados con alfanjes y puñales, agachaban su mirada al verla. Era como si les estuviera prohibido mirarla pero eso sólo desconcertaba a Sara, quien sentía necesitar la ayuda de alguien para salir de aquel laberinto de calles cubiertas por la oscuridad de la noche en un lugar desconocido de su mente. Sin saber de qué manera, de repente se vio en un salón; estaba rodeada de lujo, cortinajes de seda, alfombras de Damasco, almohadones brocados de finas hilaturas. Y en su mismo sueño, súbitamente, recordó que aquel lugar no le era extraño, que de alguna manera lo conocía y eso la tranquilizaba.
 Aquél era uno de los salones de los que se hacía relato en los cuentos de  su abuela, Teresa Medina. Una escritora de cuentos infantiles de temática califal, parecidos a los de Las mil y una noches.  Sara los había leído mil veces desde niña. No en vano eran sus favoritos. De ahí que soñar con ellos no le resultara extraño después de haberlo hecho tantas veces con los ojos abiertos, sin embargo, ahora todo parecía diferente, era demasiado real, como si verdaderamente no fuera sueño sino realidad.
Continuó adentrándose en la espléndida sala. Al fondo de ella, entre columnas de lujosa decoración, vio un escabel cubierto por ricas alfombras de factura oriental, más almohadones  y cojines de muchos colores vivos, pero de grácil delicadeza y armonía. Se le antojó que era un sitio especial, destinado a la realeza, como un trono, desde donde un poderoso rey ejercería su mandato. Y,  tan de repente como inesperado, un gran león, de larga y oscura melena con piel de color arena y muestras de extremada fortaleza, se sentó entre los almohadones y cojines y le rugió hasta asustarla, mostrando sus poderosas fauces y sus garras afiladas como hoces de labriegos, que siegan el trigo seco de un sólo embate.
Sara retrocedió escondiéndose tras una columna para no ser vista por la fiera. El león seguía rugiendo, no le cabía la menor duda de su fuerza, su poder y su disposición a defender lo que era suyo. En ese momento pensó que debió verla como una intrusa, pero ella no se sentía de esa manera.  Un miedo pavoroso la poseyó intuyendo que debía someterse si no quería ser devorada. Pero instantáneamente alrededor del felino aparecieron bufones reales que le distrajeron de sus verdaderas intenciones. Así el fiero león abandonó el estrado alfombrado y descendió hasta pisar el mármol pulimentado del suelo de la estancia en donde su piel se reflejaba como en un espejo, su imagen denotaba miedo y a la vez cercanía, pues era de una sin igual belleza, aquella fiera cuyo corazón Sara podía ver  fuerte, noble, guerrero, conquistador y a la vez cruel y despiadado, capaz de ensañarse con sus presas. Emprendió así su búsqueda hasta que la encontró. Pero, en vez de atacarle, el león la lamió cuidadosamente, casi con devoción amorosa, como si de su cría se tratase. Sara se sintió completamente sorprendida, sentía su corazón salírsele por la boca del miedo que estaba pasando. El león entonces le habló y le dijo: No temas. Eres la más blanca de mis palomas, la más insigne, la más bella…  La que por destino está designada a ser el espíritu de mi majestad, de la cual eres y serás testigo. No temas.
El león  rugió de nuevo, abrió sus fauces de donde un estruendo ensordecedor salió, revotó en las paredes y viajó al exterior, extendiéndose por doquier hasta los confines de sus dominios. Pero en ese instante una enorme serpiente salió de la boca del león y se enroscó en el cuello de Sara siseando al mostrar su lengua bífida y sus  viperinos incisivos repletos de ponzoña.  Ella  temía por su vida, sabía que la serpiente podía matarla, pero intentó luchar  quitándosela del cuello donde se había enroscado.  Inesperadamente el león partió a la serpiente en dos de un sólo zarpazo. Pero el veneno cayó de su boca al suelo formando un gran charco que creció y creció de tal manera, que se  extendió sin poder evitarlo hasta el exterior del salón, hasta las lindes de la ciudad, por todos los territorios del reino. De pronto las paredes crujieron, el suelo vibró,  los techos se desmoronaron,  la estancia se vino abajo, Sara salió corriendo hacia la salida, pero al no alcanzarla creyó sucumbir. En un instante menor que un nanosegundo estaba delante de una enorme escalinata. Alguien la tocó en el hombro, ella se volvió. Era una mujer bella que  le sonrió, aunque no podía ver bien su cara, ésta le transmitía seguridad y confianza. Bajaron las escaleras  que descendían a una especie de cripta por donde las dos mujeres  entraron. Luz de fuego, que no se sabía de donde salió, iluminó el recinto de un sótano para ellas.  Allí descubrieron un gran cofre  hecho de ébano y piedras preciosas. Pero estaba cerrado y Sara no tenía la llave, la tenía la misteriosa mujer que la acompañaba. Una luz prodigiosa salió de la cabeza de Sara en ese momento y se introdujo en el cofre por las rendijas de sus finas tablas tan afondo que hizo que el cofre refulgiera como si fuera una estrella y así lo iluminara todo.  Fue entonces cuando Sara vio al fondo a alguien  que le sonrió, de repente Sara descubrió que era su madre quien le sonreía y apartaba a la mujer de ella, porque en el fondo su madre sabía que la extraña no quería bien a  su hija, quería dañarla. La cara de la extraña mujer se enrojeció de rabia se tornó fea y la miró con vileza, diciéndole unas palabras que Sara  no iba a olvidar nunca:
―Recuerda mi nombre, Soy la bella Šīrāzād  como mi nombre indica: aquella que reina y domina ―le dijo la extraña de repente contemplándola con fiereza  y fuego en sus ojos―.  ¡Recuerda mi nombre! ―le exigió enérgicamente―: Šīrāzād, la única, la que reina y gobierna.
Sara se despertó en ese instante, sudosa, alterada y confusa…
“Šīrāzād” ―pensó―. “¿No era ése en nombre de algún personaje de los cuentos de su abuela?
La insistencia de aquella mujer del sueño le impactó sobradamente,  por lo que Sara se levantó bajando de inmediato a su dormitorio, buscó entre los libros de los estantes los cuentos de Medina Azahara, escritos por su abuela y al abrir unos de  los  libros, el nombre de Šīrāzād apareció entre las letras como si marcado estuviera, resaltándose entre todos la palabras de la página.  Se trataba de una concubina de extremada belleza, que era favorita de un sultán en Al-Ándalus,  la cual ostentaba un poder verdaderamente importante en el califa y  entre los habitantes del harén real.  El cuento se llamaba “La princesa prisionera”. Al  recordarlo se estremeció:
―Aquella que reina y domina ―repitió Sara en voz alta―. A parte del cuento,  ¿por qué todo aquello le resultaba conocido, como si a parte del sueño lo hubiera vivido de alguna manera?
Decidió ir a visitar a su abuela Teresa, que vivía en una bonita casa al lado del Horno del Cristo, en plena Judería. Enfrente del Museo Arqueológico, de ahí nació su interés por el paso de la historia en su tierra.  Tantas veces que había estado en casa de su abuela Teresa, con quien lo visitó en  infinidad de  ocasiones, hasta que sus tesoros  la hechizaron, de tal manera, que se hicieron de una importancia vital para Sara.  Por eso decidió estudiar Arqueología y dedicar todo el tiempo que pudiera a recuperar lo mejor que había habido en su Córdoba natal. Y que ahora yacía bajo tierra.



[1] Se conoce con este nombre a un tipo de geranio multicolor, colgante cuyas hojas y flores  caen en cascada  en los balcones andaluces.
[2] Se conoce popularmente en Córdoba como pericones  a un determinado cultivo de margaritas  de pétalos finos y alargados de color blanco cuyo tálamo o receptáculo  es generalmente amarillo habiéndolos de diferentes colores también. Tal vez  se les conoce de esta manera por la similitud con los abanicos de gran tamaño usados antiguamente por las mujeres.  
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martes, 24 de abril de 2012

Primera parte




Primera parte
    Siglo XXI
    El esplendor de los Omeyas andalusíes











"Cuando los reyes quieren que se hable en la posteridad de sus altos designios, ha de ser con la lengua de las edificaciones. ¿No ves cómo han permanecido las pirámides y a cuántos reyes los borraron las vicisitudes de los tiempos?" 

                                                                                                                   
           Abderramán III   (عبد الرحمن بن محمد  ) 






martes, 10 de abril de 2012

La Perla de Qŭrṭuba - Prefacio





 Te consagro un amor puro  sin mácula
En mis entrañas está visiblemente 
grabado y  escrito tu cariño.
Si en mi espíritu hubiese otra cosa que tú,
la arrancaría y desgarraría con mis propias manos.
No quiero de ti otra cosa que amor,
Fuera de él no pido nada…


                             
El collar de la Paloma

        Abu Muhammad Ali Ibn Hazn
                                                                       Córdoba 994 / Montijar 1064
   







            La leyenda     



   Cuenta la leyenda que en el Arroyo de los Nogales, que atraviesa el camino del mismo nombre y que va desde Medina Azahara hasta Córdoba, a lo largo de las almunias de Sierra Morena,  suele verse en las noches de luna llena la figura de una muchacha que, sentada cerca del puente, encuentran a los viandantes que lo franquean. Ella les ofrece agua de su cántaro para calmar la sed que le provoca la calina del estío o simplemente para que refresquen sus gaznates tras una larga cabalgada desde tierras lejanas en los confines de Al-Ándalus y, mientras calma la sed de los caminantes que tienen a bien hablar con la bella muchacha, ella les cuenta relatos de tiempos de esplendor olvidados por todos los que por allí pasan. Pues, entretanto descansan, la joven les relata una bonita historia sobre una bella ciudad, perdida por la ignominia del hombre,  que fue la Perla de Qŭrṭuba.
Edificada por manos  avezadas en el lugar de la Desposada, fue alzada con los materiales más preciados: mármoles, alabastros azulejos, piedras preciosas, oro, plata y maderas nobles. Les habla de su señor, Al-Nāṣir, el conquistador, quien mandó construir hermosos jardines plantando en ellos toda clase flores y plantas traídas desde los recónditos rincones del mundo. De que ordenó poblar éstos con hermosas aves exóticas  y jaulas con fieras traídas del corazón de África y dispuso que se propagasen diversidad de árboles de raros y originales frutos  desconocidos hasta ese entonces. Y el señor de la hermosa medina trajo la nieve a las laderas de la Sierra Morena, para que los ojos se su amada no derramasen más lagrimas de añoranza por las sierras de su natal Granada.
Y todo fue por amor…

viernes, 16 de marzo de 2012

La Perla de Qŭrṭuba (introducción histórica)


Algo más de historia sobre el califato…    y un poco de leyenda… 

     Una novela, aunque sea producto de una ficción absoluta, si se la viste con tintes de realidad, adquiere esos mismos tonos de certeza, haciendo que el lector se incline a sentirse parte de lo que lee, protagonista  o, al menos, espectador del relato. Por ese motivo pienso que un poco más de historia que nos centre en el momento en que la Perla de Qŭrṭuba va a tener lugar no vendrá nada mal.  



 Pues bien, como íbamos diciendo las bases principales para que Córdoba se convirtiera en un símbolo único en la historia nace en el momento en que se instaura el emirato cordobés. Había sido instituido éste en el año 756 por Abderramán I, el príncipe Omeya huido de Damasco tras el golpe de estado que derrocó a su familia del trono. Tal hecho, el de la llegada del príncipe a la España visigoda sucedió tras la conquista de la península por el sur en la Batalla de Guadalete (rí­o, próximo a la ciudad de Jerez (Cádiz), donde tuvo lugar en el año 711 y enfrentó al ejército del rey visigodo Don Rodrigo y a los musulmanes bereberes del Norte de África capitaneados por Tarik, lugarteniente del gobernador Muza...  Pero ésa es otra historia…



Abderramán III (891-961),  subió al trono en el año 912, en plena descomposición política del estado andalusí. Con extraordinaria energía y capacidad acabó con los diversos focos sublevados, imponiendo, tras muchos años, por vez primera, la autoridad y el orden en todo el país. En el 929, siendo emir de Córdoba hasta aquel momento, se proclamó Califa, llegando a la más alta dignidad política y religiosa del Islam, acabando así con la dependencia espiritual de Bagdad. Hecho explicable que se sustenta sobre las consideraciones de legitimidad dinástica, la razón principal de tal hecho recae sobre  la decadencia del Califato Abbasí y en la vecindad del Califato Fatimí, cuyas extensiones dominaban el Magreb y  desde Egipto amenazaba con extenderse hasta Al-Ándalus.
Abderramán III instauró de esta manera en la Península Ibérica, el Califato independiente de Córdoba. Éste perduró oficialmente hasta el año 1031, en que fue abolido tras una larga guerra civil (fitna), lo que dio lugar a la fragmentación del estado Omeya y su transformación en multitud de reinos, conocidos como Reinos de Taifas.
    Con el cambio de la situación institucional al convertirse Al-Ándalus en un califato, se exigió la adopción de una serie de medidas políticas, económicas, religiosas y hasta urbanísticas, entre las que estaba la construcción de una ciudad para albergar la nueva seña oficial del reino: la residencia del
califa y la sede de los órganos de dirección del nuevo Estado. Se eligió para ese núcleo urbano un emplazamiento al que se le llamó Medina Azahara  o “ciudad de Zahra” (Madinat-al-Zahra). Aunque, luego la cultura popular y los versos de algunos poetas árabes crearan la bella leyenda de que fue un homenaje a la favorita del califa, Azahara; a quien conoció fortuitamente en los jardines de los naranjos en la entrada de la Mezquita-Aljama mientras realizaba la abluciones antes de la oración. Tal era su belleza que ésta deslumbró al califa, quien la tomó como concubina, haciéndola centro de su corazón.
Tras arduas luchas  en las fronteras con los reinos cristianos, muchos moros fueron hechos prisioneros y Abderramán III reunió una gran suma de dinero para su rescate. Enviados sus embajadores con el mandato de liberar a todos los cautivos  tras el pago por su libertad, los enviados no encontraron a nadie con vida y regresaron devolviendo la fabulosa suma al su señor. El califa, conmovido por la suerte de sus soldados, entregó el montante de su rescate a Azahara para que lo empleara en obras de caridad. Pero ella sugirió a su señor Al-Nasir que debía emplearlo en la construcción de una ciudad palacio que fuera muestra de su magnanimidad y grandeza.
De origen granadino y, como he mencionado,  de nombre “Al-Zahra” (la  brillantísima); se cuenta que estaba acostumbrada a las blancas cumbres de Sierra de Elvira, las cuales añoraba tras ser llevada a vivir a Córdoba, donde sólo nieva en muy escasas ocasiones. Y por el inmenso amor que le profesó el califa, fue regalada con una imagen similar, ordenando el monarca sembrar la sierra cordobesa de almendros e higueras para que sus flores blanquearan a los ojos de la princesa en cada equinoccio la falda de la sierra cordobesa. Por lo que la eclosión de las flores le permitiría ver en primavera todo lleno de níveo color alrededor del nuevo núcleo urbano de la Ciudad Brillantísima. Lo cierto es que aún se encuentran entre la vegetación de la sin igual Sierra Morena algún que otro vestigio de realidad a esta leyenda. La vida de la brillantísima Azahara de Abderramán al-Nasir, no fue larga, y tras su desaparición, el califa hizo tallar una estatua de su amada para que fuera colocada en la entrada de su ciudad resplandeciente símbolo de bienvenida y del amor que le tuvo.
   Indudablemente, sea verdad o no esta hermosa historia de amor, cosa  por la que no vamos a entrar en discusión; los principales motivos de la construcción de tan magnífico proyecto fueron de índole político-ideológico-social.
    Las crónicas de la época cuentan la magnificencia y suntuosidad que engalanaron sus muros y el gasto que supuso la ciudad acorde a ser, como se ha dicho, el centro político, económico, administrativo, religioso y social de todo el poder árabe de Occidente. Se conocen las fabulosas inversiones que se gastaron en su construcción, así como la brillantez y lujo de los materiales que se utilizaron y que se trajeron de los más remotos lugares, igualmente las manos de los más expertos maestros artesanos venidos de los confines del orbe, hicieron posible el sueño de un califa que quiso deslumbrar al mundo con su poder y su boato.
Y Medina Azahara fue conocida en los límites de la tierra allá donde las embajadas llegaran con las misivas del califa Abderramán. Y Córdoba se convirtió en el centro  político, económico administrativo, social, religioso y cultural de Al-Ándalus, un reino poderoso que controlaba la mayoría de la península Ibérica. Por lo que fue admirada, deseada, envidiada, temida…  Lo que propició necesariamente que Medina Azahara sobreviviera poco tiempo, pues su destino no tuvo más remedio que ir unido al de los avatares del califato cordobés.
Con el devenir del tiempo, cuando Hixem II  fue nombrado califa  siendo aún un niño de sólo once años de edad,  un funcionario, que había venido de Algeciras a Córdoba a estudiar jurisprudencia y literatura y que había ido ascendiendo en la escala del poder, consiguió el nombramiento de mayordomo, lo que en el sistema político de los reinos cristianos llamábamos valido.  Abi Amir Muhammad, quien se conoce en la historia como Almanzor y cuyo nombre es una castellanización del calificativo árabe con que él mismo se rebautizó tras una de sus muchas victorias guerreras: "al-Mansur bi-Allah" (el victorioso de Dios)
  Almanzor es uno de esos personajes históricos que va unido a la grandeza del califato cordobés por varias razones. Impulsó la última reforma de la gran Mezquita Aljama y ha trascendido al terreno del mito al quedar su huella grabada de manera aciaga y desagradable por su dureza como guerrero, con lo que se ganó campaña tras campaña la admiración del pueblo andalusí. Es precisamente por estas incursiones de castigo y devastación por las que Almanzor es recordado históricamente, todas ellas victoriosas, destacando en las que destruyó ciudades, tan emblemáticas para los reinos cristianos hispanos como León (984), Barcelona (985) Santiago de Compostela (997) Pamplona (999) y San Millán de la Cogolla (1002).
De haber seguido existiendo un Califato fuerte como el de las décadas centrales del siglo X, los reinos cristianos hubieran visto muy difícil su expansión al sur. Sin embargo, con su pronta desaparición en 1031 y la formación de los pequeños Reinos de Taifas, los castigados reinos cristianos pudieron recuperarse y en muy poco tiempo convertirse en una amenaza real para Al-Ándalus, que se culminaría con la toma de la emblemática ciudad de Toledo en 1085.
Pero dando un  corto paso atrás para retomar el hecho de que Hixem II,   fue obligado a abdicar en 1009, fecha del comienzo de la Fitna (guerra civil) y, aunque restaurado en el trono en 1010, ya no hubo manera de mantener un poder central, con la aparición de líderes golpistas que se hacían nombrar califas y que, si acaso, sólo duraban en el poder dos o tres meses.
Fue en el contexto de esta situación, cuando una de las muchas revoluciones del momento, en este caso de bereberes ayudados por el rey Sancho de Castilla y encabezados por Suleiman, al que erigieron como califa, produjo el comienzo de la destrucción de Medina Azahara. 
 Tan arrasada quedó que llegó a perderse hasta el lugar exacto de su emplazamiento y el recuerdo de su nombre que quedó como “Córdoba, la vieja”.  
La caída de la que fue capital indiscutible de Al-Ándalus, tomada por los ejércitos del rey Fernando III el Santo en 1236,  fue más que un símbolo que marcó el fin de la hegemonía del califato cordobés; fue la contundente realidad del principio de la supresión del Islam como fuerza política de relevancia en la Península Ibérica hasta erradicarlo totalmente con la conquista de Granada  por los Reyes Católicos en 1492.  




domingo, 11 de marzo de 2012

Entrevistas. "Una Erasmus para Laura".

Aquí os dejo la primera entrevista que me han hecho  tras la publicación de mi novela 
Una Erasmus para Laura. 
Os dejo el enlace para que la disfrutéis tanto como lo he hecho yo.

jueves, 1 de marzo de 2012

La Perla de Qŭrṭuba


Sinopsis




La exposición internacional "El Esplendor de los Omeyas Cordobeses" que está a punto de ser inaugurada  en las excavaciones de la Ciudad Áulica de Medina Azahara en Córdoba, dan a Sara Medina Villarreal la oportunidad de formar parte del grupo organizador que la Universidad cordobesa patrocina. Ella, estudiante de Arqueología, trabaja en su proyecto fin de carrera que versará sobre la ciudad palatina que fue la joya de la España árabe de la Edad Media. Junto a Ismael Alcázar y un grupo de jóvenes compañeros de estudios esperan con impaciencia la llegada de todos los objetos y reliquias que se conservan repartidas por el mundo y que formaron parte de la increíble ciudad que fundó Abd-al-Ramhān III, por lo que viven intensamente todos los acontecimientos que se avecinan en la histórica Córdoba con motivo de tan importante muestra.
Sara Sara es una joven despierta y soñadora, una ferviente convencida en la realidad de que algún día la ciudad áulica de Medina Azahara volverá a ver el esplendor de sus tiempos de antaño. Sueños premonitorios le avisan de ello, un don que siempre tuvo desde niña y que ha heredado de su abuela, una conocida escritora de cuentos infantiles que versan sobre los tiempos  califales, a la manera de "Las mil y una noches" cuyas moralejas hacer crecer en la joven unas inquietudes que no dejan de darle vueltas en la cabeza. Siempre había tenido esa de clase avisos, aunque por su juventud no los comprendía. Uno de ellos le habla de que ciertos peligros se ciñen sobre su amigo Ismael y sobre ella misma relacionados con los misterios que encierra la ciudad de Abd-al-Ramhān III, pues Sara nunca había prestado mucha credibilidad a una teoría que su profesor, José Hidalgo, promulgaba desde hace tiempo sobre la existencia de un tesoro entre las murallas de la ciudad palatina “El Tesoro de al-Zahrā” Sara piensa que no son sino elucubraciones de un viejo arqueólogo que sueña con la gloria antes de la jubilación y que carecen de fundamento lógico.
Sin embargo, la aparición de un muchacho en medio del asunto que viene a visitar a su hermano Marwan, estudiante de Arqueología y compañero de Sara y los hechos que la joven presencia de una manera fortuita entre uno de los dignatarios representantes de los países árabes de Oriente Medio: Abū ʿĪsā Aḥmad ibn al-Munajjim y Abdeselam Sadik Mohamed y su comitiva, hacen que Sara sospeche que el viejo profesor no anda tan descaminado y que las intenciones secretas de los visitantes no sean otra cosa que apropiarse del tesoro perdido en la noche de los tiempos en la ciudad en sí, que compone un misterio para los mismos arqueólogos.
Sarah e Ismael tendrán que evitar que Mohamed se salga con la suya y consiga el misterioso tesoro para completar el sentido de una antigua profecía de los califas Abbasíes, quienes asesinaron a los Omeyas para derrocarlos del poder.
Misteriosas fuerzas  permitirán que Sara e Ismael  tengan la oportunidad de vivir en propia piel la ocasión de luchar por lo que  aman y  de esta manera vivan la aventura más formidable de sus vidas. Entretanto, conocerán a muchos que les ayudarán a conseguirlo, pero también encontraran a su paso detractores y enemigos acérrimos que ocasionarán demasiados problemas para tratar de salvar “El tesoro de  al-Zahrā".





miércoles, 22 de febrero de 2012

Madīnat al-Zahrā, La perla del califato cordobés.



Introducción


El lujo, la riqueza y el boato no significarían nada  en esta vida si no fueran de la mano de la excelencia, la exquisitez, la delicadeza y la fantasía. Y estas premisas se dieron a la hora de construir una muestra del esplendor Omeya; la ciudad andalusí  más bella que ha visto la historia: Madinat-al-Zahra (Medina Azahara).




Por esto, cuando se camina por ella es fácil imaginar lo que pudo ser la vida en sus tiempos dorados y la fastuosa suntuosidad de algunas de las recepciones celebradas entre sus muros, no es difícil vislumbrar la esplendidez y magnificencia del califa reinante y anfitrión de excepción y la riqueza y colorido de los ropajes de su corte,  hechos con tejidos nobles, los uniformes de gala de su guardia  real, la belleza de sus caballos andalusíes, los misterios de su conocido harén, los aromas de sus maravillosos jardines, el rumor de sus inigualables fuentes que convirtieron el sonido del agua en música relajante o el aspecto absolutamente esplendoroso y deslumbrante de los salones de esta noble construcción situada en España a 7 kilómetros de la ciudad de Córdoba en dirección oeste. La ciudad fue construida, orientada de norte a sur,  en la ladera de la Sierra de la Novia, «Chabal al-Arus» en tiempos del Califato, frente al frondoso valle del Guadalquivir.  Fue distribuida en tres terrazas, aprovechando con maestría el desnivel del terreno, dándole una forma rectangular que ocupó unas ciento doce hectáreas.
En el año 936 un ejército de más de diez mil trabajadores, liderados por los más expertos alarifes constructores de la ampliación de la fabulosa Mezquita-Aljama de la capital, comenzaban la construcción de la ciudad aúlica más importante y hermosa de todo el mundo occidental: Madinat Al-Zahra.
Las obras duraron algo más de veinticinco años  y su esplendor setenta y cinco años más. La Guerra Civil en Al-Andalus, los saqueos, los enfrentamientos y los incendios destrozaron la ciudad más admirable de occidente. La tierra fue cubriéndola y se convirtió tristemente en una cantera que, con el tiempo  se vio agotada y hasta para esos menesteres dejó de ser válida; desapareciendo su emplazamiento al que se le recordó como Córdoba la vieja. No fue hasta el siglo XIX que aquél montón informe de tierra y  piedras que formaron sus ruinas se identificó como el lugar  de Medina Azahara, no comenzando su excavación y restauración hasta 1910.
Ahora se han cumplido cien años del comienzo de esa aventura. Y a pesar de que lo recuperado no es ni sombra de lo que en su tiempo fue, pasear por ella te llena de esa magia particular y espectacularidad en la que sus piedras fueron impregnadas por el lujo y la riqueza de la mano  del buen gusto, la exquisitez y la fantasía. Al poner los pies sobre sus calles te invade una sensación de pertenencia, de satisfacción y asombro que no se puede explicar, más aún, si tus ojos vieron la primera luz en Córdoba.
Medina Azahara estaba rodeada de una imponente muralla cuya entrada presidía una enorme arcada donde una plaza de armas sin igual era el lugar donde los califas pasaban revista a sus ejércitos o los más grandes dignatarios eran recibidos con los fastos protocolarios de la época. Estaba la ciudad dispuesta en tres terrazas como ya he dicho: la superior (la que ha sido totalmente descubierta) y en donde se emplazaban los edificios del gobierno y los palacios de la familia real. La intermedia donde habitaron los funcionarios y la tercera, parte destinada al pueblo, que aún  permanece sin excavar. Contaba con dos mezquitas; La Aljama, para la familia real y los dignatarios y la destinada a los trabajadores de la ciudad. Y entre sus atractivos más singulares estaban sus jardines y sus fuentes, dignos de comprar con los de las «Mil y una noches».



   La historia que voy a contar ocurre en Madinat-al-Zahra, cuando la máxima grandeza de la Córdoba musulmana fue conseguida por Abderramán III al tomar el título de Califa en el año 929 y hacer de Córdoba un califato independiente de Damasco y la ciudad más floreciente, culta y poblada de la Europa del Medievo (casi un millón de habitantes). 
Sí, Córdoba fue la capital del mundo culto en la Edad Media, centro de Ciencia y Saber. Su biblioteca principal compitió en importancia con la de Alejandría. albergando entre sus paredes más de cuatrocientos mil ejemplares, según crónicas cristianas, y hasta un millón de ellos, según crónicas musulmanas. Es sabido que el califa Omeya fue también un gran impulsor de la cultura y, además, dotó a Córdoba con cerca de setenta bibliotecas menores, fundó una universidad, una escuela de medicina y otra de traductores de griego, de latín y de hebreo al árabe. Amplió la Mezquita,  construyendo su parte más rica y reconstruyendo el alminar.
Personajes como el médico Abul Qasim, primer cirujano cordobés en intervenir con anestésicos, hacer implantes dentales, operar un bocio o varices o destruir las piedras del riñón con el sistema que llamó litrolisis entre otras muchas cosas. El médico, matemático, astrónomo y filósofo Averroes, el rabino, médico y filósofo Maimónides, el filósofo, teólogo, historiador y poeta Ibn Hazm, el poeta gastrónomo y músico Ziryab o el arquitecto Muslama ben-Abdallah, primer diseñador de la Ciudad Áulica, entre otros; dieron  renombre a este hecho, haciendo eco en la historia como personajes destacados e inolvidables de la cultura  cordobesa.  
 Córdoba fue la capital de un califato llamado Al-Andalus que controló la mayoría de la extensión de la península Ibérica, lugar donde las tres culturas: la musulmana, la cristiana y la judía, convivieron de una manera ejemplar, justa y equitativa; donde el esplendor de una dinastía procedente de Oriente alcanzó su cota máxima, proyectándole la grandeza y brillantez que sólo unas cuantas ciudades han alcanzado en la historia.  

 ¿Realmente te lo vas a perder?












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