Vicky llevaba parada delante de
la puerta del portal del apartamento de King’s Cross Road más de cinco minutos.
Los nervios la tenían como un flan e intentaba controlarse o echaría a perder
todo lo planeado, prácticamente había calculado todos sus movimientos para que
nada fallase, incluso había previsto reacciones
inesperadas para no tener que improvisar sobre la marcha. Su plan era
una obra de arte. El mejor diseño que había hecho en su vida. Un proyecto que
la llevaría al triunfo. En su bolsillo las pastillas que le compró a Benny y en
sus manos el material que Laura le había entregado sobre las Ecuaciones de
Benuolli para que se lo diera a John como aportación al grupo, además de una
recopilación de los apuntes de Historia que habían realizado los chicos y que Laura
había puesto al día, y, para que John lo reconociera, lo introdujo en su carpeta
de “Mr. O’Toole simpsonizado”. Cuya tapa llevaba una caricatura al modelo de “Los
Simpsons” de profesor Brian O’Toole, que ella misma había dibujado y
plastificado para decorar de alguna manera el liso color azul oscuro del archivador,
el cual había hecho furor entre sus compañeros y era muy conocida entre todos
ellos. A John le encantaba el dibujo y, sin lugar a dudas, él la reconocería al
instante…
Los nervios de Vicky le estaban jugando una mala pasada. Su mente estaba ahora un poco atascada sin poder
racionalizar todo lo que debía tener bien claro para no meter la pata cuando
llegaran los chicos. Por otra parte el efecto el efecto que causarían las
pastillas en el chico ni siquiera cuánto iba a durarle, y eso la preocupaba
también. No deseaba que cuando el resto de sus compañeros llegaran descubrieran
más de lo deseado. No quería que se hicieran conjeturas al encontrarlos juntos,
más de las necesarias para su plan y, al ser posible, que Laura no pensara que
la había utilizado. Si los demás llegaban y les pillaban colocados y encamados
habría que dar explicaciones indeseadas y eso había que evitarlo a toda costa.
Pues varias pregunta acosaban su pensamiento: ¿Qué iba a pasar después?…
¿Aguantaría John la encerrona?… Ese era el último cabo por amarrar, porque por
lo demás, las cosas habían salido a pedir de boca. Inmersa estaba en esos
pensamientos cuando alguien abrió la puerta del portal y le cedió el paso antes
de salir. Ya estaba dentro, sin ni siquiera alertar a John de su llegada antes
de subir al ático. Ahora sólo quedaba abanderar su rostro con una sonrisa casi
perpetua y tomar el ascensor y ser muy, muy, convincente en todo lo que le
dijera a John hasta lograr sus planes. Tenía que conseguir acostarse con John
aquella tarde, Era el día perfecto porque las fechas tenían que ser exactas y
cuadrar a la milésima, ya que no estaba jugando precisamente con un retrasado
espástico. Eso lo tenía muy claro. La emoción de estar tan cerca de su meta la ponía
realmente los vellos de punta, y trataba de auto-convencerse de que conforme
viera al chico esos nervios dejarían paso al amor que sentía por él y todo
saldría bien...

