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miércoles, 6 de octubre de 2010

Una Erasmus para Laura - Capítulo 4

El Aula Magna de la Escuela Bartlett de Arquitectura una de las facultades más prestigiosas del mundo de la University College London estaba a rebosar aquella primera mañana del curso. Los alumnos veteranos de cursos anteriores habían llegado con tiempo de ocupar los asientos, pero los nuevos y los que llegaban con las becas desde el extranjero se habían tenido que conformar con quedarse de pie en la parte de atrás para escuchar el discurso del decano.
―…Por eso, estimados alumnos ―decía Mr. Jerome Landfield para terminar―, espero que haya quedado claro que en este curso nuestro objetivo es cubrir un amplio campo de ideas en arquitectura, tecnología, diseño, teoría e historia para hacerles comprender la manera en que se debe concebir el mundo arquitectónico y cómo se debe conformar a la vista de otros; siguiendo un considerable campo de disciplinas tales como la teoría del arte y el arte en sí mismo, críticas teóricas , geografía urbana y estudios culturales de críticas periodísticas que nos aportaran la esencia de nuestra creatividad vista desde fuera. Contaremos con grandes conferenciantes y espero que todo esto sea de mucho provecho para todos ustedes. Bienvenidos todos a un nuevo curso de la Escuela Bartlett. 
―Menudo rollo se ha marcado el peñazo ―comentó Ritchie aburrido―. Casi me duermo.
―Pues éste ni casi… ―anotó John dándole un codazo a George para despertarlo―. ¡Está frito!
―¡Cómo! ―exclamó poniéndose derecho con los ojos asustados―. ¿Ya se ha acabado?
―Sí y creo que vas a poder contárnoslo a todos… ―dijo John maliciosamente―. Nos hemos quedado sopa.
George les miró desorientado por un instante.
―Pues, yo también ―les dijo.
―Pues vaya pena… ¿Cómo vamos a hacer el programa de curso?
―¡Vamos, John! ―se quejó George captando la broma―. ¿No me vas a hacer creer que vas a basar el temario del curso en el discurso del decano?
―Con lo interesante que ha estado, ―se regodeó Ritchie riendo―. Como cada año, ¡un plomazo!
―Pero, ¿tú no te habías quedado dormido?
Richard le miró haciendo una mueca chistosa que interrumpió Paul que no participaba de la broma y seguía pareciendo ausente.
―¿Alguien quiere un batido, un café o un té? ―preguntó hambriento―. Un poco más y estamos aquí los primeros para mañana.
―Un café no estaría nada mal a esta hora de la mañana ―aceptó John―. Desde luego pagas tú, quien invita paga. Después subiré a recoger el plan de estudios y nos podremos marchar a casa.
―Oye, tío, si quieres un café te lo pagas tú, que yo bastante tengo con pagar la gasolina en donde tu culo viene subido.
―¡Haya paz, por favor! ―medió Ritchie―. Yo os invito a los dos.
De camino a la cafetería George recibió una llamada de móvil y se apartó en un rincón de una de las grandes galerías   para poder hablar con calma. Los chicos estaban esperándole empezando a hablar de las ideas que tenían sobre el plan de estudios que pondrían en marcha, cuando un grupo de jovencitas pasó por el lado de ellos en plena charla sobre el discurso del decano Landfield. John se quedó mirándolas, les sonaban sus caras, pero de momento no podía ubicarlas. Sentía una sensación de conocerlas o al menos de que alguien se las había presentado, pero no lograba recordar.
Paul, sin embargo se fijo en una, su larga cabellera morena y su forma de andar elegante y juvenil captó su interés de una manera especial. “¿De qué curso serán?” ―Se preguntó de inmediato―. “¿Cómo no puedo acordarme?” ―se dijo a sí mismo seguidamente―. “Una cara tan bonita no la olvidaría nunca” ―pensó después―. “¿Estaría en mi fiesta de cumpleaños y se me olvidó con el pollo que me montó Jane? Pero, si estaba… ¿Con quién vino? ¿Quién la invitó?”
―¿Te has fijado? ―le preguntó John dándole un codazo sin quitarles ojo a las jóvenes.
―¿Fijarme, en qué?
―En las niñas. Están para mojar sopas y no parar.
―No ―negó mintiéndole sin saber por qué―. No me he fijado en nadie, sólo quiero tomarme ese café del que te hablé antes, a ver si George termina con la conferencia que parece la centralita de la ONU.
―Desde luego estás desconocido, tío. Un grupito como ése y tú sin soltar nada por tu boca… Lo que te digo, tío, no te conoce ni tu madre.
―Mira, tío, de mi madre ni me hables, por favor…
Paul le miró indignado se dio media vuelta y sin esperar a que George acabara de hablar por teléfono siguió su camino a la cafetería. John se quedó perplejo.
―Pero, ¿qué he dicho?
―Paul no está bien… ―le dijo George en tono confidencial―.  Creo que sus padres tienen algún tipo de problemas y él yo qué sé, tío,  lo acusa de esta manera. No es tanto que Jane haya cortado con él… Es más lo que pasa en su casa.
―¿Sus padres? Pero si Pat y James McClellan son encantadores.
―Nadie lo pone en duda… Pero escuché accidentalmente a mi madre comentar con la de Ritchie, cosas que Pat McClellan le había contado. Al parecer el amor se ha enfriado un poco… o un mucho, no sé.
―¡Qué cursilada! ―exclamó John riéndose―. ¿Quién puede hoy día decir semejante memez? Se dice, se acabó o estoy hasta las narices… o cosas más fuertes, pero “el amor se ha enfriado”. Son unos fósiles si piensan así.
―¡Calla! ¡Por Dios! No se te vaya a ocurrir hacer bromas de esto tan serio. Es completamente confidencial lo que te digo, más que nada para que puedas comprenderle y apoyarle, si es necesario. Ni siquiera Paul sabe nada.
―Como en todo, el que los lleva puestos es el último en enterarse.
―Por favor John… guarda silencio al respecto y no chinches a Paul de esa manera.
―Seré una tumba… Ahora en lo de chincharle… a ver si le arranco una sonrisa…  Que desde que volví de Nueva York tiene cara de limón agrio.
―¿Vamos a ir a tomar algo o qué? ―se quejaba Ritchie sentado en las escaleras―. Parecéis dos cotorras viejas cuchicheando de secretitos entre vosotros.
―¡Calla enano! ―le dijo John bajando ya por delante de él―. ¡Y vamos!
―¡No te pases!
John se había quedado un poco pillado con lo que George le había confiado, durante el trayecto por las escaleras trató de buscar a Paul con la mirada para alcanzarle, pero su amigo ya estaba abajo en el patio. Aunque cuando alcanzó el nivel inferior vio de nuevo a las chicas del pasillo, que intercambiaban al parecer objetos de maquillaje entre ellas. La de cabello oscuro estaba un poco apartada del grupo observando cualquier cosa, que escapaba de su punto de visión, pero que tampoco importaba demasiado. El caso era que no se dedicaba a cambiarse el rímel con sus compañeras.
―Id delante, chicos, ahora os alcanzo ―les dijo a los otros dos para que lo dejasen solo.
Ambos le miraron extrañados, pero no hicieron comentarios, alcanzaron a Paul y continuaron para la cafetería. Cuando estuvo seguro de que se habían marchado de que nadie le observaba, John aprovechó para acercarse a aquella chica de cabellos moreno que parecía absorta en la imagen de un árbol cercano a una pequeña construcción parecida a un observatorio pero de pequeñas medidas y unos bancos bajo uno de los árboles del patio de la Facultad. Los miraba con deleite disfrutando de la visión.
―Hola ―le dijo con tono amable.
Laura se volvió al oírle y se encontró con un joven gratamente atractivo, de cabello rubio oscuro, alto y bien formado con un rostro picarón e inteligente que se había dirigido a ella sin conocerla de nada. Contestó de la misma forma acompañando de una sonrisa que a John le pereció muy bonita.
―Hola.
Él la miró de arriba abajo encantado, de cerca era más bonita y su sonrisa encantadora le había causado una agradable sensación deseando al instante conocerla mejor.
―¿Observas los bancos? —le preguntó para seguir la charla.
―Observo el entorno… Como ha dicho el decano Landfield. El conjunto de estas pequeñas construcciones  junto a los  árboles de hojas cobrizas y los bancos en este enorme patio, el césped las flores cerca de la pared… El edificio clásico con el frontón hipóstilo helénico... Me parece tan armónico y organizado.
John echó un vistazo a su alrededor, de hecho llevaba asistiendo a clases allí durante un año  y nunca se había fijado en aquel rinconcito “armónico”, pero al mirarlo en ese instante, todo el lugar pareció diferente.
―Sí, es cierto ―sonrió sorprendido por el efecto que las palabras de aquella chica desconocida habían causado en él―. Es armónico y agradable. Mantiene un equilibrio entre pasado y presente muy interesante… Aunque si lo analizas con  sentido práctico, su función no deja de ser nada más que decorativa en el entorno. Observa las dos edificaciones en el patio. Forman un tándem de proporcionado reflejo deliberado que repercute en consecuencia en la armonía de la simetría de los elementos que lo componen, sin dejar oportunidad alguna a una refracción analizada del conjunto arquitectónico. En definitiva: es como si hubieran reflejado la mitad de este lugar en un espejo...
―¿Hay un arquitecto en ti?  ―le preguntó ella sorprendida por su manera de hablar.
―Me llamo John Lane y estudio segundo de arquitectura ―le dijo directo extendiéndole la mano.
―Yo soy Laura Bernal y estoy aquí con una beca Erasmus. Estudio también arquitectura ―le estrechó la mano y además le dio un beso en la mejilla.
 John se quedó un poco suspenso, pero le gustó y por unos instantes se quedó mirando a la chica sin decir nada, simplemente sintiendo la sensación que sus labios habían dejado en la piel de su rostro. Tuvo la intención de llevarse la mano al lugar para tocarlo, pero se frenó pensando en que eso era una auténtica gilipollez. Y a medio camino la bajó de nuevo hasta las carpetas que llevaba en la otra mano y le sonrió sintiéndose un poco estúpido.
―¡Eso es estupendo! ―le dijo―.  ¿En qué curso?
―Segundo, como tú ―sonrió ella.
―¡Más estupendo todavía! Yo diría que fantástico. ¿Te apetece un café? Unos amigos y yo habíamos bajado un momento para tomar uno… Si nos quieres acompañar, nos encantaría.
―No gracias ―le sonrió amable declinando su ofrecimiento―. Estoy con unas compañeras… Me esperan. Gracias de todas formas, otro día tal vez. Debo irme. Ya nos veremos por aquí. Adiós.
―¡Espera, Laura! ―la detuvo sin saber qué más decirle, simplemente para volver a ver sus ojos color miel.
―¿Sí?
―Bueno, no… no es nada…ya hablaremos. Como bien dices, ya nos vernos en las aulas… ―vaciló al decírselo y no sonó convincente, pero Laura, con tan sólo unos días en la capital, no captó la duda en las palabras de John y le sonrió complacida.
―Sí, claro… es lo más normal, creo yo…
―…Sí… ―le sonrió con un tic nervioso golpeándose la carpeta con el bolígrafo―, lo más normal.
―¿Cómo me has dicho que te llamas? ―le preguntó ahora interesada.
―Lane, John Winston Lane.
―¿Perteneces al famoso grupo Lane del que tanto se habla? ―preguntó curiosa recordando las palabras de su compañera de cuarto.
―¡Vaya! ―dijo él sorprendido por la pregunta―. ¿Conoces nuestro grupo?
―De oídas, pero he de decirte que vuestra fama os precede, en la residencia donde me alojo se habla de vosotros con mucho interés.
―¿Interés? ―se se fijó en cómo lo había dicho y despertó en él curiosidad―. ¿En qué residencia te alojas?
― En la residencia para chicas Highgate en Cholmeley Park.
―Sí, la conozco y ya me imagino el tipo de interés que tienen en el grupo Lane.
―¿Por qué dices eso?
―No voy a contestar ―sonrió con la diplomacia asomada en su mirada―. Estoy seguro de que lo descubrirás por ti misma a no mucho tardar. Pero sea como sea me complace que hayas escuchado hablar de nosotros, aunque no haya sido precisamente por nuestro éxito académico, sino por otras cualidades que quedan más a la vista… de las chicas… ―su sonrisa hablaba del significado de sus palabras.  
John hizo una mueca de satisfacción repentina sin querer hacer más declaraciones al respecto y miró a la chica con una expresión de alegre simpatía. Laura era la primera chica que había hecho un comentario tan halagador como aquél sin que la moviera ninguna intención ―pensó sin creérselo. Por el contrario, el resto se acercaba queriendo formar parte del grupo Lane, no por su prestigio, sino por sus componentes, y sus comentarios, en un caso semejante, habrían sido de una índole más sexual que erudita, con tal de poder abrir la puerta que las admitiera a formar parte del grupo. Eso lo habían aprendido en primero. Pero Laura había sido tan natural y había mostrado tal interés al haber preguntado de aquella forma tan espontánea y auténtica que a John le había calado hondo. De repente una extrajera recién llegada, había acabado con todas la defensas que el chico tenía con aquel tipo de muchachas; “Las chicas Erasmus”. Siempre listas para lecciones de anatomía sin estudiar precisamente medicina, la gran mayoría…
―…Bueno ―le dijo sin saber realmente qué decir―, nos veremos mañana…Laura.
―Sí… por supuesto… ―le sonrió un poco nerviosa. Ella no podía creerse que en el primer día de clase había conocido al mismo John Lane y de aquella manera tan fortuita. Las chicas no se lo creerían y menos Vicky―. Ya nos veremos por aquí…John.
 ―Te presentaré a mis amigos. Seguro que te gustará conocerlos.
―Estoy segura ―le sonrió de nuevo―. Hasta mañana. ―Y levantó una mano para decir adiós volviendo dentro.
―Hasta mañana…, preciosidad ―murmuró para sí sonriente por el encuentro―. Laura, bonito nombre…
Mientras tanto en la cafetería todos se habían terminado sus cafés con sus bollitos de leche o tarta de manzana ya y charlaban mientras esperaban ver a John aparecer. Paul consultaba su reloj, pensando que el tiempo se les estaba acabando y tendrían que volver a la facultad y John seguía sin aparecer. Cuando entró por la puerta la cara se le había transformado. Sonreía como un bobo hasta que se sentó al lado de los demás sin dejar de sonreír.
―¿Qué pasa? ―inquirió George―. ¿Y esa cara de colgado? ¿Has visto una aparición o el decano Landfield ha descubierto que fuiste tú quien rompió la maqueta del London Bridge el año pasado?
―¡Ssshhh!  ―le calló poniéndose el dedo en la boca―.  Eso está vetado, Georgie… Todavía es secreto de estado mayor. La cosa está muy reciente y el decano Landfield podría crucificarme vivo, sobre todo con mi padre, suelen cenar juntos una vez al mes. A Bob ya lo crucificó… y fíjate si ha tenido problemas… Si se enterara que Bob no estaba solo, disolvería el grupo y nos perderíamos en la noche de los tiempos, olvidados en el ostracismo como algo que existió pero nunca llegó a la gloria del de la licenciatura.
―Tampoco eres exagerado tú ―se reía Ritchie de las palabras de John―. Tú equivocaste la carrera, tú deberías estar con la hermana de Paul estudiando Arte Dramático y Escritura Creativa.  Y entonces, ¿a qué viene esa cara?
―Creo que me he enamorado ―anunció solemnemente.
―¡Acabáramos! ―sentenció Paul―. Entonces lo que te pasa es que acabas de elegir a la última mártir… Pobrecita… Déjate de chorradas, John y vamos a hacer nuestro plan de estudios y después pensaremos en los polvos que podamos echar.
―Es una chica preciosa, de veras ―admitió sin escucharle―. Tiene el cabello moreno, intenso y unos ojos que te dejan sin respiración… Es creativa e inteligente…
―¿Todo eso en tan poco tiempo? ―se rió George también al escucharlo―. ¿Has traído de Nueva York un escáner de la NASA o algo parecido para explorar a las chicas y conocerla en un segundo así de bien?
―Déjate de idioteces, tío… ¡Es un ángel!
―Sí, un ángel; lo mismo que Martha Greene era un demonio… ―rió Ritchie.
―Y tú un aguafiestas… ¿No puede uno soñar con los ojos abiertos? Pero esperad cuando la veáis.
―¿Piensas invitarla a salir? ―inquirió Paul preocupado mirándole fijamente.
―¿Se me ha notado mucho? Es la chica más linda que he conocido. No hay nada malo en eso.
―Cuando se es el líder de un grupo tan prestigioso como el nuestro… ¡Sí!  ―rechistó molesto por la actitud de su amigo―. Estoy harto de sacarte de los líos donde te metes, con tus calenturas repentinas, y nos metes a todos también… John, ¿de verdad que en Nueva York no has aprendido un poquito de seriedad?
―¿Hay algo serio en Nueva York?
―Sí, tu tío Thomas y la Estatua de la Libertad ―le dijo Paul―. ¿O te perece que esa señora de cobre es guasona y sonriente? ¿Le has mirado bien la cara?
―No la he mirado a la cara frente a frente, pero glamurosa sí que es… y famosa, Eso no me lo puedes negar.
―No tienes arreglo… Volvamos a la facultad. Ritchie, paga hoy.
―Tenía la secreta esperanza de que se te hubiera olvidado, Paul.
―¿Olvidársele a éste? ―refunfuñó John de nuevo―. Pero si es más agarrado que el pasamano de una escalera. ¿No quiere traerme mañana en metro?
―¡Cómo sigas así, te vienes andando! Estás avisado, tío ―bufó Paul harto de las bromas de su compañero―.  ¡Qué eres un plomazo! No tengo ya con mi hermano, que está todo el día dando la vara con todo, para que ahora tú hagas chistes y divulgues nuestras conversaciones privadas. ¿No te jode, tío? Vámonos que me estoy poniendo malo de los nervios, no sé ni cómo aguanto al peñazo éste. ¡Métete en tu cabeza el plan de estudios de este curso! …y después ya hablaremos de otras cosas ―acabó riéndose al final―. Te recuerdo las bicicletas…
―Eres un tirano, Paul, me maltratas…
―¿De veras crees que soy un tirano? ―le preguntó con un rictus serio de su rostro.
―Y un sátrapa…
―¿Has visto alguna obra clásica en la BBC2 últimamente, tío? …Sátrapa… ¿De dónde leches te sacas eso? Para sátrapas y tiranos ya tenemos a los carcas de los profes... ¿O no te has dado cuenta? Yo soy un sufridor más de sus tiránicas acciones, como cualquiera de nosotros.
―Eres un inculto, Paul… deberías leer más ―eludió responderle a lo que le había dicho para no cambiar de tema.
―Mira tú quien fue a hablar…, que desde que se tragó los ocho volúmenes de la enciclopedia que hay en el despacho de su padre, no ha vuelto a coger un libro de narrativa más.
―¡Ah! Sí… ¿Y qué estás leyendo tú ahora?
―Leo a Stephanie Meller.
―¿Stephanie Meller?
―Sí, ¡antiguo! ―repuso George―. La autora de Crepúsculo.
John soltó una carcajada mirando a Paul que se había quedado muy serio.
―No me digas… ―continuó riéndose―. ¿No me digas… que lees esas mariconadas?
―Al menos las leo, en cambio tú…  ¡Qué gilipollas estás hoy!  
―Novelitas de amor y vampiros… ¡Buuu! ―se mofó―. Se me ponen los pelos de punta. ―Y siguió riéndose.
―No le hagas caso, tío ―le dijo Ritchie dándole una palmada en la espalda a Paul―. Ya se le pasará… No lo hace con mala intención. Yo también estoy leyendo esa novela.
Sí… sin mala intención ―comentó mirando a John entrecerrando los ojos―, pero te pone de los nervios, tío. Hay que tener una cuerda con él...






4 comentarios:

Klaudia Blauen dijo...

Madre mía, estos chicos tienen las hormonas alteradas y se les va la olla hahahaha
Está muy bien xD

escritora Laura M.Lozano dijo...

De la olla no es que estén muy bien... Un poco pirados y muy felices de ser quienes son... y más pirados que van a estar. La vida les sonríe y no tiene motivos para sentirse desdichados... La hormonas también juegan su parte y eso los convierte en muy naturales.
Un beso.

B€!t@ dijo...

Dios me encanta!!!! Lo siento por la tardanza jo, pero ya sabes que casi no tengo tiempo, y menos internete.. dichoso aparato.. xD bueno, si me da tiempo te comento en el siguiente y asi , poko a poko, comento todo :) Un besito guapa :)

marymaria dijo...

Laura tu novrla es adictiva! te cuento que ahora mismo estoy en mi trabajo y no puedo soltar tu historia!

Me encanta la amistad de los chicos, y ese Jhon si que es loco, me cae un poquitito mejor Paul, pero conforma avance en la lectura los conocere mejor y vere quien me gusta màs. Un besote.

Y voy por el cap. 5!!!!!

¿Qué te atrae más de la novela y te hace disfrutar de ella? (puedes elegir más de una respuesta)

¿En que capítulo de la novela te enganchaste?

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