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miércoles, 30 de noviembre de 2011

Una Erasmus para Laura - Capítulo 60




 El establecimiento de Café Presto en Torrington Place era un hervidero de estudiantes a aquella hora en busca de un sándwich o un café. John lo había preferido a Costa Coffee y había llegado caminando hasta allí huyendo de encontrarse con caras conocidas que le hicieran preguntas y lo pusieran en un incómodo compromiso.  Estaba sentado en una mesa retirado de la entrada, no quería ser descubierto por el primero que llegara y lo reconociera implicado en la comidilla de la facultad: el asunto de Vicky Blackwell. Parecía que durante aquellos días no había otra cosa de que hablar en la Bartlett. Como si no hubiera en qué emplear el tiempo…
Hasta después de tener su café con leche doble muy caliente y dos sándwiches mixtos de jamón y queso, no empezó a sentirse seguro de que en aquel rincón podría estar a salvo de los indiscretos. No quería ver a nadie, ni a sus propios amigos. Se sentía demasiado vulnerable en esos instantes y un perdedor, como para permitir que lo viesen en aquel lamentable estado.  Estaba siendo consciente de que los errores cometidos se estaban cobrando su tributo, pero él nunca hubiera pensado que el tributo pudiera ser tan grande que podría apartarlo de su carrera como arquitecto, y al paso que iba, eso mismo era lo que  estaba a punto de suceder. Nunca debió dar a Vicky Blackwell una oportunidad de acercarse a él. Tenía que haber sido firme en eso y no haberse arrimado a ella cuando le interesó de alguna manera. Craso error que cometido llevado por el orgullo para demostrar a Paul… “¿Qué le había demostrado realmente?” Se preguntó sin encontrar ninguna respuesta que le satisficiera. Pero de lo que sí estaba seguro era que de todas las chicas que había conocido, Vicky era una más entre un millón y debería haber sido lo bastante sagaz para darse cuenta que ella le estaba ganando la partida poco a poco sin que él pudiera hacer nada por evitarlo. John se sentía un gran perdedor, no sólo por todo lo que estaba pasando, sino por perder a Laura también. Alguien tan cerca de él y tan lejos a la vez. Ni sus risas ni sus ocurrentes palabras le servían ahora de mucho; mas, de manera contraria, estaban haciéndole sentirse como un payaso en manos de aquella pequeña marrullera que le extorsionaba de una manera increíble y astuta, obligándole a esconderse detrás de una máscara donde poder lamentar su amargura a solas en un rincón apartado de aquel bar. Mientras se preguntaba por qué le ocurría eso a él. Qué había hecho tan malo para merecer que el destino le hiciera pasar por algo semejante… Pero ya era demasiado tarde para emprender un camino distinto, debía encontrar la salida de ése y escapar hacía la razón que le asistía, para demostrar que nada de lo que Vicky afirmaba era cierto. “¡Maldita la hora en que le puso una mano encima!”  Se recriminó duramente mientras apretaba los puños con ganas de golpear algo… o alguien… Pero no. debía conservar la calma y hacer las cosas de manera lógica y sensata. Sólo entonces lograría rescatar su dignidad ofendida y dejar de sentirse un perdedor. A pesar de todo y de lo que los demás pudieran pensar, él no era lo que parecía ser. Era John Lane, un joven prometedor, estudiante de arquitectura e iba a encararse con su destino y tomar las riendas de su vida sin dejarse manipular por nadie. Aunque todavía no sabía cómo hacerlo.
Cuando acabó de comer abrió su libro de Historia y se colocó al lado una carpeta con folios de apuntes. Empezó a leer, pero su mente divagaba entre las líneas consumiendo letras sin sentido mientras que sus ideas no se apartaban de problema que planeaba sobre su cabeza. Estaba completamente distraído, abstraído en los consejos de Mr. O’Toole, las broncas de sus padres, las bromas y recomendaciones de sus amigos y las palabras de la aprovechada de Vicky incriminándole de aquella manera tan sucia en algo que podría haberse solucionado de una forma más normal y sin darle tanto pábulo a diestro y siniestro como había hecho la muy pérfida. ¿Persiguiendo qué? ¿Su amor? “Pues estaba lista”. Se dijo mientras garabateaba en el papel. “El orgullo viene antes de la caída”. Pensó con determinación en el proverbio, y no iba a prescindir de él por muy bajo que hubiese caído ante sus padres o sus amigos, si le quedaba alguno... Sin embargo, por más que analizaba todo el tiempo transcurrido desde que comenzó el curso, era difícil caer en la cuenta de lo que estaba pasando y cualquier esfuerzo por buscar la luz parecía inútil. De repente se fijó en los garabatos que había dibujado en el folio que emborronaba con ellos. Eran eles, una detrás de otra… Soltó el bolígrafo sobre la mesa, como si le diera calambre, tan fuerte, que fue a parar al otro extremo y no lo detuvo por un micro-segundo antes de que volteara al suelo sin remedio. Se agachó para buscarlo y cuál fue su sorpresa que, al alcanzarlo, una mano femenina ya lo había atrapado al llegar al suelo y estaba dispuesta a devolvérselo con una sonrisa tan encantadora como sugestiva que John no recordaba haber recibido de nadie en semanas.
―Se te ha caído ―le dijo Jane Archer alzándose del suelo tras recoger el bolígrafo de John.
Él se quedó mirándola un poco fuera de contexto, no se había dado cuenta que por huir de sus compañeros y amigos se alejó de Costa Coffee en busca de seguridad y soledad, pero se había metido en Café Presto, la cafetería que era frecuentada por los alumnos de la RADA. Era demasiado tarde cuando cayó en la cuenta al ver a Jane sonriente y solicita, con la mano extendida, devolviéndole el bolígrafo.
―Hola ―le dijo levantándose para saludarla, dándole un beso en la mejilla, a la vez que oteaba los alrededores en busca de Ruth McClellan, su sombra.
Jane le devolvió el saludo complacida de verle y haberle encontrado allí por primera vez en tanto tiempo. Echó un fugaz y taimado vistazo a su alrededor, que a John no le pasó desapercibido, intuyendo su intención de saber si Paul se hallaba cerca de él.
―¡Qué raro verte por aquí! ―continuó diciendo Jane.
―Trataba de estudiar un poco ―expuso John como excusa, no pensaba decirle la verdad de su situación―. Bueno… pasar apuntes y eso… No se puede concentrar uno mucho con tanto ruido. Pero los sándwiches son muy buenos… ¡y el café! ¿Te apetece tomar algo?
―Estoy con Ruth McClellan y otros compañeros en una mesa del fondo  ―le comunicó señalando hacia la mesa donde los demás estaban mirándolos sin quitar ojo―. Pero supongo que no se irán sin mí, si me tomo algo contigo… ¡Un café irlandés!
John levantó una mano para saludar y Ruth le contestó acompañando al saludo con una sonrisa que le pareció falsa.
―Pues que sean dos ―le dijo con la mirada fija en el bolígrafo―. ¿Te importa?
―¿Perdón?
―El boli…
―¡Ahh! Sí, el bolígrafo… ¡Cómo no! Toma ―se lo ofreció.
―Siéntate, por favor… ―le pidió con amabilidad―. Voy a pedir los cafés.
Jane le brindó una sonrisa protocolaria al ver que se dirigía a la barra y se quedó mirando al chico. Intuía porque estaba allí, las noticias de esa índole corrían como la pólvora. Encontrarle había supuesto de momento una oportunidad de oro que, por supuesto no pensaba desperdiciar. Llevaba semanas urdiendo un plan y John significaba una gran aportación logística a ese plan. Antes de que John volviera con los cafés, se volvió hacia la mesa que ocupaba con Ruth, Tyler y otro chico compañero de la RADA y les hizo señas con la mano indicándoles que esperaran...

sábado, 12 de noviembre de 2011

Una Erasmus para Laura - Capítulo 59


TERCERA PARTE
TERCER CUATRIMESTRE
Abril-Julio 2011


  Diseño gráfico de amor, venganza y partida en un sólo plano.




Capítulo 59



Los exámenes habían acabado hacía unas semanas. Había llegado la primavera, pero eso no era motivo de alegría. El sol no brillaba alto. El cielo no era de un azul resplandeciente. Los pájaros no cantaban ni las flores eclosionaban por doquier… Seguía haciendo el mismo frío, las nubes encapotaban un cielo grisáceo y la lluvia se paseaba por las calles regándolo todo casi todos los días, aunque éstos empezaban a notarse un poco más largos al atardecer. 
Los resultados de todo el trabajo del aquel largo cuatrimestre se vio recompensando con creces para los chicos del grupo Lane, cuya mayoría de integrantes obtuvieron las calificaciones esperadas en sus pruebas, todos menos Vicky e, increíblemente, John, que, para asombro de todos, había suspendido Proyecto, Historia y Geometría Descriptiva.
Las presiones a las que se vio sometido durante ese tiempo se habían cobrado sus tributos, aunque John no parecía demasiado preocupado por ello. Su mente estaba en otro estrato de su existencia, como ausente de la realidad, preguntándose qué estaba pasando a su alrededor y cómo solucionar eso mismo que pasaba fuera de su control  y que lo arrastraba, de una manera bestial, a un abismo  al cual él se negaba a caer. John era perfecto conocedor que si se dejaba llevar por las pretensiones de la flipada de Vicky Blackwell jamás recobraría su cordura y su dignidad. Con reprimir en su cabeza sus deseos de eliminarla (ya tenía bastante) de un plumazo de su vida, como hacía el personaje de su juego favorito de la Xbox, Assassins Creed, con el cual se evadía de sus problemas y pasaba los pocos momentos de descanso que tenía  en los últimos días en que iba a vivir en su casa de momento, pues eso lo relajaba, descargaba su adrenalina dando sablazos a diestro y siniestro y le ayudaba a pensar. Pero lo único que tenía claro era que odiaba a Vicky sin remisión por haber destrozado su vida, por haber roto su imagen social y académica convirtiéndolo en un vulgar cernícalo sin sentimientos ante todos sus amigos, compañeros y conocidos. Los estudios habían caído en un lugar secundario, pues sin su personal energía creadora y su inteligencia trabajando a tope no podía seguir adelante, además del cansancio físico que mermaba mucho su actividad intelectual.
Vicky Blackwell se lo ha había arrebatado todo de momento,  y el sólo hecho de pensar en ella a todos horas del día ya generaba una sensación de agotamiento unido al desaliento emocional que le resultaba difícil superar. Aunque John sabía que era transitorio y hacía ver que eso no le importaba demasiado. Sin embargo, sabía que no podría seguir demasiado tiempo así. Tenía ya suficiente con lo que sucedía en el centro de su vida y con frenar sus impulsos, necesitando de toda su voluntad para no cometer una locura, y poder pensar en soluciones, como para estar fingiendo ante todos una indiferencia que no era tal...
  

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