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REMES

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Red mundial de escritores en español

miércoles, 31 de agosto de 2011

Una Erasmus para Laura - Capítulo 54



Las canciones y melodías navideñas se dejaban oír por cualquier parte. La iluminación en la ciudad era todo un espectáculo de luz y la nieve no paraba de caer, alfombrando las calles con su manto blanco, otorgándole a aquel tiempo tan esperado la clásica estampa de los días de fiesta que se acercaban. Desde Oxford Street a Victoria Street, desde Trafalgar Square a Euston o King’s Cross Road, desde Westminster a Candem, Myfair, Covent Garden, Notting Hill, Vauxhall o Kennington y muchos otros lugares conocidos de Londres, la ciudad se veía preciosa y las chicas habían disfrutado mucho de ella, caminando por la nieve, sacando fotos a diestro y siniestro de todo lo que veían y le llamaba la atención antes de regresar a su país. La ciudad vestida para la Navidad, llena de luz y color, era un regalo para la vista y un goce para el espíritu que se regocijaba con la contemplación del ornamento de la gran metrópoli para las fiestas.
Por aquellos días tuvo lugar la gala de teatro en la RADA para las familias y amigos de sus alumnos, entre ellos Ruth y Jane, se habían estado preparando. Los nervios coparon la tónica de la jornada y hasta que la dos amigas no se vieron preparadas para salir a escena, no se apaciguaron sus inseguridades un poquito. Cuando el telón se levantó para Ruth fue como entrar en otro mundo, “El mundo de Alicia”, donde cada candileja podría ser un particular Risón y cada compañero de reparto los personajes de un cuento personal que en su mente había tomado forma para hacerla llegar hasta aquel momento de su vida. Su primera obra de teatro importante en un teatro auténtico, nada de pequeños escenarios de juguete como los que habían pisado antes, siempre en los colegios. Allí era todo diferente; al menos Ruth lo veía así. El ambiente que se respiraba entre los compañeros, el mismo murmullo de los asistentes mientras iban llegando y ocupando sus lugares.  El nerviosismo de Ellie Crompton que, agarrada con impaciencia a la tela, abría un poco los dos lados superpuestos del telón para ver como se iba llenando el patio de butacas y los palcos… El sonido de los últimos preparativos de attrezzo y vestuario cuando ya se había iniciado la cuenta atrás. Ruth se sentía a punto de estallar de dicha. No se podía creer que todo aquello estaba sucediendo...


domingo, 28 de agosto de 2011

Diario de una Au-pair, algo entretenido para pasar un buen rato.


  Queridos lector@s, en esta entrada os dejo el enlace del blog que ha empezado a escribir mi hija. Se llama  Diario de una Au-pair. Se marchó a Suiza, concretamente a Morges al ladito del lago Lè Mans, hace dos semanas para estar allí un largo año estudiando y trabajando como au-pair  En el blog está escribiendo sus vivencias, las cuales son bastante interesantes desde el punto de vista de que son reales y vistas desde los ojos de una chica joven que busca definirse y conquistar su lugar en este mundo. Si queréis seguirlo éste es el enlace. deliutus.blogspot.com/
 ¡Ah! Como escritora no lo hace nada mal. 
¡Buen provecho!   

À bientôt!

jueves, 18 de agosto de 2011

Una Erasmus para Laura - Capítulo 53



Ruth McClellan abrió los ojos de repente cuando los reflejos de los rayos del sol se filtraron por los espacios entre de las opacas cortinas de foscuri que cubrían las enormes ventanas del loft donde vivía Greg Chelsom en Kensington Park Mews.  Costosamente hizo una mueca parecida a una sonrisa que se desvaneció a continuación. La mano de Greg le acariciaba el cabello y le sonreía… Greg estaba allí, sentado a su lado con la espalda apoyada en el cabecero de la cama, velando su sueño, protegiéndola de todo lo malo. Ruth intentó sonreír de nuevo y la sonrisa se le quedó congelada en sus labios cuando sus ojos se cerraron  otra vez, cayendo sumida en un profundo sopor una vez más, desde que llegaron en un taxi desde Queen Victoria Street en donde Ruth, tras la cena, dedicada a llevar la contraria por sistema a todo el mundo y desoyendo los consejos del mismo Chelsom y de su hermano Paul, quien veía venir lo que se estaba avecinando,  cayó en un sueño pesado  del cual no pudo sacarla con facilidad y  le duró hasta el día siguiente. Todo acabó como sólo podía acabar. Era una bomba de relojería que estalló en medio de la fiesta, como había sucedido. Greg la miró con cariño y apartó con dos dedos el cabello enmarañado de su sudosa frente. Sonrió, sentía una ternura muy especial por aquella niña, a pesar de sus locuras, a pesar de su irreflexivo proceder; su corazón se llenaba de ternura y un enorme sentimiento de protección hacia ella aparecía llenándolo todo. Al menos estaba allí segura, tranquila podía irse abajo a dormir en uno de los sofás del salón que prepararía en un momento...
 ujeante [de to fizz (verb.)  burbujear.]

lunes, 15 de agosto de 2011

Nuevo Premio


Premio al seguidor más fiel
Me lo ha concedido mi buena amiga Beatriz Carvajal (http://utopiadepalabras.blogspot.com)
Ella es una estupenda bloggera y mejor escritora, tiene en sus palabras una profundidad que, a pesar de su juventud, calan hondo y transmiten siempre  sensaciones, emociones, imágenes, incluso olores que llevan con facilidad a la reflexión. Por eso me gusta lo que escribe, porque Beatriz siempre que dice algo no lo dice porque sí.

    Muchísimas gracias, Beatriz, por tus palabras y tu amistad y por este premio que me asegura que  de vez en cuando te acuerdas de mí.
Ahora quiero concederlo a mis mejores seguidoras. Tendría que  otorgárselo a mi hermana, pero ella no tiene blog, así que quiero que quede constancia de ello en esta página
Seguidamente están mis más fieles seguidoras.

Esther Galán (http://invasion-z.blogspot.com/)
 Kate (http://minimundoss.blogspot.com/)


Para Kate con todo mi cariño y agradecimiento, porque es una seguidora fiel  y sus comentarios están llenos del mismo encanto que ella imprime en sus escritos.



  Para Esther con mi afecto y agradecimiento, por ser la seguidora número 1 del ranking de mi blog, por tus comentarios alentadores y tu fidelidad mereces este premio.








viernes, 5 de agosto de 2011

Una Erasmus para Laura - Capítulo 52



Dos copas altas para cava, una botella del mejor champán francés, tomada del bar del cáterin, y un bol de acero inoxidable, lleno de fresones, había dispuesto Paul sobre la mesa de una sala enorme en el  último piso del edificio de Queen Victoria Street, cuando acudió allí con Laura de la mano, como dos críos traviesos escondiéndose de sus mayores; tras rescatarla de la fiesta y de la inacabable conversación  de todos los que la felicitaban por su diseño tan excepcional.  Estaban en lo más alto del edificio. Una estancia original con unas vistas excepcionales. A ella pareció iluminársele la cara conforme fue consciente de ello. Desde que Paul la dejó, hacía ya bastante rato, había  empezado a preocuparse por lo que pudiera haberle ocurrido a Ruth; pero las noticias de George la tranquilizaron cuando llegó a pedirle que le acompañara para encontrarse con Paul en el vestíbulo de los ascensores. Allí se separaron, George, volviendo, con su adorable Carmen, a la sala donde se celebraba la fiesta, y Paul, quien después de besarla con la avidez  de un loco enamorado, la tomó de la mano para subir hasta el último piso del enorme edificio de cristal y acero. Él sabía que la iba a sorprender cuando entraran en la enorme pieza rectangular, un formidable despacho y sala de juntas que apenas se utilizaba, tan sólo en reuniones muy puntuales y para firmar contratos con clientes muy distinguidos. Desde allí se divisaba parte de la City y una gran vista del paisaje urbano del South Bank.  De noche todo parecía diferente, la nieve le daba un aspecto esponjoso y tremendamente dulce, que a ella le encantó, haciéndola recordar  imágenes de lustraciones de la época de Dickens, que rápidamente su mente  le trajo.
Como siempre había reconocido Jim McClellan, desde el día en que los cuatro socios diseñaron y dieron el visto bueno a la construcción de aquel edificio de cristal en pleno corazón de Londres, la sede del estudio de arquitectos era tan especial como llamativa, pero Laura nunca habría pensado que desde dentro podría ser tan característica. Desde allí, la ciudad no tenía secretos; era como estar metido en una enorme burbuja transparente a salvo de las inclemencias del tiempo, desde donde se divisaba, en todo su grandioso despliegue, un panorama extraordinario. Por una parte, Saint Paul’s Cathedral y algunos de los edificios más altos de la City, como la torre Gherkin con su especial forma de cucurbitácea  multicolor, que se hallaba lejana, pero sugestiva con su iluminación nocturna. Y, por otra, el río Támesis y los edificios del South Bank, la Tate Modern Gallery y el reconstruido teatro de corralas The Swan, The Shakepeare’s Globe y ya lejano, llamó su atención el lugar donde se halla la reconstrucción de la nave de Francis Drake, aunque ella no lo sabía...

lunes, 25 de julio de 2011

Una Erasmus para Laura - Capítulo 51



Las veintiocho libras que le costó el recorrido del taxi, le parecieron a John un dispendio que a regañadientes pagó por mantener una reputación ante sus amigos, pero por dentro estaba conteniendo la rabia que le causaba la presencia de Vicky allí y lo caro que le había costado su aparición en la fiesta. Parecía caída del cielo, pero no como un ángel, sino como un meteorito… y a él le había dado de lleno en la frente. ¿Quién la había invitado?  Él, desde luego, no. Ni se le había pasado por la cabeza… y si no había sido él, como Vicky pregonaba, ese alguien no podía estar muy lejos. Aunque lo peor no era eso sino ¿de dónde iba a sacar paciencia para soportarla toda la noche? Pues la chica estaba pegada a él como una lapa sin intenciones de despegarse ni un solo centímetro. Devolvió su cartera al bolsillo interior de su chaqueta y sonrió acartonadamente sin tener nada que decirle.
―¿Subimos? ―le indicó segundos después con la mano el camino de los ascensores―. Tú primero.
Ganas le daban de encerrarla en el ascensor y darle a los pisos del sótano y que se perdiera por allí un buen rato.
Vicky estaba que no se lo creía, girando sobre sí misma para míralo todo… Las luces, los adornos navideños, muy finos y en su justa media; las mesas, el servicio, la gente… Sobre todo la gente, tan distinguida y refinada; le encantaba. Aquella llamada de John llegó en su momento exacto. Y aunque era tarde, por nada del mundo se hubiera perdido una fiesta tan primordial. Sus padres no podrían imaginarse donde estaba su hija, codeándose con la flor y nata de la arquitectura en Londres. No se lo creerían cuando se lo contara al día siguiente.
―¿Y cuando se cena? ―inquirió expectante cuando llegaron arriba.
John la miró como si fuera idiota y no supiera la hora que era.
―Ya hemos cenado.
―¡Ah!… sí… ¡claro!  ―expuso para no parecer tonta, pues la forma en que el chico le había contestado dejaba de manifiesto que lo era―. Estaba todo delicioso, supongo…
―Todo perfecto y muy, muy rico ―respondió cargando sus palabras de una gran dosis de insidia corrosiva. Debía estar hambrienta y eso le encantó―. Comida internacional muy variada y caldos franceses, ya me dirás. Creo adivinar, sin temor a equivocarme que los clientes y empleados de mi padre y sus socios han quedado completamente satisfechos por tan excelente banquete.
―¿Y no ha sobrado nada?
―No sé ―le respondió de manera inexpresiva denotando la molestia que sentía―… pregunta a cualquier camarero del catering, tal vez en la sala habilitada como cocina puedas comer algo. Si quedaron restos…
Vicky notó que su tono dejaba claro su repulsa, pero hizo caso omiso a las señales que John le daba y decidió que por no comer una noche no iba a sucederle nada. Le sonrió intentando ser amable y afectuosa. Pero John la ignoraba sin mirarla.
―Bueno, déjalo, no pasa nada porque no pruebe esos platos tan sofisticados… Tal vez mi paladar de Stockport no los apreciaría en la justa medida.  ¿Sabes? Está todo perfecto, cariño… Es todo tan bonito.
―¿Lo es? ―inquirió él de una manera indolente para llevarle la contraria, una pobre revancha, pero lo hizo sentirse mejor―. Será que como la veo todos los años… pues no me llama la atención. Y deja que llamarme cariño. Yo no soy cariño de nadie y menos tuyo. Que eso te quede claro, ¡eh!
―Vale, lo siento… Era una forma amable de dirigirme a ti, pero si te molesta, pues no lo haré más. Y por lo otro, lo de ver esta maravilla todos los años. Espero que eso sea así siempre…
―¿Qué quieres decir? ―le preguntó sin captar el sentido de su afirmación.
―Pues eso ―respondió Vicky vacilante por su anteriores palabras llenas de excesivo ímpetu y falta de prudencia con John―… que lo veas muchos años de tu vida.
John la miró dudoso con un rictus serio de recelo, al parecer, infundado, pero no era así, había captado perfectamente lo que Vicky había dicho con toda la intención, aunque no quiso escarbar en el asunto por miedo a descubrir cosas que ni quería ni le interesaba saber.
Un ruido inesperado fuera de la sala distrajo la atención de todos hacia el recinto donde había sido celebrada la cena. Paul echó un vistazo rápido entre los asistentes y sin saber por qué, algo le dijo que se trataba de su hermana Ruth.  John aprovechó la coyuntura y dijo con exagerado interés:
―Disculpa, Vicky, pero voy a ver que ha sido ese ruido ahí afuera.
―¡Pero John…!  ―se quejó entreviendo la excusa―. Si ya fue Paul… ¿No lo has visto salir de la sala? ―inquirió con un tono decreciente viendo que era imposible retenerle a su lado―. ¿Acabo de llegar y me vas a dejar aquí sola?
John ni le contestó, de hecho estaba ya demasiado alejado de ella para escuchar sus palabras con el murmullo de las voces que llenaban el ambiente. Vio en el repentino ruido la excusa perfecta para zafarse de Vicky de una vez por todas...

sábado, 16 de julio de 2011

Una Erasmus para Laura - Capítulo 50


La puerta se cerró rápidamente tras ella, dándole la sensación de seguridad que necesitaba tanto como respirar. La agitación era palpable en todo su cuerpo; sus manos heladas por un sudor frío, estaban temblorosas en espera de encontrar algo con lo que distraer el estupor que le había causado ver aparecer a aquella mujer allí. Se precipitó sobre la mesa de despacho de su marido buscando en los cajones una cajetilla de cigarrillos. Cuando Jim fumaba siempre guardaba alguna de repuesto, por si en algún momento insospechado se quedaba sin sus Dunhill, pero no encontró en ninguna. Así que fue hasta el bar y se sirvió un trago de whisky que bebió de un tirón. Al penetrar el líquido por su garganta cayó en su estómago como una bala de cañón, no había comido nada desde el almuerzo y con todo creyó desfallecer. Respiró descompasadamente varias veces presa de los nervios, que nos se apaciguaban. Sentía latir su corazón en las sienes. La ropa empezó a molestarle, se sentía atrapada dentro de ella, y se desprendió de una estola de visón que cubría sus hombros dejándola caer al suelo. Sentía que estaba perdiendo el control y que no era buena señal; pero ver a Lydia Reynolds entrar en el lugar de trabajo de su esposo, aunque aquella noche estuviera habilitado para albergar una cena bufet de la empresa, como si entrara en sus dominios, la había puesto realmente enferma.
Ante sí tenía una hermosa vista de la noche londinense; desde las paredes de cristal de la oficina de Jim se divisaba la cúpula de Saint Paul’s y uno de sus pórticos laterales. Con la iluminación nocturna, la catedral parecía aún más blanca y componía una bella estampa, una vista encantadora que dominaba La City, dándole un sello característico mundialmente conocido, Sin embargo, Pat cerró los ojos, el mundo a su alrededor le resultó precario e inútil, no quería ver aquello que significaba el triunfo social de Jim representado en la vista inigualable que sólo tenían los privilegiados que podían adquirir su espacio en La City londinense, un lugar que simbolizaba el éxito socio-laboral de todo aquel que era reconocido por ello y Jim era uno de esos afortunados que lo habían logrado. Pero, ¿y ella? ¿Dónde quedaba ella en esa historia? Se preguntó dolorida en su fuero interno. Jim la había arrancado de cuajo y se había deshecho del significado de todos sus esfuerzos y apoyos desde que tenían dieciséis años, y ahora cuando había alcanzado la fama y el reconocimiento convirtiéndose en uno de los arquitectos de moda en la ciudad se despojaba de su amor, de su complicidad, de sus renuncias, de sus desvelos, de sus cuidos… y llenaba su espacio con aquella estúpida que estaba afuera dejándose admirar como si fuera una diosa del Olimpo. Las piernas le flaquearon y se acercó a la mesa de trabajo donde la maqueta de Laura estaba dispuesta para su estudio, movió algunas cosas para mirar debajo con la secreta esperanza de encontrar aquel cigarrillo que le calmaría los nervios. Y por fin obtuvo su recompensa, entre los papeles y utensilios encontró el paquete de Dunhill que buscaba. Pero… no era el de Jim, primero: él no fumaba ya, nunca tendría una cajetilla en la mesa de trabajo. Y segundo: aquél era mentolado y Jim odiaba el tabaco mentolado.  Al extraer un cigarrillo del interior y llevárselo temblorosamente a los labios, percibió un tenue olor a perfume que provenía de la caja, mezclado con el olor a tabaco rubio. Perfume de su rival. Lo conocía demasiado bien de olerlo impregnado en las camisas de su esposo.  Encendió el cigarrillo con una cerilla, que tomó de un librillo, que había al lado de los cigarrillos, con propaganda del Grovesnor-Victoria, uno de los casinos más populares de Londres, situado en Marylebone, muy cerca de Regent’s Park, a poca distancia de su casa. Jim era un sinvergüenza, pensó con rabia... Pero ella amaba todavía a ese sinvergüenza tanto que su corazón acababa de romperse en mil pedazos al tener que enfrentar a su rival...

Que las hadas y musas elijan un capítulo para ti. Con suerte te quedas a compartir esta aventura.


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