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miércoles, 6 de octubre de 2010

Una Erasmus para Laura - Capítulo 6

  Paul esperaba echado en el capó de su Mini Cooper estacionado en uno de los aparcamientos al lado de la acera en  Gordon Square justo al lado del Instituto de Arqueología del [1]UCL esperando a que Ruth saliera de sus clases en la Royal Academy of Dramatic Art, más conocida entre los alumnos como [2]RADA. Ruth apareció por la esquina acompañada por su profesor Gregory Chelsom, venían riéndose divertidos. Paul le observó todo el rato y no comprendía qué le atraía tanto a Ruthy de él. Chelsom le llevaba sus libros en la mano y Ruth sostenía su enorme bolso en el hombro, donde solía llevar, entre otras muchísimas cosas, su bolsa de maquillaje y sus mallas para la clase de danza. Se detuvieron poco antes de alcanzar a Paul y se besaron. Él desvió la mirada por cortesía, pero en el fondo no le agradaba para nada aquellas demostraciones de afecto en plena calle de un profesor hacia su alumna. Cualquiera podría verlos y sacar conclusiones erróneas del asunto. Volvió a mirarlo, seguían acaramelados, y de nuevo la sensación de no comprender qué le gustaba a Ruth de Mr. Chelsom le asaltó profundamente. Ruth tenía dieciocho años, era una joven vital y extrovertida, con una carita moderna de líneas bien definidas, con una nariz bien formada, pequeña y redondeada en la punta que asomaba entre unos pómulos con la tersura de un melocotón fresco y los profundos ojos de color cobrizo intenso brillaban alegres, una boca pequeña y de labios finos siempre riendo, la hacía chispeante. Su  cabello resultaba llamativo, del mismo color que los ojos, al que se solía poner mechas rubias y que cortaba decapado peinándolo en manojos por detrás y con un flequillo bien delimitado hasta cubrirle las misma cejas, por delante, como los dibujos  manga japoneses de la que era una autentica fan. Su favorita: Sakura Kinomoto de la serie La cazadora de cartas. Solía usar felpas y pañuelos combinándolos con la ropa, vestía siempre a la última hasta para ir a tirar la basura. Lo que compartía con su íntima amiga Jane Archer, las dos solían tener un aspecto muy parecido, pudiendo pasar por hermanas para los desconocidos. Compartían todo, gustos, libros, música, color favorito, chicos favoritos y secretos. Jane y Ruth eran uña y carne.
Todo en Ruth era lo que más le chocaba a Paul, ese tipo de niña con un hombre de treinta años, con unas grandes entradas y patillas donde apuntaban las canas grises sobre un pelo color arena, unas gafas aéreas con montura de titanio y una perilla a lo Jack Sparrow (pero con una sola coletita), que no podía pasar desapercibida y de donde colgaba dos pequeños dados perlados en gris… Tal vez en su cara tenía, ese toque de encanto que te puede dar la inteligencia, porque no se podía negar que era un gran profesor de Introducción al Espacio Escénico y de Análisis de Textos y eso podría ser lo que, a los ojos de Ruth, le hacía irresistiblemente interesante. Su voz penetrante y su cuerpo bien formado por el ejercicio, aunque su indumentaria hiciera ver a un hippy, realmente detrás de todo aquel atrezo había un intelectual que poseía todos los elementos necesarios para una adecuada puesta en escena y para hacer caer rendidas a cualquiera de sus alumnas. A Paul no le impresionaba ninguna de sus cualidades. Naturalmente le veía como un tío más, maduro, experto y deseoso de ligar dentro del mundo donde se desenvolvía… como un auténtico asaltacunas y nada más. No podía sentirse seguro de las intenciones de Chelsom, no se fiaba  y, menos, cuando era su propia hermana la que salía con él.Ellos se habían conocido en un seminario de escritura creativa en Oxford al que Ruth acudió en el verano para ir tomando contacto con su carrera, pero el único contacto que logró fue un novio trece años mayor que ella y que había tenido que mantener oculto durante aquellos meses, hasta ahora. Sólo su hermano Paul y Jane sabían que salía con su profe de Espacio Escénico y Análisis de Textos confiando en la promesa de sensatez y “decencia”  que logró sacarle a Ruth.
―Hola ―dijo ella dándole un beso a su hermano en la mejilla―. ¿Llevas mucho esperando?
―Como media hora. He visto salir a todos los de Arqueología, pensé que me habías olvidado.
―Perdona… ―intentó disculparse Gregory Chelsom, pero se dio cuenta que no recordaba el nombre del chico y se quedó vacilante mientras intentaba acordarse.
―…Paul, mi nombre es Paul. Es fácil.
―Sí, sí… Paul… ya… ―sonrió azorado por el descuido―. No es mi estilo olvidar los nombres, pero con el tuyo no sé qué me pasa… es un caso aparte… Los de mis alumnos los recuerdo siempre y hay varios Paul entre ellos.
―¿Será que soy el hermano de Ruth? Y eso pues…, causa un poco de inquietud, al menos. Digamos que no soy un Paul cualquiera.
―Sí, sí ―volvió a decir el profesor Chelsom sin ocultar su nerviosismo―. Puede ser eso… Paul, el hermano de Ruth… ―repitió inquieto, miraba a Paul escuchando sus palabras como si fueran amenazas. Ruth aún no se había dado cuenta.
―Espero que a ella le sirva de algo, después de todo. No será mayor de edad hasta octubre y si esto lo supieran mis padres, no le quedaría mucho que enseñar en ningún colegio ni escuela de este país… Lo sabe.
―No sé porque dices eso, chico. Respeto a tu hermana como a cualquiera de mis alumnas. De eso no debes tener duda.
―Mis dudas son cosa mía, Mr. Chelsom y trate bien a Ruth en todo momento, porque se las verá conmigo antes que con mis padres, si a ella le pasa algo. Ya le digo que, si callo esto, es porque espero que le sirva de algo a Ruth. Es lo único que va a sacar de su relación con usted…
―¡Paul, eres un pesado, déjalo ya, aguafiestas! ¿Cómo te atreves a decir eso?
―¿Sacar? …No entiendo. ¿Qué debería sacar Ruth? No salimos para sacar algo… En eso te equivocas.
―Es muy fácil, Mr. Chelsom ―se aventuró Paul a insinuar muy directamente―. Salir con un profe de Introducción al Espacio Escénico y de Análisis de Textos debe servir para que dos asignaturas estén superadas a fin de curso… Eso sería lo suyo.
―¡Paul! ―exclamó Ruth dándole un tortazo en el hombro―. ¿Pero qué dices? ¡Qué cara tienes!
―No, no, ―la detuvo Chelsom―, pero si tiene razón tu hermano. Todo tiene un precio en esta vida ―insinuó veladamente con una sonrisa nada limpia a los ojos de Paul―. Llámame Greg, lo hacen todos mis amigos.
―Pero es que yo no pretendo ser su colega, Mr. Chelsom. Sólo soy Paul, el hermano de Ruth McClellan y quiero seguir siéndolo de esta manera, si no le importa.
Chelsom se mostró de nuevo inquieto, la celada advertencia que acababa de hacerle aquel muchacho muchos años más joven que él, le había sentado como una patada en la boca del estómago, pero si quería seguir con Ruth, tenía que aguantar ser advertido por un estudiante como los tantos que asistían a sus clases. Le lanzó una mirada imprecisa, tratando de ocultar sus pensamientos, en eso era muy bueno, no en vano era uno de los mejores profesores de la RADA. Paul no cejó en su actitud, aunque Ruth le diera un pisotón disimulado para disuadirle. Se produjo un silencio de esos incómodos en los que estás pensando que o dices algo o mejor irse. Las miradas se sucedieron entre los tres. La de Paul desafiante, la de Chelsom desconcentrada y la de Ruth ruborizada. La charla se acabó de repente. Cheslom recurrió a la excusa más práctica que tenía a mano y regresó a la Academia admitiendo seguir teniendo trabajo pendiente. Ruth se mostró más enfada con Paul por su ligereza al comentar lo que dijo y él se defendió como pudo alegando preocupación por ella. Mike llegó poco después.
―Hola familia…, veo que seguís en plena armonía… ¡Eso está bien!
―¡Cállate Mike, eres tonto!
―¡Jolín! ―se quejó a oírla hablar con una gran carga de enfado―. Hoy hemos empezado antes… ¿Os apetece un café o una cerveza, un chupito de nitro o un petardo de TNT? Os invito a ver si se os aplacan las hormonas.
―Eso es una buena idea ―resopló Paul relajándose―. Pero recordad que no nos podemos parar mucho ―concluyó consultando la hora―. Papá y mamá tienen un cóctel esta noche. Inauguran el hotel que papá ha diseñado y el grupo ha construido este año…
―Sólo será un momento, no quiero regresar a casa con Ruth enfadada. ¡No llegaría viva!
―No está enfadada… ―la miró Paul poniendo los ojos bizcos―. ¿Verdad Ruthy?
Ella le miró ceñuda y sonrió forzada sin aceptar la broma.
―¡No, en absoluto! ―dijo con énfasis pero malhumorada―. Pero a cambio de una Coca-cola y un pitillo, por fa…, tíos.
―¡Sin pitillo! ―rezongó Mike―, no quiero que te enganches a esa mierda. Recuerda lo que pone en las cajetillas: FUMAR MATA, y es verdad.
―Pero ya casi soy mayor de edad y puedo hacer lo que plazca ―protestó impetuosa ―. Además, vosotros fumáis como chimeneas.
―Es inútil que luches contra ella. Mike ―le aconsejó Paul resignado a no poder convencerla de lo contrario―. Si Ruth quiere un pitillo, se fumará un pitillo. Mejor con nosotros, que no con esos existencialistas de su escuela, que pueden darle cualquier mierda de porro para iniciarla.
―¡Eso no va a suceder! ―protestó ella muy segura de lo que decía―. Se cuidar de mi misma.
―¿Has oído, Mike? Nuestra hermanita sabe ya cuidar de sí misma. Toma, Ruth ―le dijo dándole un cigarrillo―. Disfrútalo.

El reflejo de Pat en el espejo de su tocador la hizo detenerse mientras se maquillaba. Se miró a los ojos y de repente un espectro apareció tras el cristal que la afligió inesperadamente. Con lentitud bajó la mano que sostenía la brochita del rímel con la que se estaba aplicando la primera capa en las pestañas y se detuvo a mirarse con calma.   Era ella misma, Pat, pero realmente se veía por primera vez de aquella manera que la dejó pasmada, a sus cuarenta años se sintió mayor, el peso de la rutina de toda una vida pesaba más que nunca en aquel momento sobre su espalda. Una mujer sin sonrisa, desmejorada por las preocupaciones, una mujer que había perdido los sueños de su vida mientras había desperdiciado la vida buscando sus sueños. Pat se pasó las manos por el rostro y notó que su piel ya no le parecía tan tersa. Y se vio años atrás cuando todo era dicha, maquillándose presurosa para acompañar a Jim al primer cóctel de inauguración… ¡Qué distinto era todo! El reloj de la sala dio la hora y el sonido llegó hasta sus oídos anunciándole que debía de darse prisa. Jim se estaba vistiendo y buscaba la ropa mostrándose nervioso por el acontecimiento, siempre había sido igual.
―¿Cuál va mejor? ―le dijo su esposo mostrándole dos camisas una blanca y otra gris.
―Depende del traje que elijas ―le contestó Pat sin mirar si quiera.
―El gris marengo.
―Pues la que quieras ―le aconsejó echándole un momentáneo vistazo―. Ambas van bien.
Volvió a aplicarse la capa de rímel y en el vaivén de la brochita recordó cuanto le gustaba vestir a su esposo en los primeros años, aconsejarle sobre las prendas y los colores, aunque lo que más le gustaba era ponerse hermosa para Jim, cuando fugazmente él la besaba al pasar, al salir de la ducha, al observarla con adoración prometiéndose mutuamente que aquellos sentimientos siempre serían más intensos al día siguiente. Un escalofrió recorrió su espalda al ser consciente de que no sabía cuando había cambiado todo aquello.
Su felicidad se había difuminado en cada despertar a lo largo de aquel tiempo. Por los hijos que llegaron, dos a la vez, y luego la pequeña Ruthy, que los colmó de felicidad. Pero entonces fue cuando se convirtió en esclava de sus obligaciones, de los pendientes en la tienda, de los diseños, de los preparativos para los pases, de las ventas, del niño que está enfermo, de otro que también lo está… Sin tiempo para ella, para aplicarse aquel rímel que alargaba sus estañas y que a Jim gustaba tanto. Sacrificó su felicidad para hacer feliz a los demás, para que todo funcionara, sacrificó los salones de belleza por tiempo extra para atender a sus hijos y a su casa de la mejor forma que sabía. Sentada delante del espejo, Pat sintió que ochenta años pesaban en su espalda, el doble… ¡Qué horror! Miró a Jim que se abrochaba la camisa andando por el dormitorio con los faldones por fuera y sin pantalones aún, buscando sus gemelos con nerviosa inquietud. A él no le ocurría esto, ella le veía casi igual. Tal vez unas líneas de expresión habían aparecido en su rostro y algunas canas salteadas en sus cabellos apenas perceptibles, pero él era el mismo: el brillante arquitecto que ganaba dinero, fama y prestigio cada día en un mundo competitivo y lleno de retos como a Jim le gustaba.
―¿Has visto los gemelos con cabezas de caballo? ―le preguntó irritado revolviendo en los cajones de su mesilla.
―Están donde siempre.
―¿Y dónde es donde siempre?
―Siempre Jim. ¡Piensa! ¿Qué significa siempre?
―¡Déjate  de clases de lengua! Sé perfectamente lo que significa siempre, pero no puedo encontrar mis gemelos.
―¿En la caja fuerte del vestidor? Las joyas “siempre” se guardan ahí o es que ahora sueles dejarlos en otros lugares...
Jim gruñó más irritado si cabe dedicándole una mirada de recelo por el ácido comentario. Fue al vestidor de donde salió colocándose los gemelos.
Pat terminó de aplicarse un suave perfume a rosas y retocó su peinado; estaba perfecto como el resto del maquillaje y su vestido, el collar gris de perlas filipinas. Todo parecía perfecto, pero era un espejismo. Ella no estaba bien, cansada de alcanzar metas que ya no representaban los sueños de antes cuando eran jóvenes y luchaban por ganar dinero y posición, nada se parecía a antes. El dinero había llegado pero ahora no podía solucionar nada, porque Jim buscaba en aquella otra mujer lo que Pat ya no veía en aquel espejo. La juventud.
―Si sigues mirándote en el espejo ―intervino Jim de una manera seca y distante―, no llegaremos a tiempo. Recuerda que vas a cortar la cinta.  Quiero que todo salga perfecto y debes estar más que perfecta.
―Todo perfecto en tu mundo perfecto…  No te preocupes.
―No empecemos Pat… con lo de esta mañana ya he tenido suficiente por hoy.
―¡Pobre Jim, qué abnegado y sufrido es! ―ironizó sin haberse movido de su banqueta de tocador―. Un momento terrible su esposa y su amante en su despacho delante de otros clientes y uno de sus mejores amigos… Aunque supongo que Dick lo sabrá desde el principio… No hay nada que Dick, Harold y Al no sepan. 
―Si sigues por ese camino, me voy solo.
―¡No te irás solo, cariño! Sabes perfectamente que no. Me necesitas todavía…, te soy valiosa ante tus admiradores, tus clientes, tus usuarios, tus asiduos…
―Cuándo te pones así, no sé no cómo te aguanto, Pat. Termina de arreglarte y vamos o llegaremos tarde.
―Ponte los pantalones, Jim… si vas así llamarás demasiado la atención sobre ti y Miss Reynolds… y serás el hazmerreir de la fiesta…, de eso no me cabe duda… Tienes que guardar tus maravillosas apariencias.
―¿Pretendes aguarme la noche? ―la increpó molesto por el tono con que le hablaba su esposa.
―¡No, cariño!  ―sonrió mostrándose alegre para él―. En absoluto, quiero divertirme mucho…





[1] UCL: University College London. Colegio Universitario Londres.
[2] Real Academia de Arte Dramático o RADA.

3 comentarios:

Klaudia Blauen dijo...

Los líos que hay en esta familia son para echarse a llorar, o reír según lo mires.
No puedo imaginarme lo doloroso que debe ser para una mujer o para un hombre, darse cuenta después de tanto tiempo de que todos tus esfuerzos por conseguir lo que quieres han acabado alejando eso mismo de ti...
Realmente es admirable la entereza de Pat y Jim me parece un sinvergüenza, demasiado, ni siquiera lo niega, aunque no sirva de nada negarlo, pero por lo menos podría intentar disimular algo, fingir aunque seguramente sería peor, pero por lo menos así mostraría más consideración hacia su mujer... No negarlo es una afirmación contundente de la verdad y admitirlo así sin ningún reparo o tapujo es un poco... desagradable, pero bueno.

escritora Laura M.Lozano dijo...

Lo has captado muy bien, para ser tan joven, Klaudia. Pero es cierto, de estos casos hay mucho y con el desenfreno que vivimos hoy más todavía. En Pat están reflejadas muchas mujeres valiosas y valerosas de hoy día que llegan a una edad madura y después de trabajar intensamente toda una vida por su familia, por su esposo y su trabajo... se hallan con las manos vacías y sin amor que por derecho le pertenece, si quiera. Por eso creé a Pat así. Es un pequeño homenaje a las madres abnegadas y siempre atentas a su familia... Merecen ser amadas en extremo.

marymaria dijo...

Tengo una hermana que se llama Ruth, y te juro que no me gustaría en absoluto que un hombre que le dobla, la edad la besara en la calle y delante mío. Quizá suene anticuado, prejuicioso o que se yo, pero eso de los amores entre niñas y hombres maduros no me cuadra para nada. Me da la sensación de que ellos tiene todas las de ganar y ellas... pues el resto.


Sobre Pat, odio a su marido. Y creo que ella debería liberarse de ese horrible miedo al que diran. Debe ser dificil descubrir que el mundo feliz que construiste con tanto esfuerzo se desbarató sin que te dieras cuenta. Pero,¿Es mejor pensar que todavía sigue en pie y vivir en sus escombros en lugar de aceptar que no existe más?

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