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miércoles, 6 de octubre de 2010

Una Erasmus para Laura - Capítulo 10

Sin saber aún si era un disparate o un acierto, John esperaba a la chica española delante de una pinta de cerveza mientras dibujaba la letra L en una servilleta de papel en el Pub The bull’s tail. La tarde estaba cerrada en agua y la tormenta de la noche no había sido nada con lo que estaba cayendo ahora. Por un momento pensó que Laura no acudiría a la cita por la lluvia, pero algo le decía dentro que debía esperar. Pensaba que si no venía, cosa que sería muy normal, pues, además, no le había dado el número de su móvil y Laura no podría comunicarse de ninguna manera; no se lo tendría en cuenta. Pero si aparecía por la puerta del pub podría ser aquella la tarde más mágica y loca que en mucho tiempo había pasado. En Nueva York las chicas no fueron tan abundantes ni las cosas tan intensas como estuvo contando a sus amigos; pero unas mentirijillas piadosas a los chicos mantendrían su reputación intacta. Por otra parte las chicas de su agenda casi siempre le aburrían ya, no le aportaban nada nuevo y estaba pensando que se imponía someter al “librito prodigioso”, como le conocían entre los colegas, a una profunda revisión y renovación. Empezaría apuntando el número y la dirección de Laura, aunque ella iría a una nueva sección, como estaba pensando mientras continuaba la espera: las de las chicas respetables. Laura no era un lío ni un ligue de una tarde con la que ver una película, beber unas copas y echar un polvo fácil. No, desde que la conoció, Laura había calado profundo en él. No sabía ni cómo ni por qué, pero se sentía diferente cuando pensaba en ella y las letras que dibujaba en la servilleta una y otra vez, le estaban diciendo que había empezado a hacer cosas que nunca antes había hecho después de conocer a una chica…  Estaba encantado y sólo por eso merecía esperar allí hasta que ella llegase. Había llevado su coche pensando en acompañarla a la residencia por si las cosas se alargaban y no dejaba de llover. Antes había pasado por una estación de servicio para limpiarlo y ponerlo a punto. John no era como Paul en eso. Paul tenía su Mini Cooper como si hubiese salido de la fábrica todos los días, mientras que John usaba su Audi-A3 sin preocuparse mucho de la apariencia, sólo solía echarle gasolina cuando el pitido de la reserva sonaba en el panel del salpicadero. Y hasta que sus amigos no le ponían de cochino, que no había por donde cogerle, o escribían en el parabrisas “Lávalo guarro” o lo que era más comprometido como: “Los polvos se echan dentro no por fuera”, no se dignaba echarle un poco de agua y jabón por encima y hacerle una comprobación de presión en las ruedas. Pero nadie había tenido que decir nada esta vez, John solito lo había lavado y aspirado en su interior. Había tirado las cien colillas de los ceniceros y los envoltorios de chicles y caramelos que rodaban por las alfombrillas. Hasta un tanga se había encontrado, a saber de quién. Y dos folios de apuntes del primer curso que había buscado hasta la saciedad debajo del asiento del conductor. Medio bote de limpiacristales consumió en la limpieza de las lunas y el parabrisas Había usado ceras y líquidos especiales. Las yantas de las ruedas brillaban ahora niqueladas y relucientes, las alfombrillas como nuevas; había colocado uno de esos ambientadores en la salida del aire acondicionado que perfumaba el habitáculo con olor a flores silvestres y la carrocería era un espejo color azabache reluciente y pulimentado. Ahora su Audi-A3 parecía negro y no gris ceniza y brillaba como nuevo en el parking donde lo había estacionado. John se sentía orgulloso de sí mismo y de todo lo que había hecho aquella tarde para impresionar a Laura. Era muy sabedor de que a las chicas les gustaban los buenos coches y ésta no iba a ser menos.
Para llegar al punto de su cita con John, Laura tomó el metro en la parada de Highgate y lo abandonó pasadas cuatro estaciones en Camden Town Station. The bull’s tail era un pub ni muy grande ni muy pequeño, instalado en una casa antigua de dos pisos en la bulliciosa y comercial Camden High Street. La fachada estaba pintada en colores llamativos y un luminoso emitía letras con tonos fosforescentes con el nombre del local y la figura de un toro en comprometida postura erótica. John le había dicho que al salir de la estación de Camden Town, caminara por la misma acera como doscientos metros a la derecha y lo encontraría sin problemas.
Ahora delante de la puerta del pub a Laura se le aceleró el corazón, sosteniendo su paraguas en donde el agua se resbalaba como si tuviera un grifo abierto sobre su cabeza, se sintió indecisa de repente. Tenía una cita de verdad y todavía no se lo creía, estuvo allí unos segundos recordando cómo había sucedido todo y de repente el nerviosismo la asaltó y siguió caminando unos metros más abajo parándose delante del escaparate de una tienda de The Funky Fish. Había cosas muy interesantes en él y estaban muy bien de precio. Justo al lado se hallaba el mercado de Camden y, en un expositor, el tendero de una zapatería mostraba bolsos y botas de agua de todos los colores a dieciocho libras el par. No estaba mal…, pensó evadiéndose de las ideas que la agobiaban. Decidió comprarse unas porque el agua le tenía los zapatos calados y sus pies chorreando se habían quedado helados como polos y difícilmente recuperarían el calor hasta que no se metiera en la ducha caliente antes de irse a la cama...
 ¿Rojas, azules, amarillas, rosas, con la imagen del Big Ben sobre fondo verde…? La verdad era que no sabía cual elegir. Miró el reloj. Pasaban diez minutos de su cita… Los diez minutos de cortesía, pensó y ella allí comprándose unas botas. Se decidió por las rosas. Le parecieron muy fashion para combinar con los vaqueros. Le dijo al tendero su número y él le sacó las que le irían a su pie. Se probó una. ¡Genial!  Pagó y regresó sobre sus pasos, no sin antes pararse de nuevo a mirar la ropa del escaparate de The Funky Fish. Más relajada ya entró, por fin, en The Bull’s tail buscando a John entre las mesas del local, pero no le vio en ninguna de ellas. Volvió a pasar su mirada sobre las mesas más detenidamente observando las caras de la gente que había allí, pero no encontró a John ni a ninguno de los chicos. “¿Habría ido Paul?...”  Se preguntó esperando encontrarle por alguno de los rincones del pub, pero no, tampoco estaba. Un sentimiento de frustración repentino la invadió sintiéndose ridícula por haberse retrasado adrede cuando en realidad había llegado a su cita a tiempo. No sabía por qué cometió tal estupidez, pero lo cierto era que John se había marchado, lo más seguro, harto de esperar.  No podía sentirse más estúpida allí de pie, notando que era el centro de atención de los clientes del pub como si un letrero la señalase diciendo: ¡Soy una tonta! Se dio la vuelta para marcharse, pues ya no había razón para quedarse, cuando se dio de bruces con John que la sostuvo para que no se cayera con el encontronazo.
―Pero, ¿adónde vas con tanta prisa? ―le dijo él mientras la cogía.
―¡John! ―exclamó ella aliviada sonriéndole nerviosa―. No te veía y pensé que te habrías marchado por mi tardanza. Pero es que… la lluvia me caló los zapatos y vi en el expositor del mercado unas botas y me detuve un momento a comprarlas. No me habías dado tu móvil y no podía comunicarme contigo. Discúlpame si te he hecho esperar demasiado. Pero si no me crees, no tienes nada más que mirar mis pies y verás que no te miento.
John se separó un poco de ella y bajó la mirada hacia los pies de la chica que estaban empapados por la lluvia.
―Como ves, no me había ido… ―le sonrió él de una forma deliciosa―, sólo estaba en el WC. Y si me aceptas un consejo. Deberías ponerte tus botas de agua, que para eso te las has comprado. Con los pies calados sólo cogerás un buen resfriado. ―Laura le sonrió convencida de lo que decía―. Dame tu bolso, ve al WC y cámbiate de zapatos, tus pies te lo agradecerán.
―Sí, creo que esa es una buena idea ―admitió entregándole el bolso.
―Yo te espero aquí ―le señaló la mesa que ocupaba en donde una pinta aparecería medio llena y un montón de bolitas de papel hechas con servilletas estaban sobre el tablero.
―¿Te entretienes en eso? ―señaló ella las bolitas―. ¿O, tal vez, es más munición contra el sueño?
John se río recordando el episodio de las bolitas en la clase.
―No, no, ahora estás bien despierta… ―sonrió de nuevo recogiendo unas gotas que se escurrían desde el cabello por su frente―. Hago eso cuando pienso… ¡Corre a cambiarte! ―la instó de nuevo―.  Aquí te espero.
Laura se encaminó hacia los servicios y se detuvo a unos metros del joven, que la miraba aún, inquietado de nuevo, se puso a la expectativa a ver qué le pasaba a la chica; pero no había de qué preocuparse. Laura le sonrió complacida y le dijo:
―Hola.
―Hola ―le contestó él con una sonrisa más amplia que la anterior.
Laura se volvió decidida y segura, aunque consciente de que era John quien únicamente había ido hasta allí.
Las botas crujían al caminar sobre las losetas del suelo. Laura volvía del WC con ellas puestas. Estaba muy bien, ponérselas era un alivio, pues sus pies no tardaron en volver a estar calientes entre el pelito del forro interior. Había acertado en su elección escogiendo las rosas. Con los jeans iban de maravilla y eso la hacía sentirse segura.
―Gatita con botas rosas ―confirmó John al verla llegar―, el mismo rosa que el de la Pantera Rosa.
Laura sonrió mientras se sentaba por la broma del joven.
―Al menos la gatita y la pantera son parientes y se prestan la ropa y los complementos ―le contestó acertadamente. Ahora era John quien se reía.
―¿Qué quieres tomar? [1]¿Una Lager, una Pilsner o una Pale Ale?
―No. ¡Una Guinness!
―¡Vaya, empiezas fuerte! ¡Camarero! ―gritó John―. ¡Dos Guinness bien frías!
Y bien frías se las sirvieron. Dos auténticas pintas de cerveza negra cuyas jarras condensaban gotitas de agua por la baja temperatura de la cerveza.
―¿Por qué brindamos? ―inquirió John alargándole a Laura su jarra y tomando la suya.
―Pues… ¿por el curso?
―No… ―se negó con desgana―. Por algo más importante.
―¿Más que el curso? Te prometo que el curso es muy importante para mí. Creo que no hay nada más importante. Quiero aprobar con nota y a ser posible sacar matrícula.
―Con O’Toole nadie saca matrícula. Es un buen profe, pero un hueso duro de roer.
―¿Me lo cuentas a mí? Nunca había experimentado una sensación más intensa de “tierra trágame” que esta mañana en la clase de O’Toole.
―Eso es normal en él, casi todos hemos pasado por ese tipo de situaciones. ¡Brindemos por Angus Francis O’Toole! ―sugirió seguidamente―. Nos traerá suerte.
―Si tú lo dices… Nos la traerá… ―dijo sonriente chocando la jarra y bebiendo―. ¡Qué rica! Aunque preferiría estar en una terraza en el centro de Málaga y en pleno verano.
―¿Eres de Málaga?
―Sí, vivo con mi familia allí. Mis padres, mi hermana y mi hermano Miguel, de trece años.
―Un lugar muy bonito, por lo que oído, me gustaría conocerlo alguna vez. Tiene mucha publicidad turística aquí…
―Ya me he dado cuenta en algunas paradas de autobús hay publicidad de viajes a España, en concreto a Málaga. ¿Y tú, dónde vives en Londres?
―Yo también vivo con mis padres y un par de hermanas adolescentes que están como regaderas en Cavendish Avenue, En Saint John´s Woods. Cerca de Regent’s Park y del Club de Cricket de Marylebone. Desde aquí no muy lejos, desde donde te alojas, muy lejos ―le sonrió.
―Da igual ―sonrió ella también―, ni con todo ese lujo de datos sé donde puede estar. ¿Qué edades tienen tus hermanas?
―Julie dieciséis y Jacqueline catorce… Como verás en plena efervescencia de rebeldía y hormonas desquiciadas, les encanta Hannah Montana y andan todo el día con el mp3 incrustado en el cerebro. Son aún muy niñas y no estamos muy unidos. Con eso no quiero decir que no quiera a mis hermanas, pero de momento…, yo ando más conectado con mis amigos sobre todo con Paul. Nos conocemos desde niños y hemos ido al mismo colegio, somos como hermanos, después se nos unió George. El y Ritchie, ¿lo recuerdas? viven Cavendish Close. Como aquel que dice a la vuelta de la esquina. Pero, ¡basta de hablar de mí! ¿Qué quieres que hagamos esta tarde? Es viernes, mañana no hay clase y tenemos mucho tiempo.
―Bien…, ―dudó un momento dirigiendo su mirada hacia una de las ventanas por donde se veía el agua de la lluvia caer sin cesar―.  Viendo la tarde que hace, sólo se me ocurre que podríamos ir al cine. ¿No te parece?
―¡Estupenda idea! Hay un cine que ofrece buenos precios a los estudiantes en Leicester Square. Bébete la cerveza hasta el final, mientras yo pago y nos vamos. No tengo el coche muy lejos y no llueve tanto ahora.
Laura miró la jarra que estaba prácticamente llena y no pensó mucho en las consecuencias, se la bebió del tirón hasta el final.  Le hacía ilusión ir al cine. El primer cine en Londres con un chico tan guapo como John, nunca lo hubiese imaginado.
Cuando llegaron al Prince Charles Cinema John tuvo suerte en encontrar un aparcamiento en la calle que no quedara muy lejos. Tuvieron que caminar un tramo hasta el cine y había empezado a llover de nuevo. John abrió su paraguas y la acercó a él para compartirlo echándole un brazo por encima de los hombros. Laura no pareció importarle, pero en el fondo ni se había dado cuenta. Tomarse la cerveza de un trago le había sentado mal, se sentía mareada, pero calentita y trataba de guardar las apariencias para que él no lo notara.
Delante del cine, John le pidió que sostuviese el paraguas para poder buscar en su cartera un vale para un descuento de dos por uno. Memos mal que no estaba muy escondido, pues la lluvia arreciaba.
―¿Qué prefieres  ―le preguntó mirando la cartelera―, Star Treck. La película, Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal. Los Gunnies…?
Star Treck… ―dijo ella―. Me encantan los paseos por el espacio.
―¿No me digas que eres una [2]trekky?
―Bueno, no me considero tanto como eso, pero siempre me gustaron. Mi madre me ha dicho que ella vio la serie original por televisión cuando era niña en 1965 y 66, con William Shatner y Leonard Nimoy de protagonistas. Yo he visto alguna de su colección de DVD, y todas las películas de cine. Ésta es la única que no he visto de momento.
―Pues prepárate, porque precisamente no es un paseo por el espacio… ―sonrió―. Hay mucha caña en ella.
―¿La has visto ya?
―Sí, pero no me importa verla otra vez… Me encanta. Desde niño tengo una maqueta de la Enterprise en mi dormitorio. Me la montó mi padre.
―Podemos entrar a otra, me es igual. Ya la veré.
―No, no, me gustará volver a verla. Te lo aseguro. ―reafirmó seguro de lo que decía―.  Es muy emocionante y la nave espacial, una pasada.
Entraron en el cine, estaba bastante concurrido, la mayoría gente joven. Fueron buscando sus butacas con el resplandor del móvil, pues la sesión ya había empezado y estaba todo oscuro. Encontraron sus butacas y tomaron asiento. En ese momento la película empezó. Laura se acomodó en su asiento y se dispuso a disfrutar. John como ya había visto aquellas imágenes y dedicó unos minutos a mirarla satisfecho de lo bien que estaba saliendo la tarde.
Cuando salieron la lluvia había parado. Era completamente de noche y las farolas de las calles encendidas se reflejaban en el suelo brillante por el agua. Había bajado considerablemente la temperatura y Laura tiritó inevitablemente. John la miró y le ayudó a ponerse su chaquetón y él se subió la cremallera de su anorak. La chica le sonrió agradecida e iniciaron un paseo por la acera.  
―¿Te ha gustado? ―le preguntó John.
―¡Muchísimo! Es fantástica, ya estoy deseando volver a verla.
―¿Volver a verla? Pero si acabamos de verla.
―Sí, pero cuando a mí me gusta mucho una película la suelo ver hasta diez o doce veces… Y ésta creo que llegaré a la veintena. ¡Es genial!   Chris Pine y el otro… el nuevo Spock… ¿cómo se llama? Lo hacen de maravilla, me gustan.
Zachary Quinto.
―Sí, ése, Zachary Quinto… Son guapísimos, ¡Uuuh! Y tenías razón con la nueva nave… ¡Qué pasada! Y el cerebrito de Chejov…Y el papi de Kirk… ¡qué escenón! Y cuando escapan de agujero negro al final después de cargarse a los romulanos… ¡Qué emoción!
―No puedes negar que no te haya gustado. Pero es cierto, por poco la liñan si no andan listos con los supositorios esos de antimateria… ―se rió recordando lo sucedido en la mañana―.  ¿Imaginas uno por el culo del Mr. O’Toole…?
Laura empezó a reírse a carcajadas imaginando la escena. John se contagió de ella y tuvieron que parar para poder reírse mejor acabando con lágrimas en los ojos de tanto reír imaginándose al profesor.
―Sí...  ―afirmó Laura secándose las lágrimas de los ojos―. Me lo imagino. El pobre Mr. O’Toole enseñando Teorías del Diseño a los romulanos.  ¡Gracias por traerme a verla, ha sido genial!
John se sentía complacido por tanta efusión. Caminaron por la calle sin rumbo de momento, John consultó la hora, eran las 8:40. 
―¿A qué hora tienes que estar de vuelta en la residencia? ―le preguntó.
―A las 11:00.
―Bien, supongo que tendrás hambre… Yo tengo mucha. Hay un McDonald’s en medio de Covent Garden que nos pilla muy cerca de aquí. Te gustan las hamburguesas, ¿no?
―Sí, me encanta todas esas porquerías… y con un poco de mayonesa, mucho kétchup y nada de mostaza.
―Te invito a cenar entonces.
―No, por favor, tú has invitado al cine, yo te invito a la hamburguesa.
―Está bien. Yo pago las bebidas.
A las 10:27 el coche de John se detuvo al borde de la acera cercana a la entrada de la residencia Highgate, apagó el motor y se quedó mirando el fondo de la calle sin fijarse en nada en concreto.
―¿Sabes? ―le dijo a la chica que esperaba para despedirse―. Ha sido una tarde fabulosa…
―Para mí también… He de confesarte que empezó de una manera un poco tonta y creí que iba a estar completamente pasada por agua, pero, después todo, eso cambió…
―Sí ―le dijo John volviéndose hacia ella―, no me lo creerás, pero lo he pasado muy bien.
Sus ojos se quedaron fijos en los de la chica que brillaban con el reflejo de las farolas en la oscuridad de la calle. Laura se sintió un poco incómoda y bajo la mirada para evitarlo.
―Debo irme.
―Aún no son las 11:00
―¿Y para qué aprovechar hasta el límite?
―¿Y por qué no?
Ella se vio atrapada en las palabras de John y no contestó. Estar dentro del coche con un chico que apenas conocía y siendo la primera vez que salían la hicieron inquietarse mucho. Las palabras de su madre recordándole que no diera a nadie su confianza y que tuviera siempre mucho cuidado con los chicos londinenses acudieron a su mente.
―Te has quedado muy callada ―comentó él tras una larga pausa donde el silencio se estaba haciendo molesto por momentos.
―Bueno… ¿Qué quieres que te cuente? ―dijo ella indecisa.
―Cualquier cosa, con tal de llenar estos minutos. Sabes que eres preciosa.
―Sí… me lo dicen todos ―bromeó alegre para romper la tensión.
―En serio, linda y simpatiquísima. Me alegro un montón de haberte conocido… ―John le tocó la cara con el envés de sus dedos
―Gracias por tus amables palabras, pero no creo que sea una buena idea ir por ese camino ―le dijo apartándole la mano―. En la primera cita, no.
―¿A qué camino te refieres?
―Al de los halagos con tal de conseguir algo más que una cita esta noche.
―¿De veras piensas eso de mi? ―repuso John a la defensiva―. Creo que he sido correcto en todo momento.
―Y no quiero que dejes de serlo en el último minuto. ―le advirtió directa―. No creas que es por ti. Pienso eso de todos los chicos. No es porque seas tú en especial.
―…Bueno… si es así, eso le quita hierro… ―sonrió―. Pero sigues siendo linda. ¿No te gusta pasarlo bien?
―Mejor me voy ya ―expuso cogiendo su bolso y la bolsa de la tienda de zapatos de Camden Market.
―Toma ―le dijo ofreciéndole un papel arrancado de su agenda con el número de su móvil―. ¿Puedo tener el tuyo?
―Sí, ¿por qué no? ―admitió tomando la agenda apuntándoselo de su puño y letra―. Toma, ahí lo tienes. Espero que lo uses.
―No has respondido a mi pregunta.
―¿Qué quieres que te diga, John? Me gusta divertirme como a todo el mundo
Laura abrió la puerta del coche y salió de él. Caminó hacia la reja de la residencia, John la siguió inmediatamente y la detuvo antes de que la alcanzara. Le cogió de la mano e intentó pararla, pero la chica se giró de repente y ambos quedaron muy cerca el uno del otro, casi cara con cara. Se miraron largo rato sin decir nada. Hasta que John decidió besarla lentamente, como si tuviera cierto temor de ser rechazado si lo hacía de una manera más efusiva y apasionada.
―Me gustas, Laura ―le dijo quedamente―. Desde que te vi el otro día en el patio de la facultad, me gustas.
―Tú también me gustas, John, pero no quiero precipitar algo de lo que después me arrepienta… No sé si me entiendes… Dentro de nueve meses me iré a mi país, tú te quedarás aquí y todo volverá ser igual.
―Después de conocerte ya nada será igual. Te escribiré y tú me escribirás, hablaremos por el chat y yo viajaré a España a visitarte… Y…
―¡Deja de divagar, John! Sabes perfectamente que cuando haces esas cosas, al final uno se cansa y se olvida de esa persona… Sea como sea, dejemos que las cosas como están y que los acontecimientos vayan despacio. John, no quiero meter la pata, ¿comprendes? No debemos ser tan impetuosos.
―Lo que tú quieras, encanto. Será de la manera que tú quieras.
John volvió a besarla más intensamente, ella se dejó tomar por la cintura. Ser besada por John era muy parecido a subir en una nube de feria y experimentar la caída sin fin. Un sonido en el interior del jardín los sobresaltó. Se quedaron muy quietos para ver si conseguían saber la procedencia del ruido, pero no vieron nada. Al fondo, en la esquina de la casa, vislumbraron unas figuras, corrían agarradas de la mano y se perdieron detrás de edificio.
―¿Qué ha sido eso?
―No sé… ―dijo medrosa, imaginando de qué se trataba―. ¡Debo irme!
―…Eran dos personas… ―conjeturó John sin escuchar lo que le decía.
―Y yo qué sé, No he visto nada.
―¡Eran dos personas…!
―Pues tal vez, John… Podría ser cualquiera de los que trabajan en esta residencia. Habrán salido a tirar la basura o yo qué sé.
―¿A tirar la basura? ―repitió mirándola incrédulo―. Pues qué bien se lo pasan tirando la basura aquí… ¿Eran dos chicas?
―Te he dicho que no lo sé. No las vi.
―Pero…
―¡Buenas noches, John! ―concluyó Laura tajante dándose media vuelta para llamar al timbre de la reja.
―¡Espera! ¡Espera! ¡Espera! ―la detuvo de nuevo cogiéndola por un brazo―. Está bien… Me olvido de lo que acabamos de ver. ¿Te llamo mañana?
―Llámame.
―Podremos ir a dar un paseo por Regent’s Park, si no diluvia como hoy y si llueve podremos divertirnos en una disco.
¿Te gustan las discotecas?
―Tal vez. No sé… Además, tengo muchas cosas que hacer para el lunes.
―Tengo grandes proyectos para ti, Laura. No te preocupes por eso. Hasta mañana.
―Hasta mañana, John.
La chica llamó al timbre y la reja se abrió poco segundos después. Un fugaz beso del chico la despidió, mientras se quedó mirándola como se alejaba a través de los barrotes de la cancela ya cerrada, hasta que llegó a la puerta principal y aquella se abrió.
―Buenas noches, Miss Bernal ―dijo la  subdirectora consultando el reloj.
―Buenas noches Mrs. Anderson ―la saludó entrando.
Laura se detuvo a limpiarse los pies en el enorme felpudo de fibra vegetal que había tras el portal de la puerta de entrada.
―Si me permite un consejo, Miss Bernal ―apunto la  subdirectora―. No debería apurar tanto el tiempo, sobre todo por la noche.
Laura consultó su reloj, no eran todavía las 11:00.
―¿Lo dice por algo en especial, Mrs. Anderson?
―Lo digo porque las cucarachas y los famosos son los únicos seres que pueden quedarse levantados toda la noche y comer cualquier cosa.
―Pues tranquilícese, Mrs. Anderson. Seamos realistas, no soy famosa y tampoco soy una cucaracha. Así que no pida un imposible.  Son la 10:50. Es correcto, ¿no?... Pues, si me disculpa, debo irme a la cama. Buenas noches.
―Buenas noches, Miss Bernal.
Laura terminó de limpiarse sus nuevas botas rosas en el felpudo, y continuó su camino escaleras arriba. Kate Anderson la observó en silencio, las botas le llamaron la atención, pero en jovencitas de aquellas edades no era raro ver extraños atuendos.  Con el picaporte de la puerta en la mano dio un paso hacia afuera curioseando el entorno. Oyó el motor del coche de John ponerse en marcha y la ráfaga de luz de sus faros alumbrar la calle por la que siguió su camino. Cerró la puerta con llave. Todo el mundo estaba en la casa.










[1] Diferentes tipos de cerveza.
[2] Trekky. Nombre que se les da a los seguidores acérrimos de la serie  americana de ciencia ficción Star Treck (Paseo por las Estrellas)

2 comentarios:

marymaria dijo...

Noooooooo!!!!
Laura (la de la historia), ¿que haces?

No se porque pero ese Jhon no me inspira demasiada confianza. Y besarse a la primera salida? hmmm... será que tengo cerebro de una vieja cucufata pero no me parce muy acertado. Igual me encanta la historia!!!

Veremos que pasa más adelante..

Klaudia Quiroga dijo...

Uhuhuhuhu!!!! Dios qué emocionante capítulo más lleno de tensión, ha sido genial, como todos xD
Laura ahí se ha contradicho un poco, porque primero le dice que quiere dejar las cosas como están y luego va y se deja llevar... no ha sido muy firme que digamos, pero supongo que ha de ser difícil resistirse al encanto del chico más guapo de toda la facultad.
Una cosilla, te has comido algunas palabras y alguna que otra letra xD pero todo se entiende mperfectamente.

¿Qué te atrae más de la novela y te hace disfrutar de ella? (puedes elegir más de una respuesta)

¿En que capítulo de la novela te enganchaste?

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