La fiesta de John acababa de empezar, había reunido a todos sus amigos en el flamante apartamento que su padre le había regalado en uno de los áticos del 93 de King’s Cross Road. Diseñado el edificio en The Square Group y construido por la empresa que ellos habían contratado recientemente, el apartamento era el regalo perfecto que Alfred y Julia Lane deseaban regalar a su hijo John, su orgullo, el reducto más importante de encanto para ellos dos como padres. Al ser de nueva construcción, gozaba de todas las comodidades de los pisos modernos, además de una terraza desde donde se veía la calle. Allí iban llegando sus amigos y se disponían a pasar una gran noche para celebrar su cumpleaños. Sobre una mesa del salón había de todo: whisky, ron, vodka, tequila, ginebra, vino… patatas chips, palomitas, Chetos, Doritos… y, por supuesto, los tarritos de salsa de guacamole y de queso para mojarlos. El frigorífico estaba atestado de cervezas, seven-up, coca-cola, naranja y limón, además de ocho bolsas de cubitos de hielo para los combinados, pues no guardaba otra cosa en el congelador.
Sentado en un taburete de la cocina cerca de la puerta no dejaba de abrirla cada vez que sonaba el timbre. Harry, Peter y Mary-Lou; los hermanos de George fueron puntuales. Mary-Lou y su marido Tom habían podido dejar a los niños con la abuela Mary-Louise y poder tener un ratito de descanso celebrando el cumpleaños de uno de sus mejores amigos. Harry venía acompañado también de su novia Tessa, una chica escocesa con el cabello encrespado de color rubio arena y unas coletas a ambos lados con lazos rojos, de piel pecosa y blanquecina pero de unas facciones simpáticas donde unos grandes ojos azules aparecían encima de una sonrisa abundante y sincera. Eso le daba cierto parecido a las muñecas [1]Cabbage-patch-kids y aportaba a su físico un atractivo especial.
Después de saludar a sus hermanos George se fue a hacerle compañía a John que se veía muy taciturno, algo completamente fuera de la normalidad. El temperamento de John era explosivo y la diversión su hobby. George no comprendía qué hacía allí sentado cabizbajo y pensativo…, aunque intuía por donde podían ir os tiros.
―Cualquiera diría que eres el cumpleañero, tío. ¡Alegra esa cara que no se acaba el mundo!
―La tuya no es una feria precisamente ―le dijo John mirándole―. ¿Te has mirado en un espejo?
―¿En un espejo? ―preguntó rodeándose en busca de uno―. ¿Dónde hay uno? No has puesto un maldito espejo en este antro.
―¿Te crees que lo he decorado yo? Pues vas listo, tío. Han sido mi mami, sus amigas y mis hermanas.
―Bueno, aunque está claro que se han vuelto locas en IKEA, podrían haberte puesto un espejo en esta entrada. ¡Vamos, es lo normal!
―Si quieres mirarte en un espejo, en serio, en el baño hay uno a lo bestia. Ha debido creer que con ese me sobraba y lo han comprado talla XL.
―No vamos a criticar a nuestras familias. ―continuó George con la broma―. Pero lo que más me gusta del baño es la bañera hidromasaje. ¡Es gansa! Todo tiene su lógica y tu madre y hermanas lo han hecho con muy buen corazón. Ellas te quieren… En el espejo puedes ver todo… incluso desde la bañera… Ya me entiendes.
―Sí, ya había pensado en eso. Pero seguro que ese espejo es tan grande para que mi hermana Jackie mire su enorme pavo…
―Querrás decir avestruz, ¿no? Porque lo que Jackie tiene es una enorme avestruz.
―No…, el avestruz es de Julie. ¡Pobrecita! Ya mismo se tiene que salir del dormitorio para meter a su mascota…
George se echó a reír…
―Esa es la ventaja de ser el más pequeño… ―manifestó satisfecho―. ¡Todo el mundo me adora!
―Hasta yo te adoro… pequeñajo… ―concluyó John frotándole los nudillos de su mano en la cabeza.
Ritchie se unió al grupo. Su gesto era serio y no parecía tener muchas ganas de plática.
―¿También estás jodido, tío? ―le preguntó George fingiendo desolación.
―¡Mucho! Me he acostumbrado a ver a Lourdes todos los días, que los fines de semana, si no la veo, me siento raro. Esa chica se me está colando dentro… muy dentro… Está tan loca.
―Más o menos como tú, tronco… ―le dijo John―. Será por eso que sois valores entendidos. Pero es cierto que su cara engancha…
―Pues tú no te ves muy feliz que digamos, No disimulas que te va fatal cumplir años. Aunque tus viejos se lo han currado… Menuda choza te han regalado, bro[2], Yo, nada más que por eso, estaría dando saltos de alegría… Un chamizo como este tan cerquita de la “fácul”… Menudas juergas me correría yo aquí. Tus viejos se portan…

