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REMES

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Red mundial de escritores en español

domingo, 12 de diciembre de 2010

Una Erasmus para Laura - Capítulo 24

La fiesta de John acababa de empezar, había reunido a todos sus amigos en el flamante apartamento que su padre le había regalado en uno de los áticos del 93 de King’s Cross Road. Diseñado el edificio en The Square Group y construido por la empresa que ellos habían contratado recientemente, el apartamento era el regalo perfecto que Alfred y Julia Lane deseaban regalar a su hijo John, su orgullo, el reducto más importante de encanto para ellos dos como padres. Al ser de nueva construcción, gozaba de todas las comodidades de los pisos modernos, además de una terraza desde donde se veía la calle. Allí iban llegando sus amigos y se disponían a pasar una gran noche para celebrar su cumpleaños. Sobre una mesa del salón había de todo: whisky, ron, vodka, tequila, ginebra, vino… patatas chips, palomitas, Chetos, Doritos… y, por supuesto, los tarritos de salsa de guacamole y de queso para mojarlos. El frigorífico estaba atestado de cervezas, seven-up, coca-cola, naranja y limón, además de ocho bolsas de cubitos de hielo para los combinados, pues no guardaba otra cosa en el congelador.
Sentado en un taburete de la cocina cerca de la puerta no dejaba de abrirla cada vez que sonaba el timbre. Harry, Peter y Mary-Lou; los hermanos de George fueron puntuales. Mary-Lou y su marido Tom habían podido dejar a los niños con la abuela Mary-Louise y poder tener un ratito de descanso celebrando el cumpleaños de uno de sus mejores amigos. Harry venía acompañado también de su novia Tessa, una chica escocesa con el cabello encrespado de color rubio arena y unas coletas a ambos lados con lazos rojos, de piel pecosa y blanquecina pero de unas facciones simpáticas donde unos grandes ojos azules aparecían encima de una sonrisa abundante y sincera. Eso le daba cierto parecido a las muñecas [1]Cabbage-patch-kids y aportaba a su físico un atractivo especial.
Después de saludar a sus hermanos George se fue a hacerle compañía a John que se veía muy taciturno, algo completamente fuera de la normalidad. El temperamento de John era explosivo y la diversión su hobby. George no comprendía qué hacía allí sentado cabizbajo y pensativo…, aunque intuía por donde podían ir os tiros.
―Cualquiera diría que eres el cumpleañero, tío. ¡Alegra esa cara que no se acaba el mundo!
―La tuya no es una feria precisamente ―le dijo John mirándole―. ¿Te has mirado en un espejo?
―¿En un espejo?  ―preguntó rodeándose en busca de uno―. ¿Dónde hay uno? No has puesto un maldito espejo en este antro.
―¿Te crees que lo he decorado yo? Pues vas listo, tío. Han sido mi mami, sus amigas y mis hermanas.
―Bueno, aunque está claro que se han vuelto locas en IKEA, podrían haberte puesto un espejo en esta entrada. ¡Vamos, es lo normal!
―Si quieres mirarte en un espejo, en serio, en el baño hay uno a lo bestia. Ha debido creer que con ese me sobraba y lo han comprado talla XL.
―No vamos a criticar a nuestras familias.   ―continuó George con la broma―. Pero lo que más me gusta del baño es la bañera hidromasaje. ¡Es gansa! Todo tiene su lógica y tu madre y hermanas lo han hecho con muy buen corazón. Ellas te quieren… En el espejo puedes ver todo… incluso desde la bañera… Ya me entiendes.
―Sí, ya había pensado en eso. Pero seguro que ese espejo es tan grande para que mi hermana Jackie mire su enorme pavo…
―Querrás decir avestruz, ¿no? Porque lo que Jackie tiene es una enorme avestruz.
―No…, el avestruz es de Julie. ¡Pobrecita! Ya mismo se tiene que salir del dormitorio para meter a su mascota…
George se echó a reír…
―Esa es la ventaja de ser el más pequeño… ―manifestó satisfecho―. ¡Todo el mundo me adora!
―Hasta yo te adoro… pequeñajo… ―concluyó John frotándole los nudillos de su mano en la cabeza.
Ritchie se unió al grupo. Su gesto era serio y no parecía tener muchas ganas de plática.
―¿También estás jodido, tío? ―le preguntó George fingiendo desolación.
―¡Mucho! Me he acostumbrado a ver a Lourdes todos los días, que los fines de semana, si no la veo, me siento raro. Esa chica se me está colando dentro… muy dentro… Está tan loca.
―Más o menos como tú, tronco… ―le dijo John―. Será por eso que sois valores entendidos. Pero es cierto que su cara engancha…
―Pues tú no te ves muy feliz que digamos, No disimulas que te va fatal cumplir años. Aunque tus viejos se lo han currado… Menuda choza te han regalado, bro[2], Yo, nada más que por eso, estaría dando saltos de alegría… Un chamizo como este tan cerquita de la “fácul”… Menudas juergas me correría yo aquí. Tus viejos se portan…
  

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Una Erasmus para Laura - Capítulo 23

El sol acompañaba para tomarlo sentada en el césped cerca de algunos de los gruesos troncos de los eucaliptos que había en el jardín de la residencia. Después de arreglar y colocar su ropa, que a primera hora de la mañana el servicio de lavandería repartió por todas las plantas, Laura decidió que leer los libros que Paul le había dejado, sería una gran idea. Bajó hasta la calle y buscó un buen lugar. Era el primer sábado de “castigo” y quería simplemente olvidar lo sucedido y tras una dura semana en la facultad, relajarse aquella soleada mañana leyendo los libros de Vitruvio. Los diez libros de la arquitectura. Se sentó en la parte trasera donde estaba más resguardada de los ruidos de la calle, aunque no había muchos, pero los coches pasaban de vez en cuando, así que prefirió retirarse a la trasera del edificio y allí abandonarse a la lectura. Abrió el primer libro. Y el primer capítulo decía: “De la colocación de los edificios en orden a las condiciones de los parajes…” pasó a otra página y leyó: “…Pero yo, César, jamás pensé amontonar riquezas con ésta mi arte, pues siempre fui de opinión, que la pobreza con honra debe preferirse a las riquezas con infamia. Ésta es la causa de ser poco conocido. Pero ahora, con estos escritos, podré serlo, aún de la posteridad…
Laura pensó en el viejo Vitruvio, sonrió ante la idea que todos los artistas anhelan la posteridad y descubrió que en su interior también deseaba que sus obras fueran reconocidas admiradas con el paso de los tiempos. Tomó el segundo libro y lo hojeó de igual manera, pero de repente algo salió despedido de una de sus páginas que voló a un trecho de Laura, que se tuvo que levantar para alcanzarlo. Al observar el papel vio que era la fotografía de una mujer de unos treinta y tantos o cuarenta años, al menos eso era lo que parecía… Era muy llamativa, de facciones finas, rubia, de ojos azules y piel blanca. Elegantemente vestida, lucía joyas caras y su ropa era de marca.  Miró por detrás y había unas palabras escritas con excelente caligrafía hechas con tinta de pluma estilográfica. Decía:
Sep./14th/2008 /
Nadie como tú en mi vida. Nada como tu amor.
Te quiero. Lydia.
Inmediatamente Laura pensó que debía tratarse de una foto de la madre de Paul tomada algunos años atrás, pues no podía ser tan joven como aquella imagen mostraba para tener tres hijos en edad universitaria. Sonrió mirándola de nuevo, la mujer de la foto era elegante y enigmática, le sonaba su cara; de repente se dio cuenta de eso. Pero no recordaba de donde. Además se dijo que cómo le iba a sonar la cara de la madre de su amigo… Como no hubiese tropezado con ella por alguna calle de su Málaga natal, en el Museo Picasso o en alguna de las maravillosas playas de la Costa del Sol. ¿De dónde?  ¡Absurdo! Aquella impresión debería ser una confusión, de eso estaba segura. Observó sus ojos, había algo en la mirada de la mujer que hacía desear conocerla, se podría decir que era afable y afectuosa.  Sin embargo, no existía ningún parecido físico con Paul y, como él mismo le había dicho, su hermano Mike y él se parecían a papá. A Laura no le extrañó por eso mismo, porque, de aquella mujer, Paul no tenía ningún sólo rasgo.
El sonido de su teléfono móvil la sacó de sus pensamientos, miró el número en la pantalla, era John. Le pareció oportuna su llamada, llegaba como una ráfaga de aliento para fortalecer sus ánimos para enfrentar la idea de estar prisionera de las normas estúpidas de aquel lugar llenar un rato con risas y charla que, seguramente John, le iba a dar a las mil maravillas...

sábado, 4 de diciembre de 2010

Una Erasmus para Laura - Capítulo 22


 Aquel lunes fue un lunes muy esperado, aunque las ocupaciones con las asignaturas les mantuvieron agobiados a todos con el trabajo durante el transcurso de la mañana. A lo largo de la clase de Geometría Descriptiva, la última antes de ir a comer, casi todo el mundo copiaba las rápidas palabras de la profesora Mrs. Agnes Mitchell, que explicaba ampliamente los principios de tal geometría.
     ―La Geometría Descriptiva existía antes de ser inventada ―decía la profesora Mitchell muy inmersa en el tema mientras la gran mayoría tomaba apuntes precipitadamente―. La complejidad de los cortes de la piedra o la madera ha requerido siempre el uso de proyecciones ortogonales, y, sin embargo, el sistema diédrico es relativamente moderno. No como sucede con la perspectiva cónica que nació de un proceso artístico lento, anterior al concepto de “sección de la pirámide visual”. Las axonometrías son utilizadas sistemáticamente mucho antes de quedar geométricamente explicadas por la teoría decimonónica. Por eso, cuando en 1795 alguien decidió que esta denominación, “Geometría Descriptiva”, era conveniente para designar un conjunto de hábitos y conocimientos, estaba, en realidad, legalizando y nombrando a una situación ya existente…” ¿Alguna duda al respecto, señores?

     ―Se me va a gastar la mano ―comentó Paul que se había sentado a un lado de Laura.
     ―A mí se me va a gastar el bolígrafo ―le contestó ella sin levantar la cabeza del papel donde escribía.
     ―A mí se me acaba de gastar la paciencia ―secundó John sentado al otro lado de la chica ―decididamente esta asignatura se la queda George. Es el mejor con esto de la descripción del plano… ¿No crees, Paul?
     ―Por mí, de acuerdo ―musitó para no llamar la atención de la profesora―. Me parece estupendo, con que uno copie es suficiente…
    ―…Aunque todos nos estamos preguntando ―seguía su conferencia Mrs. Mitchell―. ¿Qué es en sí la Geometría Descriptiva y cuáles son sus objetivos?
     ―…Joder a los alumnos de una forma exhaustiva y fehaciente ―comentó John harto de escribir―. Eso está claro. El principal objetivo de esta asignatura, además del anterior, es que nos follen a todos.
      ―…Por lo que diremos que es la ciencia de las relaciones y análisis en el espacio tridimensional y que tiene por objeto la representación de las figuras geométricas del espacio en un plano, de tal manera que las construcciones en dicho espacio se puedan reducir a construcciones más cómodas en ese plano.
      ―Eso ya lo sabemos del curso pasado… ―se quejaba Ritchie―. Es que a esta pava le encanta repetir y repetir…
      ―Así nos quedará algo… ―sonrió Lourdes―. A fuerza de oírla…
      ―Síndrome de la oreja agotada ―cuchicheó George―. Eso es lo que vamos a padecer.
       ―Tú copia y calla… que te estás estrenando ―le comunicó John.
       ―¿Este rollo para mí? ―se quejó sorprendido por el anuncio repentino.
      ―¿Hay alguna otra que no sea rollo? Si la descubres me lo dices ―respondió John sin dejar de tomar apuntes―. Estaré encantado de asignártela.
       George lo miró de reojo poniendo gesto de resignación, en el fondo John tenía razón. Todas las asignaturas eran un auténtico coñazo.
Mrs. Mitchell seguía hablando explicando sus teorías apoyando ahora su disertación sobre un gran dibujo que había esbozado en la pizarra, algo parecido a un pórtico con arcos trazado sobre unas líneas hacia los puntos de fuga. 
       ―…Se puede determinar un punto del espacio mediante sus proyecciones desde dos puntos de vista distintos sobre un plano   ―continuaba diciendo la profesora basándose en el dibujo―, Uno de los objetivos de la Geometría Descriptiva es capacitar a los usuarios del dibujo a la interpretación y representación de los objetos tridimensionales trazados en un plano bidimensional... Como podemos ver en este esbozo que he dibujado en la pizarra.
       ―O sea, ―empezó John con sus bromas―, que si describimos geométricamente el agujero que voy a hacer para enterrar a esta tía y que se vaya a su casa ya de una puta vez, tendríamos representado el dibujo de un hoyo rectangular de 2’00 por 1’00 en el cual introduciríamos a la cacatúa y rellenaríamos de hormigón armando convirtiéndolo en una base perfecta para levantar el pedestal de su estatua funeraria.
       Lourdes no pudo evitar reírse.
     ―¿Algún problema Miss Sanz?
Al oír su nombre Lourdes levantó la cabeza de la mesa donde también escribía… Se quedó un poco suspensa sin saber que responder. Pero John se sintió responsable por el hecho y salió en su ayuda.
     ―Mrs. Mitchell tengo una duda existencial ―dijo con tono jocoso.
La clase rió en pleno. Mrs. Mitchell que ya conocía a su alumno del curso anterior detuvo la clase y le contestó:
      ―Espero que no tenga relación con la arquitectura, eso sería un problema sin solución, señor Lane. Pero, dígame si tan urgente es que me exponga su duda “existencial”, con gusto detendré la clase para salvar su vida.
La clase volvió a reírse de las palabras de la catedrática. 
     ―¿Y para el arquitecto que llevo dentro? ―insistió John sin abandonar su tono jocoso―. ¿Vale entonces de esa manera, Mrs. Mitchell? En ese caso si es algo que debe interesar a la clase…
     

jueves, 25 de noviembre de 2010

Una Erasmus para Laura - Capítulo 21



 La faz lívida de Vicky apareció en la sala de espera de urgencias donde John Lane la estaba esperando. Venía en una silla de ruedas empujada por un celador. John se levantó al verla y fue a su encuentro con rapidez. Vicky no esperaba encontrarse al chico allí esperándola y sintió sus piernas temblar de emoción al encontrarlo frente a ella tan inesperada como sorpresivamente. La miraba sonriente, en su expresión había un gesto de alivio sincero, realmene estaba aliviado porque todo hubiese salido bien y la chica estuviera repuesta.
―¿Cómo te encuentras? ―le preguntó John para ser amable.
―Un poco mareada, pero bien. ¿Dónde están los demás?
―Se marcharon. Han pasado toda la noche en el hospital  esperando los resultados y las chicas se fueron para a la residencia conforme mi tío nos contó que estabas fuera de peligro, por lo visto se han jugado una sanción por parte de la dirección… Pero no quisieron marcharse hasta que no supieran que el peligro había pasado.
―Es cierto, las normas en ese lugar son muy estrictas ―comentó preocupada por ellas―. Debieron marcharse antes para evitar la bronca de la urraca.
―¿Urraca?  ―dijo sin comprender.
―La directora… es como un pájaro enjuto y feo.
―Menudo penal… ―rió con la comparación―. ¿Nos vamos?
―¿Adónde?
―A casa. Me quedé yo esperándote para acompañarte a la residencia.
―Eres muy amable… ¡Ah! ―continuó al acordarse―. Gracias por llamar a tu tío, ha sido muy amable conmigo.
―No las merece, Vicky. Coincidió que estaba de guardia y eso fue todo. Es el hermano menor de mi padre y todavía le tocan estos marrones de las guardias de cuarenta y ocho horas y esas cosas en el hospital… Está terminando su residencia como cirujano cardiovascular…
―¡Qué interesante! ―sonrió ella levemente aunque eso no le interesaba para nada.
―¿Nos vamos? ―le volvió a preguntar cogiéndola del brazo para que se sostuviera―. Tengo el coche en el parking.
―Por favor… ―le sonrió con una mueca de debilidad pero sintiéndose completamente feliz por aquel desenlace de la noche. John esperándola y su coche a su disposición para regresarla a casa. Jamás hubiera soñado que eso podría hacerse realidad. Pero fuera como fuera se sentía completamente feliz.
El Audi-A-3 era muy confortable. Para Vicky era el coche más confortable del mundo. El olor que desprendía el nuevo ambientador que había colocado John para el día en que salió con Laura le gustó, su aroma a pino llenaba el vehículo y a ella le encantaba. Relucía limpio por dentro y por fuera y estaba para ella. Al acercarse se sintió como una princesita de cuento cuyo príncipe azul la sube en una carroza real y la lleva a su palacio para casarse con ella. Vicky se sentó en el asiento del copiloto y John le abrochó el cinturón de seguridad para que ella no se molestara. Al cruzarse por delante y tenerle tan próximo su corazón se aceleró. Nunca le había tenido tan cerca como en ese momento y de una forma fortuita… Suspiró agitada y no volvió la cara sino que se quedó mirando de frente con el rostro de John al lado del suyo, viéndole, percibiéndole, oliéndole... Todo en él era maravilloso, perfecto, arrebatador. La cercanía del muchacho desencadenó una serie de sensaciones que se acercaban mucho a un éxtasis, no necesitaba mucho más, su mente hacía el resto.
―¿Estás bien? ―le preguntó él mirándola cara a cara, La notó rara.
Vicky creyó derretirse por dentro. Hizo un esfuerzo por controlar sus impulsos de besarle pero su nerviosismo era incontenible y se apoderó de ella que impulsivamente le besó la mejilla.
―¿Y eso? ―sonrió él tocándose la carrillo.
―Te estoy agradecida por todo lo que has hecho por mí hoy, John.
―No tiene importancia… ―sonrió de nuevo―.Tú harías lo mismo por mí.
―Lo mismo y mucho más… No lo dudes.
 El chico le sonrió por unos segundos en los que trató de comprender la verdadera intención de aquellas palabras que habían surgido de los labios de la chica espontáneamente. Después dio la vuelta y se acomodó delante del volante ajustando su cinturón de seguridad y poniendo el motor en marcha. El Audi rugió tras los acelerones que ocasionó John para oír el ruido del motor, le gustaba hacerlo cada vez que lo ponía en marcha. Salió del parking y condujo despacio por la calle Gower. Durante unos minutos los dos permanecieron callados. John miraba a la chica de reojo cuando el tráfico se lo permitía y ella no hacía menos con él, creía estar en un sueño y no quería despertar de él...

sábado, 20 de noviembre de 2010

Una Erasmus para Laura - Capítulo 20

Vicky Blackwell abrió los ojos en medio de una sala de observación de urgencias. Al principio no escuchaba nada, pero se fijó en el techo, era blanco y las luces suaves para no molestar. Cubierta por una sábana y entre cortinas, se dio cuenta que estaba  sobre una cama donde reposaba. Se sentía muy mal, la cabeza le daba vueltas y poco a poco fue recuperando la audición. Los sonidos que llegaban hasta ella le hicieron saber que estaba en un hospital y una pregunta evidente surgió en su interior aunque no había nadie para contestarla. ¿Cómo había llegado hasta allí? Tenía una vía intravenosa en su brazo derecho y sus constantes estaban monitorizadas. Una mascarilla le suministraba oxígeno por la nariz mientras oía el constante burbujear del gas licuado al salir del dispositivo desde detrás de su cabeza y antes de iniciar el circuito que lo llevaría hasta sus pulmones convertido en el vivificante elemento que la hacía sentirse de alguna manera confortable, aunque, no había dejado de estar mal, sobradamente mal en general, se sentía muy mareada y no sabía muy bien qué hacer. Inspeccionó su entorno, parecía una sala de urgencias y con toda seguridad debía serlo… Buscó a su alrededor algo parecido a un timbre o un dispositivo para llamar, pero una de las enfermeras de vigilancia en aquella sala, acudió a su lado rápidamente conforme se dio cuenta de que la joven había despertado.
―¿Cómo te encuentras, Victoria? ―le preguntó afectuosa.
―…Mal… muy, muy, mal…
―Bueno, vuélvete un poquito, tengo que ponerte esto, te prometo que no te vas a dar cuenta… ―le dijo administrándole una inyección intramuscular―. Supongo que ahora que estás consciente el doctor Lane te administrará algo para que te sientas mejor.
―¿Qué me ha puesto? ―preguntó la chica mirando la jeringa.
―Un buen cóctel de vitamina B1 y B6. Para que desaparezcan todos los síntomas. Ya queda poco, pronto empezarás a sentirte mejor y podrás volver a casa.
―¿Cuándo podré irme a casa realmente?
―Pronto… muy pronto ―le sonrió la enfermera―. Ahora, cuando el Dr. Lane venga, le preguntas a él.
―¿El Dr. Lane? ―repitió extrañada por el nombre―. ¿John Lane?
―George Lane. Ese chico, John, es su sobrino. Está ahí fuera y te atiende su tío… Por lo visto eres una muy buena amiga de su sobrino. No quieras saber lo preocupado que estaba por ti y cómo le pidió a su tío que te atendiera. Se nota que significas algo muy espacial para John. No hay nada más que verlo.
―John… ―suspiro dejando escapar el nombre con dulce ternura―. Sí… John Lane.
―¡Uy! Pero cómo estás por ese chico… ―sonrió la enfermera para animarla―.  Espero que no vuelvas a sufrir un coma embriagada por los efectos que te causa ese muchacho… ¡Qué locura!
―Sí y no ―susurro con la mente a miles de años luz de allí divagando entre sus ilusiones por lo que había escuchado de la enfermera―. ¡Es genial!  John me ha traído a este hospital… John… y ha buscado a su tío para mí… ¡Es fantástico!
Vicky cerró los ojos otra vez, la cabeza volvía a darle vueltas… Pareció dormirse de nuevo con el nombre del joven entre los labios...

sábado, 13 de noviembre de 2010

Una Erasmus para Laura - Capítulo 19

―Pues caminemos hasta la estación de metro, el hospital más cercano es el universitario de Euston Square ―dijo Paul decidido a llevarla allí―. Lo cogemos aquí en Mornington y nos bajamos en Warren Street. La entrada de emergencias está cruzando la calle a poco pasos. Y John tiene un tío que trabaja allí.
―Paul tiene razón ―le apoyó Ritchie―. Es la forma más rápida de llegar. Pero no la mejor de transportar a una chica inconsciente… Y con una poca de suerte… o tal vez mucha suerte, no sé, el Dr. Lane esté allí para ayudarnos.
―¡Da lo mismo! Sea como sea hay que hacer algo ¡ya! ―les animó Laura deseando empezar la marcha―. Nosotros  disimularemos, pero no nos paremos más, por amor de Dios ―les instó asustada, la cara de Vicky era la de una muerta―. ¡Esperad! Carmen, ve a por nuestros bolsos y tú George por los abrigos ―ordenó práctica―, Paul, John, por favor, sostengamos a Vicky… Va a pesar mucho.
Conforme tuvo su bolso en la mano le colocó a Vicky un gorro de lana que llevaba en él para disimular su estado de inconsciencia y la embutieron en un anorak de plumas para que no perdiera más temperatura.
―Esto disimulará un poco su desfallecimiento ―completó Laura su obra de camuflaje. Además si hay que sostenerle la cabeza se le puede hacer metiendo la mano por detrás del gorro, como si fuera una marioneta. Una risotada se oyó alrededor Bob y Ritchie se estaban riendo de la idea de la marioneta. Pero al mirarlos Laura se quedaron muy serios.
―¡Jamás me había visto en una igual! ―se quejó John enojado―. ¡Es increíble! Parece un gag de la cámara oculta.
―Pues si no estás de acuerdo puedes quedarte disfrutando de tu noche. Seguro que encuentras a alguien que te acompañe.
―John siempre encuentra a alguien ―alegó George divertido por la idea recibiendo inmediatamente después un cogotazo de John a quien no le había hecho gracia su comentario―. ¡Oye! ¡Esas manos quietas! ―se quejó rascándose la cabeza.
―No es eso, Laura ―explicó John con el mejor de sus tonos―, no te enfades ahora conmigo… Vicky nos ha fastidiado la salida a toda la peña, eso no lo puedes negar. ¡Esta tía es un coñazo! No creo estar inventándome nada.
―Sí, es cierto… ha bebido como una tonta porque ni siquiera has tenido el detalle de bailar con ella una vez.
―¿Y por qué tenía que tener detalles con ella? ¿No te jode? Ya le pagamos la entrada… Es una acoplada de la leche.
―¿Detalles? Te diré dos: porque ella no tiene la culpa de caerte mal y segundo, es nuestra amiga y tú… ―Laura se detuvo de repente iba a decir lo que no tenía que decir―… Porque… lo hubieras pasado muy bien bailando con ella. Si quieres ser útil, sostenla y vayámonos ya
Cargando a la chica como si estuviera sólo un poco bebida e intentando guardar la calma comportándose de una manera normal, caminaron hacia la estación de Mornigton, bajaron por las escaleras cubriendo a Vicky formando corrillo para preservarla de las cámaras.  Para pasar el torno de entrada a los andenes tras pagar sus tickets lo tuvieron más crudo. El cuerpo desmayado de Vicky estaba lánguido y pesaba mucho. A la hora que era no había mucha gente, pero las cámaras de vigilancia sí funcionaban y en el torno sólo cabía una persona...
  su fundador. 

sábado, 6 de noviembre de 2010

Una Erasmus para Laura - Capítulo 18


―¿Dónde vas? ―la detuvo Paul, dándose de bruces con Laura. También traía bebidas en la mano que casi le tiró encima―. Llevo haciendo cola en el bar una hora… ¡Qué cantidad de gente hay esta noche! Parece estar medio Londres aquí metido. Espero haber acertado… ―concluyó extendiéndole una de las bebidas―. La botella está recién abierta ―le explicó guiñándole un ojo.

Ella se detuvo en su aparente huida e hizo como si no hubiera oído lo que él le decía sobre la bebida, pero, inmediatamente pensó que si no la aceptaba, la conversación con él se habría acabado. Y aquel guiño de complicidad le había calado hondo, porque sus guiños eran siempre provocadores, aunque no llevaran esa intención. Los ojos de Paul eran tan expresivos y pícaros, con aquellas largas pestañas, que los hacían más bellos todavía, que Laura había sido cautivada por ellos desde que se fijó en él. Mucho más si le guiñaba de aquella manera tan sexy en que lo hacía. Pero sus ideas trataban de ir por otra parte, pensando en su fuga de John del cual le había costado bastante librarse. Sabía que Paul no era el indicado para pararse a charlar en aquel instante, si realmente deseaba desaparecer un rato del radio de acción de John Lane, porque él era su amigo del alma y podía aparecer detrás de Paul en cualquier momento y de nada le hubieran servido todos sus esfuerzos. Pero no le quedaba otra que pararse para no parecer maleducada, por la forma en que el muchacho la abordó y porque tuvo la amabilidad de esperar un siglo en la barra para conseguirle una copa entre aquella marabunta de personas que había en KOKO aquella noche. Sin embargo, cuando dejó de pensar que huía de John, se tranquilizó al comprobar que no venía detrás de ella. Miró a Paul a los ojos y le gustó lo que vio.  Le sonrió ampliamente encantada de que hubiera chocado con ella. Después de todo podría resultar ser un buen instante para hablar con él y darse un respiro del pesado de Lane. Decidida se acercó mucho más a Paul para poder hablarle y que la entendiera, pues los decibelios de la música estaban disparados. Después de la tarde en el zoo, ése era un buen momento para seguir conociéndose. ¡Qué diablos!
―Iba… mmm… ¡al servicio!… ¡La bebida! ―le sonrió sobreactuada―, ya sabes… sigue su camino ―volvió a sonreírle dando por supuesto que la entendía.
―Si está tan concurrido como la barra, tardarás una eternidad… ¿Nos sentamos?―le preguntó de nuevo, extendiéndole el vaso con vodka con naranja que ella no había cogido antes―. Es para ti…
Laura miró de nuevo el vaso y pensando en que iba a renunciar por él a hacer pis, ya que Paul le había pasado el parte de la multitud que esperaba en los aseos de señoras, pensó que la propuesta estaba bien, sentada aguantaría mejor. Pero merecía la pena por estar con aquel chico que tanto le gustaba.
―¡Mmm! Delicioso… ―sonrió forzada oliendo el combinado y pensado en quién habría sido el lumbrera que les había dicho a John y Paul que a ella le gustaba el vodka.
―¿No bebes? ―le dijo el chico observando a los componentes de Artic Monkeys que volvían al escenario.
―¡Sí! ―dio un pequeño sorbo―, pero despacio, ya empiezo a ir cargadita… Si sigo bebiendo a este ritmo acabaré la noche hablándole de tú a las farolas o en cualquier rincón durmiendo la pea.
Ella miró a los chicos en el escenario… estaban listos para una nueva canción. Empezaron con mucha fuerza el tema de su último single: Teddy Picker. Los asistentes en la sala aplaudieron y gritaron agitando sus brazos al aire. Era una canción con mucha marcha que hacía que la gente se uniera a ella con facilidad bailando en masa, unidos en sus saltos, disfrutando de la actuación.
―Me gusta el chico ―dijo Laura refiriéndose al vocalista―. No lo hace nada más.
―Lo hace muy bien… ―rió Paul―. Pero yo soy más guapo.
―Presuntuoso ―afirmó sonriéndole amplia y dulcemente como había hecho por la tarde en el coche al despedirse de él después de venir del zoo.
Paul la miró sin saber que hacía. Le devolvió la sonrisa, pero no dijo nada especial por lo que Laura se sintió bastante decepcionada, Aunque no dejó de sonreírle de aquella manera tierna y picarona a la vez esperando oírle de nuevo adular su sonrisa. 
―¿Qué pasa? ―le preguntó el chico al fin preso de la inseguridad que le proporcionaba no saber de qué iba el juego. 
―¿Ya no tengo luz en mi sonrisa?
―¿Luz?... ¿En tu sonrisa? ―repitió Paul sabiendo que se trataba con toda seguridad de algo que había sucedido por la tarde cuando ella estaba con su hermano creyendo que era él―. Por supuesto que sí… ¡Qué tonto soy! Tienes toda la luz del mundo.
―No me dijiste eso… Me dijiste otra cosa que me gustó muchísimo más. Por fa… dila otra vez ―le pidió zalamera.
―Sí, claro… Otra cosa sobre tu sonrisa… Déjame pensar…
El nivel del contenido del vaso de Paul bajó en un instante a menos de la mitad, mientras su mente no dejaba de dar vueltas buscando la forma de saber qué leches le había dicho Mike.
―¿Lo has olvidado? ¿¡Es posible!?
―Lo siento, pero sí ―no tuvo más remedio que decírselo, sintiéndose fastidiado por completo.
―Dijiste que la luz del sol de mi tierra brilla en mis ojos.
―¡Qué jodidamente poético!  …Soy. ―completó tras una pausa―. Ni a mi hermano Mike se le hubiera ocurrido algo tan genialmente singular. Sí es cierto, dear. El brillo de tus ojos derretiría los polos y bailas de putamadre, tía.
―Gracias, eso sí que es poético. ―afirmó irónica, sorprendida por la brusquedad con que lo había dicho―. Tú no lo haces peor. 
―Gracias… ―rió con gana dándole otro buen buche a la copa―. Parecemos dos tontos devolviéndonos los halagos… ¿No bebes? ¡Venga! Hoy es sábado y hay que ponerse a tono con el ambiente.  ¡Fiesta! ¡Fiesta!

Que las hadas y musas elijan un capítulo para ti. Con suerte te quedas a compartir esta aventura.


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